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sobre Lucillos
Municipio agrícola en la vega del Alberche; entorno tranquilo de cultivos
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Hay un momento, justo cuando dejas atrás la carretera de Torrijos, en el que el coche parece flotar un poco. No es metáfora: es la arena. Lucillos se asienta sobre dunas blancas que parecen de playa pero sin mar, y cuando el asfalto se acaba las ruedas se hunden un par de centímetros en esa arena suelta que los agricultores del pueblo llaman «lo bueno». Conducir ahí es como pasar el coche por azúcar glas.
De eso va bastante el turismo en Lucillos. Llegas pensando que será otro pueblo de la campiña toledana y, de repente, el terreno cambia y todo tiene otro color.
El pueblo que no está en ninguna parte
Unos 660 vecinos repartidos en casas bajas, todas mirando más o menos al mismo sitio: la torre de la iglesia. No es especialmente alta, pero aquí tampoco hace falta competir con nada. Es como cuando quedas con amigos en una plaza pequeña y dices “nos vemos junto al reloj”. Todo gira alrededor de ese punto.
Llegué un martes a eso de las doce y el silencio era total. Pero no el silencio de abandono. Era más bien el de la siesta castellana cuando todavía no ha empezado. Los perros ni se molestaron en ladrar.
Entré en el único bar que vi abierto —sin rótulo en la fachada— y pedí un café. Me lo sirvieron en una taza de esas en las que el azúcar se queda pegado al fondo. El dueño estaba viendo una serie turca doblada con acento manchego. Cuando le pregunté por qué venía gente a Lucillos, se quedó pensando y dijo:
«Pues no sé… la iglesia está bien».
No lo dijo como reclamo turístico. Más bien como quien señala lo obvio.
La iglesia que manda en el pueblo
Y la verdad es que sí, la iglesia está bien.
La torre mudéjar suele situarse en el siglo XIII. No impresiona por tamaño, pero encaja con el paisaje de una forma curiosa. Desde los caminos de alrededor asoma entre los campos de cereal como si siempre hubiese estado ahí.
Dentro guardan un retablo renacentista que los entendidos relacionan con talleres de Toledo. A mí me recordó a esos altares que montaban mis tías en Semana Santa, pero en versión enorme.
En una capilla lateral tienen una talla de la Pasión que llama bastante la atención. No es grande, pero te quedas mirándola un rato más de lo normal. El sacristán —que se presentó como «el que tiene la llave»— me contó una historia que aquí repiten mucho: la imagen sale en procesión cuando la sequía aprieta de verdad.
«Y casi siempre acaba lloviendo», dijo.
No sé si será fe o coincidencia. Pero en un pueblo agrícola, cualquier señal cuenta.
Los nombres antiguos que casi nadie usa
Lucillos no siempre se llamó así. En documentos antiguos aparece como “Val de Lucillos” y, en algunos casos, como “valle de los Sepulcros”. También se habla de un origen mozárabe, algo parecido a “Locallus”, que vendría a ser “lugar pequeño”.
Y pequeño es.
Lo cruzas andando en diez minutos. Quince si te entretienes mirando escudos en algunas fachadas o hablando con alguien que sale a barrer la puerta.
Lo curioso es que en el pueblo esos nombres antiguos no se oyen. Para los vecinos es Lucillos, sin más. Los campos son “la vega”. Y todo lo que no es vega es “el monte”.
No se complican mucho.
Agosto y la plaza llena
Las fiestas de la Virgen de la Asunción llegan en agosto, como en tantos pueblos de la zona. Pero aquí el ambiente tiene algo muy de reunión de vecinos.
Suele haber comida popular en la plaza y música por la noche. Nada gigantesco. El DJ, según me contaron, suele ser alguien del propio pueblo. De esos que montan el equipo, ponen canciones de varias décadas y al final acaban saludando a medio mundo desde la mesa.
Una de las noches tiran fuegos artificiales, pero discretos. De los que duran poco y no despiertan a todo el campo.
Hace unos años trajeron un grupo de música tropical desde Toledo y parece que gustó bastante. Desde entonces, cuando pueden, repiten algo parecido. Y también se repite otra tradición muy española: alguien comenta que antes las fiestas eran distintas.
El camino hacia el Tajo
Desde el pueblo sale un camino largo que acaba acercándose al río Tajo. En total ronda los treinta y tantos kilómetros, aunque solo una parte pasa por el término de Lucillos.
No esperes paneles ni flechas cada cien metros. Es más bien seguir el camino de tierra que está más pisado. Si has caminado por la campiña de Toledo alguna vez, sabes exactamente de qué hablo.
El mejor momento suele ser temprano por la mañana o ya por la tarde. A mediodía la arena guarda el calor y el suelo parece una plancha.
No hay miradores preparados ni bancos. Lo que hay son encinas sueltas, olivos y esas cuestas suaves que parecen pequeñas hasta que las subes andando.
Es campo, sin más adornos.
Migas, tienda y la razón para parar un rato
Sobre la comida tampoco hay mucho misterio. En el bar de la plaza a veces hacen migas los domingos. A veces sí, a veces no. Depende más del día que del calendario.
Las probé con uvas y algo de chorizo. De esas que te sirven diciendo “prueba un plato, a ver qué te parecen”. No sé si la receta será antigua o simplemente la de casa, pero entraban bien.
También encontré una pequeña tienda donde vendían queso de oveja de la zona, pan y algunas cosas básicas. El dependiente, que también hacía de panadero, me dijo algo que resume bastante bien el sitio:
«Con esto se come bien. ¿Para qué más?»
Lucillos no es un lugar al que vengas a pasar tres días. Es más bien una parada tranquila en medio de la campiña de Torrijos. Paras, das una vuelta, entras en la iglesia si está abierta, tomas algo y sigues camino.
Y a veces ese tipo de parada es justo lo que apetece. Un pueblo que sigue con su ritmo y al que no parece preocuparle demasiado si pasa mucha o poca gente por la carretera.