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sobre Mestanza
Pueblo serrano con vistas al embalse del Montoro; entorno ideal para la caza y actividades náuticas en un paisaje agreste
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A esa hora en que el sol apenas roza los tejados, Mestanza todavía está medio dormido. Alguna puerta se abre, se oye el golpe seco de una persiana y el olor a leña apagada queda flotando en el aire frío de la mañana. En la plaza, el silencio dura poco: siempre aparece alguien cruzándola con paso tranquilo.
Hablar de turismo en Mestanza es hablar de un pueblo pequeño del Valle de Alcudia, en el sur de Castilla‑La Mancha, donde el paisaje manda más que cualquier plan. Está a unos 740 metros de altura y rodeado de dehesa. Encinas separadas por praderas, muros de piedra, caminos de tierra que se pierden sin prisa entre las fincas. Durante mucho tiempo la vida aquí giró en torno al ganado y a la minería. Las dos cosas siguen visibles si se mira con calma.
El centro del pueblo
La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción ocupa el centro, sin grandes gestos. Piedra clara, proporciones sobrias. Dentro hay imágenes y elementos que los vecinos siguen usando en las celebraciones del año, sin demasiada ornamentación.
Las calles cercanas se recorren en pocos minutos. Casas encaladas, portones de madera oscurecidos por los años y rejas de hierro que proyectan sombras finas sobre las fachadas cuando cae la tarde. Desde fuera apenas se adivinan los patios interiores. A veces asoma una higuera o una parra que trepa por el muro.
La dehesa del Valle de Alcudia
El paisaje alrededor explica el carácter del lugar. La dehesa ocupa gran parte del término municipal. Encinas bajas, suelo rojizo y hierba que cambia de color según la estación.
En invierno la tierra suele oler húmeda después de las lluvias. En verano el aire se vuelve seco y el sonido dominante es el de los insectos entre la hierba. No es raro ver ganado pastando a distancia o cruzarse con ciervos y jabalíes al amanecer, sobre todo si se recorren caminos poco transitados.
Las rapaces también forman parte del cielo de la zona. Con unos prismáticos y algo de paciencia, en primavera u otoño se pueden observar buitres planeando sobre las laderas o águilas aprovechando las corrientes térmicas.
Restos de la antigua minería
En algunas laderas aparecen restos del pasado minero. Estructuras metálicas, bocas de pozo cerradas y taludes de tierra removida que el tiempo ha ido cubriendo de vegetación. No siempre están señalizados y conviene acercarse con prudencia.
La minería dio trabajo a muchos vecinos durante décadas. Hoy queda sobre todo en la memoria de la gente mayor y en esos fragmentos dispersos por el monte.
Caminos alrededor de Mestanza
Los alrededores se recorren mejor andando o en bicicleta de montaña. Hay pistas agrícolas y senderos usados por ganaderos que atraviesan fincas y zonas de monte bajo. Algunas pasan cerca de cercados, así que conviene respetar portones y cancelas tal como se encuentran.
Las mejores horas suelen ser las primeras del día o el final de la tarde. En verano el calor aprieta a partir del mediodía y apenas hay sombra fuera de las encinas.
Desde algunos altos de la Sierra de la Solana —según el punto al que se llegue— el valle se abre entero: manchas verdes de dehesa, caminos claros dibujando líneas suaves y, muy al fondo, las sierras que cierran el horizonte.
Fiestas y ritmo del año
En agosto el pueblo cambia de ritmo con las fiestas dedicadas a Nuestra Señora de la Asunción. Hay procesiones, música y reuniones en la plaza cuando cae la noche. La población aumenta esos días porque muchos vecinos que viven fuera regresan al pueblo.
En enero sigue celebrándose la tradición de las hogueras de San Antón. Al caer la noche se encienden fuegos en distintos puntos y la gente se reúne alrededor mientras el humo sube despacio en el aire frío.
Fuera de esas fechas, Mestanza mantiene un ritmo tranquilo. Pocas prisas, pocas distracciones. El atractivo del lugar está más en caminar por sus alrededores y sentarse un rato en la plaza cuando la luz empieza a bajar que en acumular visitas. Aquí el tiempo se mide de otra manera.