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sobre Yélamos de Arriba
Municipio de Guadalajara
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Hay pueblos a los que llegas porque ibas a otro sitio y, de repente, ves un desvío. Paras el coche, te asomas y piensas: “vamos a ver qué hay aquí”. El turismo en Yélamos de Arriba tiene bastante de eso. No es un destino al que se venga con prisa ni con una lista de cosas que tachar. Es más bien una parada tranquila en mitad de la Alcarria.
Si vienes desde Cifuentes, la carretera sube entre campos abiertos. En un cruce sencillo aparece el nombre del pueblo. Casas de piedra, tejados bajos y ese silencio típico de los sitios pequeños donde el ruido más constante suele ser el viento.
Hoy viven aquí alrededor de un centenar de personas. Poca gente, pero suficiente para que el pueblo siga teniendo vida.
Un pueblo pequeño, sin decorado
El casco urbano es directo, sin rodeos. Calles estrechas, muros de mampostería, algunas fachadas de tapial y tejados de teja árabe. Nada está colocado para la foto. Son casas hechas para vivir, muchas reformadas poco a poco, otras tal cual estaban hace décadas.
La Calle Mayor organiza casi todo. Desde ahí salen callejones cortos que suben o bajan ligeramente, según la pendiente del terreno. Caminar por el pueblo lleva poco tiempo, pero conviene hacerlo despacio. En estos sitios siempre aparece algún detalle curioso: un antiguo portón de madera, una ventana pequeña que parece medieval o un patio interior que se adivina tras una pared.
La iglesia de San Bartolomé
En una pequeña plaza aparece la iglesia parroquial de San Bartolomé. El edificio suele situarse en el siglo XVI, aunque ha tenido arreglos posteriores. Lo que más llama la atención desde fuera es la espadaña, muy sencilla, casi austera.
Dentro no hay grandes piezas de museo. Bancos de madera, retablos modestos y esa sensación de iglesia de pueblo que ha visto bautizos, funerales y fiestas durante generaciones. Es uno de esos lugares que se entienden mejor si imaginas a los vecinos entrando aquí un domingo cualquiera hace cincuenta o cien años.
El paisaje de la Alcarria alrededor
Salir del pueblo es tan interesante como recorrerlo. La Alcarria aquí se muestra bastante clara: lomas suaves, campos de cereal y horizontes largos. En verano todo se vuelve dorado. En invierno el paisaje cambia a tonos más apagados, pero el viento sigue mandando.
Trigo y cebada ocupan la mayor parte del terreno. También aparecen pequeños huertos y algunas parcelas familiares. De vez en cuando se ven vacas o caballos en pastos cercanos.
No es un paisaje espectacular en el sentido clásico. Pero tiene algo hipnótico. Sabes cuando miras lejos y no hay casi nada que interrumpa la vista… pues eso pasa bastante aquí.
Caminos y paseos por los alrededores
Desde el pueblo salen varios caminos agrícolas. No están señalizados como rutas oficiales, pero se usan desde siempre para moverse entre fincas o para dar paseos largos.
Algunos bajan hacia pequeños arroyos que en verano suelen ir secos. Otros conectan con pistas más largas que recorren la zona. Si te gusta caminar sin demasiada gente alrededor, este tipo de terreno funciona bien.
Eso sí, conviene orientarse un poco antes de salir. En la Alcarria los caminos se cruzan bastante y no siempre queda claro cuál lleva a dónde.
Qué esperar si decides acercarte
Yélamos de Arriba no tiene tiendas ni servicios constantes durante todo el año. Es el tipo de sitio al que vienes sabiendo que no hay demasiadas comodidades. Mucha gente trae lo que necesita y pasa unas horas paseando o simplemente mirando el paisaje.
En verano el pueblo cambia un poco. Vuelven vecinos que viven fuera y se celebran las fiestas en torno a San Bartolomé, hacia finales de agosto. Son celebraciones sencillas, muy de pueblo: procesión, música y gente que se reencuentra después de meses o años.
Al final, Yélamos de Arriba funciona mejor si lo tomas como una pausa. Paras, caminas un rato, miras alrededor y sigues camino por la Alcarria. A veces eso es más que suficiente.