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sobre Puebla de Beleña
Puerta de la sierra; destaca por su iglesia románica y lagunas estacionales
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A primera hora de la mañana, cuando el sol empieza a levantar la niebla baja de los campos, Puebla de Beleña suena a muy pocas cosas: alguna puerta que se abre, un perro que ladra a lo lejos y el roce del viento contra los cables de la luz. Las fachadas encaladas todavía guardan la sombra de la noche y las calles —cortas, algo irregulares— quedan casi vacías. Es en ese momento cuando mejor se entiende el ritmo del pueblo.
Puebla de Beleña está en la Sierra Norte de Guadalajara, a unos 935 metros de altitud, en una zona donde la campiña empieza a mezclarse con las primeras ondulaciones de la sierra. Viven aquí alrededor de medio centenar largo de personas según el padrón reciente. No hay monumentos grandes ni plazas pensadas para concentrar visitantes. Lo que hay son casas bajas de piedra y adobe, portones de madera ya curvados por los años y corrales que todavía se usan.
El paisaje alrededor manda. Campos de cereal que en primavera se vuelven de un verde muy limpio, casi brillante después de la lluvia, y que en verano pasan a ese dorado seco que cruje bajo las botas cuando el suelo se agrieta. Las pistas agrícolas salen del pueblo en varias direcciones y se pierden entre las parcelas. A veces pasa un tractor levantando polvo; el resto del tiempo solo se oye el viento moviendo las espigas.
Lo que se ve y lo que se siente en Puebla de Beleña
La iglesia parroquial de San Blas está en el centro del pueblo. Es una construcción sobria, de muros de piedra y campanario cuadrado. Suele permanecer cerrada buena parte del tiempo, algo bastante común en pueblos de este tamaño, aunque el exterior ya da una idea clara de su carácter: sin ornamentos, hecha para durar más que para impresionar.
Al caminar por las calles aparecen detalles pequeños: herrajes antiguos en algunas puertas, bancos de piedra apoyados contra las fachadas, muros donde el encalado deja ver capas más viejas debajo. En varias casas todavía se distinguen hornos de pan integrados en los muros o accesos a bodegas subterráneas donde antiguamente se guardaba vino hecho en casa.
El pueblo se recorre en poco tiempo, pero conviene hacerlo despacio. Más que buscar un punto concreto, aquí la gracia está en fijarse en esas huellas del trabajo agrícola y ganadero que todavía forman parte del día a día.
Caminar por los caminos de la campiña
Desde Puebla de Beleña salen varias pistas de tierra que utilizan los agricultores para llegar a las parcelas. No hay señalización turística ni paneles explicativos; son caminos funcionales que cualquiera puede recorrer con respeto.
A primera hora de la mañana o al final de la tarde el paisaje cambia bastante. La luz entra muy baja y alarga las sombras de los postes, de los árboles aislados o de los propios surcos del campo. En esas horas también se ven más aves. Con algo de paciencia —y unos prismáticos si los llevas— es posible observar sisones, alondras o alguna rapaz planeando sobre los trigales.
En verano el aire huele claramente a cereal seco. Después de una lluvia, en cambio, el olor es más terroso, más denso, como si el suelo se hubiera abierto un poco.
Tradiciones que todavía se recuerdan
Las fiestas del pueblo giran en torno a San Blas. Suelen celebrarse en verano, cuando muchos de los que tienen raíces aquí regresan durante unos días. La plaza y los alrededores de la iglesia se llenan más de lo habitual y aparecen mesas largas donde se charla durante horas.
Entre los vecinos mayores todavía se habla de prácticas que durante décadas formaron parte del calendario doméstico, como la matanza del cerdo en invierno. Hoy se hace menos y muchas veces queda en el ámbito familiar, pero sigue siendo una referencia cuando se habla de cómo se organizaba la vida en el pueblo.
Cómo llegar y qué tener en cuenta
Desde Guadalajara capital el trayecto ronda la hora en coche, combinando la A‑2 con carreteras secundarias que cruzan La Campiña. Los últimos kilómetros son tranquilos, con tramos estrechos donde a veces toca apartarse para dejar pasar maquinaria agrícola.
Conviene venir con lo necesario: en Puebla de Beleña los servicios son muy limitados y no hay bares ni tiendas abiertas de forma continua. También es buena idea evitar las horas centrales del verano si se quiere caminar por los caminos; el sol cae con fuerza y hay pocos lugares con sombra. A cambio, al atardecer el campo se vuelve silencioso y amplio, con ese tono dorado que dura apenas unos minutos antes de que llegue la noche.