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sobre Villacañas
Único por sus Silos (viviendas subterráneas) visitables; importante industria de puertas
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El silo número 14 tiene una escalera de caracol que baja unos siete metros. En la pared, un cartel de 1957 anuncia el precio del trigo: 7,40 pesetas el kilo. El dueño del silo murió hace dos décadas, pero su letra sigue ahí, marcada con tiza sobre la arcilla endurecida. Villacañas se entiende mejor mirando bajo tierra. Durante siglos guardó allí el grano y buena parte de su memoria.
El subsuelo que hizo pueblo
La clave está en el suelo. La arcilla de esta zona de La Mancha se corta con facilidad y, una vez seca, se mantiene firme. Eso permitió excavar silos profundos con cámaras laterales donde almacenar el trigo. El interior mantiene una temperatura bastante estable durante todo el año, algo que ayudaba a conservar el grano.
Muchos de estos depósitos se abrieron en los siglos modernos, cuando la economía local dependía casi por completo de las cosechas. También sirvieron como escondite en tiempos difíciles. Durante la Guerra de la Independencia se utilizaron para guardar víveres y objetos de valor cuando las tropas francesas pasaron por la zona.
Hoy quedan centenares repartidos por el municipio. Algunos siguen siendo privados. Otros se han acondicionado para explicar cómo funcionaban. No es una arquitectura monumental. Es una solución práctica, pensada por agricultores que conocían bien la tierra que pisaban.
De los graneros al mueble
El cambio llegó en el siglo XX. Villacañas pasó de una economía agrícola a otra basada en la madera y el mueble. Parte de ese saber manual ya existía: quien sabía ajustar una puerta de silo también sabía trabajar un tablero.
A partir de mediados del siglo pasado comenzaron a abrir talleres. Con el tiempo aparecieron cooperativas y pequeñas industrias. La producción se especializó en puertas y componentes de muebles. El pueblo terminó identificado con ese oficio. Aún hoy muchas naves industriales recuerdan esa etapa de expansión.
Quedan artesanos que siguen trabajando la madera a mano. No abundan, pero todavía se ve a alguno revisando el veteado antes de aplicar el barniz, con una paciencia que no entiende de prisas.
La mesa que heredan los días de fiesta
La cocina local responde a lo que ha dado siempre esta tierra: huerta modesta, caza menor y pan. El pisto manchego aparece con frecuencia en las mesas familiares. En Villacañas hay quien añade un poco de vino blanco mientras se cocina el tomate y el pimiento, aunque cada casa tiene su manera.
Las celebraciones importantes llegan en torno al Cristo de la Viga, a comienzos de mayo. Durante esos días se preparan gazpachos manchegos con carne de caza o de corral. Al amanecer del día principal salen los llamados Danzantes del Cristo. Llevan trajes blancos con cintas de colores y repiten una coreografía antigua frente a la ermita. El origen exacto no está claro; la tradición se mantiene porque el pueblo la reconoce como propia.
Entre la estepa y la marisma
El paisaje alrededor de Villacañas es el de la Mancha seca: parcelas amplias, tomillo, cereal y horizontes abiertos. A pocos kilómetros aparece la Laguna Larga, uno de los humedales de esta parte de Toledo. En primavera suelen verse aves acuáticas, entre ellas flamencos en paso o descanso.
Existe un camino que conecta varios de estos humedales en dirección a Quero. El recorrido atraviesa campos de cultivo y alguna construcción agrícola dispersa. Es una zona silenciosa, muy expuesta al sol y al viento. El terreno apenas ha cambiado porque aquí el agua sigue marcando el ritmo de todo.
Cómo orientarse al llegar
Villacañas está en el noreste de la provincia de Toledo, dentro de la llanura manchega. Se llega por carretera desde Toledo o desde la autovía que conecta con Madrid. También hay estaciones de tren en localidades cercanas, desde donde se continúa por carretera.
Algunos silos visitables suelen abrir los fines de semana o mediante visita concertada. Conviene preguntar antes en el punto de información local. El interior mantiene humedad y los peldaños de piedra están muy pulidos, así que es mejor bajar con calzado cerrado.
El casco urbano se recorre andando sin dificultad. La historia del pueblo no está concentrada en un monumento concreto. Está repartida entre las bocas de los silos, los talleres de madera y las ermitas que aparecen entre calles tranquilas. Ahí es donde Villacañas explica lo que ha sido.