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sobre Hijes
Pueblo con yacimientos arqueológicos; arquitectura de piedra rojiza
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Hay pueblos que parecen errores del GPS. Llegas, miras el cuentakilómetros y piensas: "¿Aquí vive alguien?" Hijes es uno de esos sitios donde el navegador te mira con cara de "¿estás seguro?" y aun así, ahí sigue. Veinticuatro personas repartidas en un término enorme. O lo que es lo mismo: menos densidad que en tu nevera después de hacer la compra del mes.
El silencio que se compra con kilómetros
Coges la A‑2, te desvías por una carretera provincial bastante recta y empiezas a subir. Hijes no está perdido: está escondido. A unos 1.100 metros de altura, donde el aire ya rasca un poco más en invierno y en verano corre brisa.
No es de esos pueblos que se cuelgan del monte para hacerse los interesantes. Aquí la montaña se quedó con el pueblo porque sí, porque nadie lo movió de sitio.
La primera vez que fui, aparqué junto a la iglesia y me quedé quieto un momento. No pasaba nada. Ni coches, ni voces, ni una persiana subiendo. Y entonces te das cuenta de la gracia del lugar. Empiezas a oír cosas pequeñas: el viento entre las casas, tus pasos en la piedra, algún pájaro que anda por los tejados.
Cuando vienes de ciudad, eso llama la atención más de lo que uno reconoce.
La iglesia que sigue en pie
La iglesia de la Natividad es discreta. No impresiona por tamaño ni por adornos. Es más bien como esas casas antiguas que han ido arreglando poco a poco y siguen funcionando.
La piedra está más clara en algunas zonas, justo donde la han tocado manos durante generaciones. La puerta a veces queda abierta. En un pueblo tan pequeño, cerrar tampoco tiene mucho sentido.
Dentro huele a piedra fría y a edificio viejo, de los que llevan siglos cumpliendo la misma función. Bancos gastados, paredes gruesas, silencio. No es un monumento famoso. Es una iglesia de pueblo que ha llegado hasta hoy.
Y eso ya cuenta bastante.
Cuando el pueblo se llena de repente
Durante buena parte del año, cruzarte con alguien por la calle puede ser cuestión de suerte. Pero hay días en que Hijes cambia.
Las fiestas de San Bernabé y las de agosto traen de vuelta a gente que tiene familia aquí o que pasó los veranos de niño. De repente aparece movimiento en la plaza, coches aparcados donde normalmente no hay ninguno y conversaciones largas en la calle.
Suele organizarse una comida común. Una paella grande o algo parecido. Cada uno arrima lo que tiene a mano y al final se junta medio pueblo alrededor de la misma mesa.
Durante unas horas el lugar recupera algo que debió de ser normal hace décadas: ruido, gente entrando y saliendo de las casas, niños corriendo por la calle.
El sendero que no está en los mapas
Aquí no vas a encontrar rutas señalizadas cada cien metros. Si preguntas a alguien, lo normal es que te digan algo como: “sube por detrás de la iglesia y sigue el camino”.
Y funciona.
Sales del casco del pueblo por un sendero de piedra bastante claro. En pocos minutos miras atrás y ya ves las casas juntas, con los tejados apretados para aguantar el viento.
Más arriba la sierra aparece de golpe. Caliza clara, laderas abiertas y bastante horizonte alrededor. Hijes queda abajo, pequeño, como si lo hubieran dejado ahí entre las piedras.
La subida es corta. Pero cambia la perspectiva. Ves el término entero y entiendes mejor por qué el pueblo siempre estuvo tan aislado.
Entonces, ¿a qué vienes a Hijes?
Si buscas tiendas, terrazas o un plan largo de cosas que hacer, este no es el sitio.
Hijes funciona de otra manera. Aparcas, caminas un rato por las calles, te acercas a la iglesia, subes un poco por el camino del monte y te sientas un momento en cualquier murete.
No hay mucho más. Y precisamente de eso va.
Trae agua y algo de comida si piensas quedarte un rato. Aquí los servicios son los que son y conviene venir preparado.
Mi consejo es sencillo: no vengas con prisa ni como parada rápida entre dos sitios más grandes. Hijes se entiende mejor cuando te quedas un rato quieto, mirando alrededor.
Entonces sí encaja todo. Un pueblo pequeño, en lo alto de la sierra, que sigue ahí porque nadie ha tenido demasiada prisa por cambiarlo. Y eso, hoy, ya tiene su interés.