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sobre Villarrubia de los Ojos
Municipio que abarca parte de las Tablas de Daimiel y estribaciones de los Montes; destaca por su santuario y mirador
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A las seis de la mañana, cuando la niebla todavía se queda baja sobre los trigales, se oye el chapoteo de las cigüeñuelas en el Cigüela. Son los primeros ruidos del día, antes que los tractores y antes que las cigarras. Esto también es turismo en Villarrubia de los Ojos: madrugar un poco y mirar alrededor. Desde el cerro de San Cristóbal, la llanura manchega se abre como una alfombra que cambia de color según la semana: verde intenso tras la lluvia, dorado áspero en julio, y a veces manchas violáceas donde florecen las hierbas del secano.
El olor a tierra mojada y a queso curado
En el obrador de la cooperativa el queso manchego se gira a mano durante meses. El de oveja, ya curado, tiene ese punto de sal que se queda pegado al paladar. Si pasas temprano, todavía se nota el olor tibio de la leche en los tanques. Afuera, en la vega, los melones empiezan a salir a finales de agosto: piel verde, carne clara y muy dulce, de los que perfuman la cocina entera cuando se abren.
La plaza de la Constitución tiene una ligera pendiente hacia el llamado Alto de Palacio. Allí estuvo el antiguo castillo medieval; hoy quedan bancos de piedra clara y farolas con azulejo. Las palomas se posan en las torres de la iglesia parroquial, levantada en el siglo XVI y restaurada varias veces con la misma caliza blanca que brilla al sol del mediodía. La torre del reloj es posterior, de finales del XIX. Cuando marca las horas, el sonido rebota un momento en las fachadas y luego se pierde hacia la vega.
Cuando el río se esconde y vuelve a nacer
Los Ojos del Guadiana quedan a un cuarto de hora largo en coche, cerca de donde el término municipal se acerca a Daimiel. En esta zona el río tiene una historia caprichosa: durante siglos desaparecía bajo tierra y volvía a brotar en estos manantiales. El paisaje no es espectacular en el sentido clásico. Son tablas de agua, carrizos, barro oscuro. Pero si vas en primavera, con las aves criando, hay un murmullo constante de alas y picos entre la vegetación.
En el parque recreativo del Cigüela hay pasarelas de madera que bordean las zonas más húmedas. El paseo no es largo —un par de kilómetros si haces ida y vuelta— y suele verse a familias merendando en las mesas de piedra. Algunos niños acaban metiendo los pies en el agua. Incluso en julio sale fría.
Subir al balcón donde se abre la llanura
La sendilla de San Cristóbal empieza junto al cementerio. Es un camino de tierra que sube despacio entre pinos y encinas jóvenes. En unos veinte minutos llegas arriba, al llamado Balcón de La Mancha.
Desde allí Villarrubia queda abajo, con los tejados rojizos y las naves agrícolas extendidas hacia la carretera. Al norte se recortan los Montes de Toledo en un azul muy suave, casi lavado por la luz. Cuando el aire está limpio después de un día de viento, hay quien dice que alcanza a distinguir Ciudad Real en la distancia.
En la cima hay una cruz de hierro y un banco de piedra donde el viento no suele parar. Incluso en agosto sopla algo. Si subes al atardecer conviene llevar una chaqueta: en cuanto el sol se esconde, la llanura pierde el calor muy deprisa.
Las fiestas que marcan el año
El 15 de mayo, día de San Isidro, los agricultores decoran los tractores con ramas de romero y palmas. Salen en comitiva hacia el campo, se bendicen los cultivos y luego regresan al pueblo entre bocinazos y polvo del camino.
En septiembre la Virgen de la Sierra baja desde su santuario hasta el pueblo. El recorrido ronda los nueve kilómetros por la sierra. Mucha gente lo hace andando desde primera hora, con comida en las mochilas, y regresa por la tarde acompañando la imagen.
La noche del Viernes Santo es distinta. La procesión del Silencio recorre el centro con las luces apagadas. Solo se oyen los pasos, el roce de las túnicas y a veces el llanto breve de algún niño cansado. La misma plaza que durante el día tiene tráfico y conversaciones se queda en absoluto respeto.
Cuándo ir y qué llevar
Marzo y abril suelen ser los meses más agradecidos. Los campos están verdes, las cigüeñas vuelven a los nidos y el sol todavía no aprieta. En mayo algunas zonas del campo desprenden un olor dulce que recuerda a miel cuando florecen ciertas plantas del secano.
Agosto es otra cosa: calor seco durante el día y bastante movimiento por la noche. Los fines de semana se nota la llegada de coches de fuera. Si prefieres tranquilidad, mejor venir entre semana o a primera hora de la mañana.
Para caminar por la sierra conviene llevar calzado con suela firme y algo de abrigo para la tarde. Aquí el cielo es muy grande y cuando cae el sol el aire cambia rápido. Y si alguien te ofrece melón de la zona, acepta. En estas tierras el Guadiana regó durante generaciones huertas y melonares, y todavía se nota en el sabor.