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sobre Yepes
Conjunto Histórico-Artístico; villa monumental con murallas y colegiata impresionante
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Hay algo curioso en los pueblos que tienen estación de tren de alta velocidad cerca. Te bajas con la misma sensación que cuando entras en un bar pensando que es otro: miras alrededor y piensas “a ver qué hago yo aquí”. Con Yepes me pasó algo parecido. El tren hacía parada en la zona y pensé: si hay estación, algo habrá. Y sí, lo hay. Solo que no es exactamente lo que uno imagina cuando oye “parada del AVE”.
Lo primero que me encontré al salir fue un desguace frente a la carretera. Tal cual. Una bienvenida bastante directa: coches desmontados, hierro, polvo… y detrás, el campo abierto de la Mesa de Ocaña. En cinco minutos caminando ya estás entre parcelas de cereal, de esas que en primavera se mueven con el viento como si fueran olas bajas. El contraste es raro, pero funciona: tren rápido, paisaje lento.
El pueblo que sigue siendo un pueblo
Yepes no vive solo de que pase gente a hacer fotos. Se nota enseguida. El casco antiguo está ahí, con calles estrechas y casas de ese tono ocre tan típico de la zona, pero la sensación es más de vida diaria que de decorado. Ves persianas medio bajadas, coches aparcados donde pueden, y gente haciendo recados.
No hay demasiada coreografía turística. A media mañana se oye la televisión de algún bar, alguien saca al perro, y en la plaza siempre aparece alguien que parece conocer a todo el mundo.
La Colegiata de San Benito es el edificio que rompe la escala del pueblo. De repente giras una esquina y aparece ese volumen enorme de piedra. Da la sensación de que alguien decidió levantar una iglesia grande para una ciudad… y la ciudad nunca llegó. Es del siglo XVI y por dentro mantiene ese olor a piedra fría y silencio que tienen las iglesias antiguas. Incluso si no eres muy de iglesias, merece entrar un momento solo por ver el tamaño del sitio.
Carcamusas y otras razones bastante terrenales
Si preguntas qué se come por aquí, la palabra que suele salir es carcamusas. Es un guiso muy toledano: carne de cerdo, tomate, algo de verdura y un punto picante que se nota al segundo bocado. No es comida fina ni falta que hace. Es de esas cazuelas que pides con pan y una cerveza y, cuando te das cuenta, la mesa ya está llena de migas.
Por la zona también se mueve bastante queso manchego. La comarca tiene tradición ganadera y el queso aparece en muchas mesas casi como si fuera parte del pan. Y con el vino pasa algo parecido: no hay demasiada ceremonia. Te ponen la jarra, la compartes y listo.
Un pueblo que funciona todo el año
Algo que me llamó la atención es que Yepes no parece detenido en el tiempo. Tiene piscina municipal, instalaciones deportivas, servicios que uno espera en un municipio donde vive gente todo el año. Muchos trabajan fuera —Madrid y Toledo quedan relativamente cerca en coche— pero luego vuelven aquí.
Eso también explica otra cosa: internet rápido, casas más grandes de lo que verías en la capital y un ritmo bastante más tranquilo. No es el típico lugar que vive exclusivamente del turismo de fin de semana.
Tres horas bien aprovechadas
Si vienes a hacer turismo en Yepes, el plan es sencillo. Llegar cerca del mediodía, dar una vuelta por el casco antiguo, entrar en la colegiata y luego caminar un poco hacia las afueras para ver el paisaje de la Mesa de Ocaña. El horizonte aquí es amplio, de los que te recuerdan lo plana que puede ser Castilla.
Después comes algo con calma y listo. En una mañana larga o una tarde lo tienes bastante recorrido.
En el tren de vuelta pensaba que Yepes se parece a ese amigo que nunca intenta impresionar a nadie. No te organiza el plan más espectacular del año, pero siempre aparece con una cerveza y tiempo para charlar. Y hay días en los que eso vale más que cualquier itinerario lleno de cosas “que ver”.