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sobre Huérmeces del Cerro
Situado en el valle del río Salado; destaca por el cañón del Santuy
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A media mañana de invierno, la luz llega tarde a Huérmeces del Cerro. Se queda primero en los altos del páramo y solo después baja hasta las fachadas de piedra, que a esas horas todavía conservan el frío de la noche. No se oye casi nada: alguna puerta que se abre, un perro al fondo, el viento pasando entre los muros. Con poco más de cuarenta vecinos, el pueblo funciona a un ritmo que no necesita demasiadas explicaciones.
El paisaje alrededor es seco y abierto. Encinas sueltas sobre campos duros, manchas de monte bajo en las laderas y una línea de horizonte que parece alejarse cuanto más caminas. El viento suele estar presente. En invierno corta la cara y en verano levanta polvo fino en los caminos. La vegetación aquí no es exuberante; más bien se aferra al suelo con esa resistencia que tienen las plantas acostumbradas a la sequía y a la altura.
El pequeño núcleo del pueblo
Huérmeces del Cerro se recorre en pocos minutos. Casas de mampostería, corrales cerrados con portones de madera, algún huerto que todavía se mantiene y otros que llevan tiempo sin trabajarse. Todo está bastante cerca: la fuente, la plaza pequeña, la iglesia parroquial.
La iglesia ocupa una posición discreta, con muros gruesos y un aspecto más funcional que ornamental. A menudo está cerrada durante buena parte del día, algo habitual en pueblos tan pequeños, así que conviene contar más con el exterior que con la visita interior.
Hay detalles que hablan de la vida cotidiana: leña apilada contra las paredes, herramientas apoyadas junto a una puerta, el sonido metálico de algún remolque cuando pasa un tractor por la calle principal.
Caminos hacia el páramo
Desde el propio pueblo salen varios caminos de tierra que se pierden entre encinas y campos de cereal. Algunos fueron antiguas sendas de herradura; otros son pistas agrícolas que usan todavía los vecinos. No todos están señalizados, pero con un track descargado o un GPS sencillo es fácil orientarse.
Caminar por aquí tiene algo de paisaje antiguo: largas rectas, olor a tomillo cuando el sol calienta y rapaces aprovechando las corrientes de aire sobre el valle. No es raro ver milanos o algún busardo en círculos amplios.
En verano conviene madrugar. La sombra escasea y el calor aprieta a partir del mediodía. En invierno ocurre lo contrario: el viento puede ser bastante duro en las zonas altas del páramo, así que abrigo y algo para cubrirse la cara no sobran.
La luz y las estaciones
Al amanecer y al atardecer el paisaje cambia bastante. La luz baja, muy horizontal, marca cada encina sobre el terreno y alarga las sombras hasta los márgenes de los campos. Es un buen momento para caminar despacio o parar con la cámara sin tener que alejarse demasiado del pueblo.
En otoño, si el año ha sido algo generoso con la lluvia, el monte bajo toma tonos ocres y rojizos. También es temporada de setas en algunos rincones de la comarca, aunque aquí la recogida suele hacerse con discreción y conocimiento del terreno.
Lo que se come y lo que reúne al pueblo
La cocina que se mantiene en la zona sigue siendo de platos contundentes, sobre todo cuando llega el frío. Guisos largos, carne de caza menor en temporada y patatas que absorben bien los caldos espesos. No es una cocina pensada para lucirse, sino para aguantar jornadas de campo y de invierno.
Las fiestas del pueblo suelen concentrarse en verano, cuando regresan quienes tienen aquí la casa familiar. Durante unos días las calles se llenan más de lo habitual y el silencio habitual se rompe con conversaciones largas en las puertas y corrillos que duran hasta tarde.
Huérmeces del Cerro no intenta llamar la atención. Es uno de esos pueblos de la Sierra Norte donde lo más llamativo es precisamente lo que falta: tráfico, ruido, prisas. Aquí lo que hay es viento, piedra, horizonte y un ritmo que lleva décadas moviéndose casi igual. Si se viene, conviene hacerlo con tiempo y sin esperar demasiado más que eso. Y a veces, con eso basta.