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sobre Villares de Jadraque
Pueblo serrano de arquitectura dorada; entorno tranquilo
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Hay pueblos a los que llegas porque están en la ruta hacia otro sitio. Y luego están los que aparecen al final de una carretera secundaria, cuando ya empiezas a pensar que igual te has equivocado. Villares de Jadraque es más bien de los segundos.
A unos 1.050 metros de altura, en el páramo que rodea la Sierra de Pela, este pueblo de la Sierra Norte de Guadalajara parece haberse quedado en pausa. No en plan museo rural, sino como esos lugares donde simplemente las cosas cambian más despacio. El núcleo son apenas una docena de calles, con casas de piedra, adobe y portones grandes de madera que ya han visto unas cuantas décadas. Muchas conservan corrales y detalles que recuerdan cuando aquí la vida giraba alrededor del campo.
La sensación, cuando caminas por el pueblo, no es la de estar visitando un destino turístico. Es más bien la de pasar por un sitio que sigue funcionando a su ritmo, aunque cada vez quede menos gente. Con 39 habitantes censados, el silencio forma parte del paisaje casi tanto como los campos que lo rodean.
La comarca tiene un paisaje muy marcado: barrancos que se abren de repente, laderas pedregosas y campos que cambian de color según la estación. De vez en cuando aparece algún roble o sabina que rompe la monotonía del páramo. La actividad tradicional aquí siempre fue la ganadería y los cultivos extensivos, y eso se nota en cómo están construidas las casas: muros gruesos, corrales amplios y todo pensado para aguantar inviernos largos y viento.
La poca infraestructura moderna también cuenta una historia. Aquí no ha habido demasiadas transformaciones en décadas, y eso se percibe en cuanto das un paseo sin prisa.
Qué ver en Villares de Jadraque si te das una vuelta
Villares no es un sitio de “lista de monumentos”. Más bien es de caminar un rato y fijarte en detalles. La calle principal sigue más o menos la traza original del pueblo, y recorrerla entera no lleva mucho: en media hora puedes haber visto casi todo si vas tranquilo.
La iglesia parroquial de San Juan Bautista está en una posición algo elevada respecto al resto de las casas. Es un edificio sencillo de piedra caliza, con una portada de arco semicircular que parece de las partes más antiguas y una torre que hace de campanario. Desde algunas esquinas del pueblo se ve asomar por encima de los tejados.
Alrededor todavía quedan pequeños huertos familiares y algunas construcciones auxiliares donde se reconocen restos de ladrillo antiguo o herramientas que ya casi no se usan. Caminando despacio aparecen también portones grandes con cierres metálicos robustos y fachadas donde aún se ven marcas o inscripciones hechas por vecinos hace décadas.
No es un paseo largo, pero tiene ese punto curioso de ir descubriendo cómo estaba organizado un pueblo agrícola de esta zona.
El paisaje que rodea al pueblo
Si algo define a Villares de Jadraque es lo que tiene alrededor. Salir andando por cualquiera de los caminos es entrar en un paisaje bastante abierto: barrancos que en épocas lluviosas llevan agua, pedregales calizos y matorral bajo que aguanta bien los veranos secos.
En primavera y a principios de verano el campo huele mucho a tomillo y otras plantas aromáticas que crecen entre las piedras. Y cuando el cielo está despejado, las vistas hacia la Sierra de Pela son bastante amplias, de esas que te hacen entender por qué los pueblos aquí se levantaban en puntos altos.
En invierno el viento suele ser protagonista. No es raro ver cómo las nubes bajas cruzan rápido sobre los campos, algo que en esta parte de Guadalajara pasa bastante.
Caminos y paseos por la zona
Los caminos tradicionales que conectaban con otras aldeas todavía se pueden seguir, aunque muchos no tienen señalización reciente. Con un mapa o preguntando a algún vecino es fácil encontrar rutas sencillas para caminar un rato por los alrededores.
Mientras andas es habitual ver aves grandes planeando sobre las crestas o pequeños pájaros moviéndose entre los matorrales. En otoño, cuando llegan las lluvias, también aparecen setas en algunas zonas del campo. Los vecinos que salen a buscarlas suelen hacerlo con bastante cuidado, porque no todas son fáciles de identificar.
Y luego está la noche. Aquí la contaminación lumínica es prácticamente inexistente, así que cuando el cielo está despejado las estrellas se ven con una claridad que en ciudad cuesta imaginar. Basta alejarse un poco del pueblo por cualquier camino de tierra para quedarse mirando el cielo un buen rato.
Comer en el pueblo
Conviene saberlo antes de venir: en Villares de Jadraque no hay bares ni restaurantes. Es uno de esos pueblos donde, si vas a pasar unas horas, lo más práctico es traer algo desde otro sitio.
Aun así, de vez en cuando algún vecino vende productos de casa —cordero o embutidos— si se pregunta con tiempo y se coincide con la gente adecuada. La cocina tradicional de la zona siempre ha sido muy de campo: migas, platos contundentes y comida pensada para jornadas largas al aire libre.
Un pueblo que se llena unos días al año
Durante buena parte del año el pueblo está muy tranquilo. Pero en verano la cosa cambia un poco: muchas familias que tienen raíces aquí vuelven unos días y el ambiente se anima.
Suelen organizarse celebraciones sencillas alrededor de San Juan, hacia finales de junio. Procesiones cortas por las calles, reuniones junto a la iglesia, comidas compartidas… más encuentro entre vecinos que fiesta pensada para atraer gente de fuera.
Y quizá ahí está la clave de Villares de Jadraque: no es un lugar que se haya transformado para recibir visitantes. Es más bien un pueblo pequeño que sigue existiendo, con su ritmo lento y sus veranos algo más ruidosos cuando vuelve la gente de siempre. Si pasas por aquí, lo mejor que puedes hacer es caminar un rato y mirar alrededor con calma. A veces eso ya es suficiente.