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sobre El Ordial
Aldea de montaña en la Sierra del Ocejón; arquitectura negra y dorada
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A primera hora, cuando el sol todavía entra bajo entre los pinos, el aire en El Ordial huele a resina y a tierra fría. Las casas aparecen poco a poco al doblar la pista, bajas y compactas, como si se protegieran del viento de la sierra. El turismo en El Ordial empieza casi siempre así: llegando despacio por un camino de tierra y encontrando un pueblo diminuto, apenas unas decenas de casas agrupadas a 1.220 metros de altura, en plena Serranía de Guadalajara.
La presencia humana se percibe más en los detalles que en el movimiento. Muros gruesos de piedra caliza, tejados de teja curva oscurecida por los inviernos, alguna puerta de madera que cruje al abrirse. Entre las casas no hay apenas tráfico. Solo el sonido del viento moviendo las copas de los pinos y, a veces, el golpe seco de una contraventana.
El acceso a El Ordial obliga a atravesar varios kilómetros de pista forestal que serpentea entre pinares y sabinas dispersas. Conviene venir con el depósito del coche lleno y con agua, porque aquí no hay comercios ni servicios. Desde Guadalajara capital se superan los 70 kilómetros, y el último tramo se hace despacio. Cuando ha llovido, el firme puede estar irregular.
La iglesia parroquial de San Pedro se levanta en uno de los puntos algo más abiertos del caserío. Sus muros de mampostería son sobrios, y la espadaña recorta su silueta contra el cielo de la sierra. La construcción suele situarse en el siglo XVI. Dentro se conservan imágenes antiguas y un retablo de madera bastante sencillo, acorde con la escala del pueblo.
Alrededor del núcleo se extiende un paisaje áspero y amplio. Lomas cubiertas de pino, claros donde el suelo se vuelve pedregoso, y rocas que emergen como bloques grises entre la vegetación baja. En verano el pasto amarillea y el aire se vuelve seco. En invierno la nieve no es rara a esta altura, y los caminos pueden quedar tapados varios días.
Los antiguos caminos que conectaban El Ordial con otras aldeas serranas siguen visibles en muchos tramos. No suelen estar señalizados. Quien quiera caminar por ellos debería llevar mapa o un track descargado. Algunos senderos suben hacia crestas rocosas desde donde se ven varias alineaciones de montañas, una detrás de otra, con barrancos que se abren hacia los valles.
A primera hora del día o al caer la tarde es habitual encontrar rastros de fauna. Huellas de corzo en el barro, alguna señal de zorro entre los matorrales. Sobre las vaguadas pueden aparecer rapaces grandes planeando, aprovechando las corrientes que suben desde el fondo del valle.
En otoño el suelo del pinar cambia de aspecto tras las lluvias. Aparecen setas entre la acícula húmeda, aunque su recogida suele estar regulada en buena parte de la provincia y conviene informarse antes. Caminar por el monte en esa época tiene otro ritmo: troncos cubiertos de líquenes, olor a madera mojada y hojas pegadas a las botas.
Las noches aquí son muy oscuras. La falta de iluminación en kilómetros a la redonda deja un cielo muy limpio en noches despejadas. Cuando no hay luna, la Vía Láctea se distingue como una franja blanquecina sobre las montañas.
La vida del pueblo se concentra en momentos muy concretos del año. La festividad dedicada a San Pedro suele celebrarse hacia finales de junio. Entonces regresan familiares y antiguos vecinos. Se juntan en la plaza o cerca de la fuente y aparecen mesas con comida hecha en casa. Las conversaciones giran alrededor de las cosechas de antes, del ganado que ya no se ve tanto por estos montes o de cómo han cambiado los caminos.
Durante buena parte del año la población fija puede quedarse por debajo de la veintena. En verano el número sube algo, cuando vuelven quienes mantienen casa familiar. Aun así, El Ordial sigue siendo un lugar pequeño incluso en agosto.
Para acercarse hasta aquí conviene evitar los episodios de calor fuerte del verano y las semanas más duras del invierno. Primavera avanzada y comienzos de otoño suelen traer temperaturas más llevaderas y caminos más transitables. En esta parte de la Sierra Norte el tiempo cambia rápido, así que no está de más llevar ropa de abrigo incluso en días despejados. Aquí el paisaje manda y el ritmo lo marca la montaña.