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sobre Valdelcubo
Pueblo serrano limítrofe con Soria; iglesia con artesonado mudéjar
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A eso de las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a caer sobre el páramo, la luz atraviesa los árboles bajos y se queda pegada a la piedra clara de la iglesia de la Asunción. Las fachadas toman un tono pardo, casi dorado, y el pueblo afloja el ritmo. Es la hora en que se oyen cosas pequeñas: el golpeteo de una puerta de chapa, alguna oveja lejos, el viento rozando las encinas dispersas. En Valdelcubo viven hoy alrededor de cuarenta personas. El caserío se mantiene compacto, alineado sobre un pequeño alto calcáreo, rodeado de campos donde todavía se siembran trigo y cebada cuando llega la primavera.
A unos 1.070 metros de altitud, en la Sierra Norte de Guadalajara, el silencio es bastante literal. Lo rompen sobre todo las rapaces que pasan planeando o el aire seco moviendo las ramas más altas. Las casas siguen un patrón sencillo: muros gruesos de piedra, teja árabe, portones de madera que muestran capas de pintura gastada y marcas de uso. En el centro del pueblo se levanta la iglesia parroquial, dedicada a la Virgen de la Asunción. Su origen suele situarse en el siglo XVI. La espadaña de piedra caliza sobresale lo justo para servir de referencia cuando uno llega por la carretera.
Calles cortas y corrales de piedra
Recorrer Valdelcubo lleva poco tiempo. Media hora caminando despacio, quizá algo más si te paras a mirar los corrales que todavía se mantienen en pie. Algunas calles conservan tramos empedrados; otras son de tierra apretada por años de paso de coches y ganado.
En varios portones siguen colgando argollas de hierro, y en los corrales se ven restos de la vida ganadera que durante mucho tiempo sostuvo el pueblo. A veces queda una cuerda vieja, una polea oxidada o un pesebre de piedra pegado al muro.
Hacia el extremo oeste sale un camino ancho de tierra que pronto deja atrás las últimas casas. Desde ahí empiezan las pistas agrícolas que se internan en la sierra baja.
Caminos del páramo y olor a tomillo
El paisaje alrededor de Valdelcubo es abierto. Suaves lomas cubiertas de cereal se mezclan con manchas de encinar ralo, aulagas y jaras bajas. En los días secos, el olor a tomillo aparece al pisar los bordes del camino.
No hay demasiados senderos señalizados, pero sí caminos agrícolas fáciles de seguir. Muchos coinciden con trazados antiguos usados por el ganado cuando la trashumancia tenía más presencia en la zona. Caminando sin prisa se llega a pequeños altos desde los que se ven kilómetros de campo ondulado y otros pueblos muy dispersos en el horizonte.
Las rapaces aprovechan bien estas corrientes de aire. No es raro ver buitres leonados girando sobre los cortados cercanos o cernícalos quedándose casi quietos en el aire.
Luz dura en invierno, horizontes claros en otoño
La fotografía aquí depende mucho de la estación. En invierno la luz es muy limpia y marca cada relieve de la roca caliza. En otoño, cuando el cereal ya no está alto, el paisaje se vuelve más ocre y aparecen contrastes fuertes entre el suelo y el cielo.
Las primeras y las últimas horas del día suelen ser las mejores para caminar por los alrededores del pueblo. En verano, el sol del mediodía cae con bastante fuerza y apenas hay sombra fuera del casco urbano.
Por la noche el cielo se oscurece de verdad. Apenas hay iluminación artificial y, si la atmósfera está limpia, la cantidad de estrellas sorprende incluso a quien viene acostumbrado a zonas rurales.
Antes de venir conviene saber esto
Valdelcubo es un lugar muy pequeño y no tiene servicios para comer o pasar la noche. Si se piensa pasar varias horas por la zona, lo más sensato es llevar agua y algo de comida en la mochila.
Para encontrar bares, tiendas o alojamiento hay que desplazarse a otros pueblos de la comarca o a localidades algo mayores de la provincia. Lo habitual es usar Valdelcubo como parada tranquila dentro de una ruta más amplia por la Sierra Norte.
Un pueblo que se llena unos días al año
Durante buena parte del año el pueblo permanece muy tranquilo. En verano, sobre todo en agosto, regresan muchas familias que mantienen casa aquí y el ambiente cambia por unos días. Las celebraciones en honor a la Virgen reúnen a vecinos y a gente que vuelve desde Madrid o Guadalajara; se ven mesas en la calle, conversaciones largas al caer la noche y las campanas marcando el ritmo del día.
Fuera de esas fechas, Valdelcubo vuelve a su escala habitual: pocas casas abiertas, el viento cruzando las eras y una calma que, para quien viene de fuera, resulta casi inesperada.