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sobre La Bodera
Pequeña aldea serrana; arquitectura rural y entorno de montaña preservado
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Hay pueblos a los que llegas porque ibas a otro sitio y te pilla de paso. Y hay otros a los que llegas porque te pica la curiosidad al ver el nombre en el mapa. La Bodera es más bien de los segundos.
El pueblo ronda los 19 habitantes y está a más de mil metros de altura, en la Sierra Norte de Guadalajara. Subes por una carretera de curvas y, cuando por fin aparece el caserío, la sensación es parecida a encontrarte un pueblo que decidió quedarse pequeño cuando todo alrededor empezó a cambiar.
Aquí no hay escaparates ni calles pensadas para pasear mirando tiendas. Lo que ves son casas de piedra, muros gruesos y bastantes tejados de pizarra. El caserío es compacto, como si las viviendas se hubieran arrimado unas a otras para protegerse del invierno. Alrededor aparecen corrales, huertos y alguna nave agrícola que recuerda de qué ha vivido siempre este lugar.
Un caserío pequeño y directo
La calle principal se recorre en muy poco tiempo. No es una forma de hablar: en unos minutos has visto casi todo el núcleo.
La iglesia parroquial, dedicada a Santiago Apóstol, es el edificio que más llama la atención. Es sencilla, de una sola nave, y probablemente tenga origen en época moderna, quizá del siglo XVII. Nada monumental. Piedra, líneas simples y una puerta que mira hacia el valle.
Desde esa zona se abre bastante el paisaje. Al fondo aparecen lomas cubiertas de robles y zonas de pradera donde todavía se ven rebaños algunos días. Es un paisaje típico de esta parte de Guadalajara: monte bajo, roca y pasto mezclados.
Caminar por los alrededores
Lo interesante de La Bodera muchas veces no está dentro del pueblo, sino en los caminos que salen de él.
Alrededor hay senderos antiguos que conectaban con otros pueblos de la sierra. Algunos siguen usándose para mover ganado o para llegar a fincas. Si te gusta andar, en un rato empiezas a ver muros de piedra seca, corrales abandonados y trozos de bosque donde dominan el roble melojo y otras especies de la zona.
En otoño el monte cambia bastante de color y el suelo se llena de hojas. También es época de setas en muchos puntos de la sierra, aunque aquí conviene informarse bien sobre la normativa antes de recoger nada.
En cuanto a fauna, no es raro encontrar rastros de corzo o jabalí si te fijas en el suelo de los caminos. Verlos ya depende más de la suerte y de la hora a la que salgas.
Un pueblo que se llena algunos días al año
Como ocurre en muchos pueblos muy pequeños, buena parte de la vida social se concentra en verano. Tradicionalmente, a finales de agosto se celebran las fiestas patronales y vuelve gente que tiene aquí la casa familiar.
Durante esos días el pueblo cambia bastante de ambiente. Hay misa, comidas en grupo y reuniones largas en la plaza o en las puertas de las casas. El resto del año la población es muy reducida.
Llegar hasta aquí
El acceso se hace por carreteras secundarias de montaña. No están mal, pero sí tienen bastantes curvas y tramos estrechos. En invierno, si hay nieve o niebla, conviene mirar el parte antes de subir.
Una vez en La Bodera, el coche se deja en cualquier ensanche o a la entrada del pueblo y se sigue andando. Tampoco hay muchas más opciones.
¿Merece la pena parar en La Bodera?
Te lo digo como se lo diría a un amigo: no es un sitio al que vengas a pasar todo el día.
La Bodera funciona mejor como parada corta mientras recorres la Sierra Norte. Das una vuelta, miras el paisaje, entiendes un poco cómo eran estos pueblos cuando tenían más vecinos y sigues ruta.
Cerca hay otros núcleos más grandes donde comer o alargar la jornada. Pero parar aquí un rato ayuda a entender algo de esta sierra: hay lugares que siguen ahí aunque casi nadie pase ya por ellos. Y La Bodera es exactamente eso.