Artículo completo
sobre Escalona
Villa histórica amurallada a orillas del Alberche; escenario del Lazarillo de Tormes
Ocultar artículo Leer artículo completo
Hay un momento, justo cuando atraviesas el puente sobre el Alberche, en que el turismo en Escalona empieza a tener sentido. Ves el castillo levantarse sobre el río y durante unos segundos parece un decorado. Y no es solo una impresión: en los años 60 se rodaron escenas de una película histórica por aquí (suele citarse a Yul Brynner en esa historia), así que algo de escenario ya tuvo.
Pero Escalona viene de bastante antes. Se suele contar que Don Juan Manuel pasó temporadas en el castillo y que por estas calles se ambienta el famoso episodio de la longaniza del Lazarillo de Tormes. Historia documentada y leyenda popular se mezclan bastante en el pueblo, como pasa en muchos sitios de Castilla.
El castillo que se traga el pueblo
Lo primero que ves son los muros. No porque los busques, sino porque no hay otra opción: el Castillo‑Palacio de Don Álvaro de Luna se come literalmente Escalona. Es como si alguien hubiera puesto un elefante en medio de la plaza y dijera “aquí gira todo”.
La fortaleza es enorme —el perímetro ronda los cuatrocientos metros— y el casco urbano parece apoyarse en ella. Casas blancas, calles cortas y el castillo dominándolo todo.
Dentro hay dos zonas bastante claras. Por un lado la plaza de armas, que te hace pensar más en residencia noble que en fortaleza pura. Y luego el alcázar, que es donde uno se imagina a Don Álvaro de Luna moviendo hilos en la Castilla del siglo XV.
Desde arriba se ve bien el valle del Alberche. Cigüeñas en los tejados, huertas cerca del río y ese paisaje castellano que se va abriendo poco a poco hacia la llanura.
Cuando el pueblo se vacía (y eso está bien)
Aquí va un consejo de amigo: si puedes, ven entre semana.
Los fines de semana Escalona recibe bastante movimiento de gente que baja desde Madrid a pasar el día. El castillo, un paseo por el centro y vuelta a casa. Si llegas un martes o un miércoles, en cambio, el ambiente cambia mucho: el ritmo es más tranquilo y la plaza se vive de otra manera.
La plaza Mayor es sencilla pero muy agradable. Tiene soportales, edificios bajos y el ayuntamiento mirando hacia el castillo, como recordando quién manda aquí desde hace siglos. A media mañana suele haber corrillos de vecinos charlando, algún niño corriendo por los soportales y ese olor a pan que sale de alguna tahona cercana.
La longaniza del Lazarillo
Sí, la famosa longaniza del Lazarillo de Tormes. El episodio en el que el protagonista intenta cambiarla por un nabo se sitúa tradicionalmente en Escalona, y el pueblo ha hecho bastante suya esa historia.
La longaniza sigue siendo algo muy local. Se prepara de forma bastante tradicional y no es raro verla envuelta en papel de estraza, sin etiquetas ni diseño moderno. De esas cosas que parecen sacadas de otra época.
Preguntar por ella suele ser buena idea si te gusta probar productos del sitio. Y si manchas el papel de grasa al abrirla, es buena señal.
Agosto y diciembre, cuando el pueblo cambia de ritmo
Escalona tiene dos momentos del año en los que el ambiente se anima bastante.
En agosto suelen celebrarse las fiestas grandes, dedicadas a la Virgen y a San Roque. Es cuando vuelve mucha gente que vive fuera y el pueblo se llena de peñas, verbenas y reuniones familiares.
A principios de diciembre también hay celebraciones ligadas a la Inmaculada. El ambiente es distinto: menos bullicio de verano y más reuniones tranquilas, con frío ya serio por las noches.
El sendero que llega desde Maqueda
Si te gusta caminar, por la zona pasa un sendero de gran recorrido que conecta con Maqueda. Son unos cuantos kilómetros entre campos de cultivo, dehesas y caminos tranquilos.
No es una ruta de alta montaña ni nada por el estilo. Más bien un paseo largo por paisaje castellano: encinas dispersas, alguna finca, silencio y cigüeñas que cambian de campanario.
Llegar a Escalona caminando tiene su gracia porque el castillo aparece de golpe al acercarte al río.
Lo que no te cuentan en las guías
Escalona tiene también sus pequeñas pegas. En agosto el calor cae fuerte, aparcar cerca del castillo puede complicarse cuando hay mucha gente y a la hora de comer conviene organizarse un poco: en los pueblos pequeños las cocinas no están abiertas todo el día.
Pero también tiene algo que a mí me gusta bastante: no parece un sitio preparado para turistas. La vida sigue su ritmo y tú simplemente pasas por allí.
Mi consejo: pasea por las murallas, baja luego hacia el Alberche y acércate al río si el día aprieta. Hay zonas donde los vecinos se han bañado toda la vida cuando llega el calor.
Después vuelve al centro, siéntate en la plaza con algo fresco y mira cómo cae la tarde sobre el castillo. Escalona no es el pueblo más espectacular de Castilla‑La Mancha, pero tiene ese tipo de calma que se te queda en la cabeza cuando vuelves a casa. Como una canción que no sabías que conocías y de repente te descubres tarareando.