Artículo completo
sobre Castrillo del Val
Municipio residencial próximo al Monasterio de San Pedro de Cardeña; ligado a la leyenda del Cid
Ocultar artículo Leer artículo completo
El ruido de un tractor arrancando a lo lejos corta el silencio de la mañana. Es el sonido que marca las horas aquí. Castrillo del Val huele a cereal seco en agosto, a tierra removida en octubre, a leña quemada cuando el frío baja del páramo. Este es un pueblo de la llanura burgalesa donde el horizonte es plano y ancho, y la vida transcurre pegada al ritmo de los campos.
El casco urbano se asienta en medio de una extensión de cultivos. No hay montañas cercanas que frenen la vista; solo la línea recta de la tierra encontrándose con el cielo, interrumpida a lo lejos por la silueta azulada de la Sierra de la Demanda. Los colores cambian con las labores del campo: el verde pálido del barbecho, el amarillo del trigo maduro, el marrón de la tierra recién arada.
Desde Burgos se tarda unos quince minutos en coche. Esa cercania hace que muchos burgaleses vengan a caminar o a pedalear por sus caminos. En verano, el sol cae a plomo desde el mediodía hasta bien entrada la tarde; conviene madrugar o esperar a última hora.
Recorrer las calles
No lleva más de media hora caminar por todo Castrillo del Val. Las calles son anchas y prácticas, con casas bajas de piedra o fachadas encaladas que el sol va destejiendo. Las puertas de los garajes suelen estar abiertas, dejando ver tractores antiguos y herramientas. Esto no es un decorado; es un pueblo donde se vive.
La plaza tiene una sensación de vacío útil. Ahí está el rollo jurisdiccional, una columna de piedra desgastada que señala que esto fue villa con jurisdicción propia. No llama la atención; hay que buscarla. A su alrededor, algunos bancos de cemento donde la gente mayor se sienta a ver pasar el día.
Si caminas sin prisa, notarás los detalles: el musgo entre las tejas, una ventana con los visillos siempre corridos, el sonido de una televisión desde dentro de una casa.
Los caminos del campo
Al salir del último bloque de viviendas empiezan las pistas de tierra. Son rectas, flanqueadas por alambradas y postes de teléfono. Caminar por ellas es monótono y calmante: a un lado trigo, al otro cebada, y el sonido constante del viento moviendo las espigas. A lo lejos, manchas oscuras de pinares.
Estos caminos comunican con Quintanapalla o con Modúbar de la Cuesta siguiendo rutas que los agricultores usan cada día. También pasan por aquí tramos del Camino del Cid, aunque la mayoría los recorre en bicicleta o en coche.
Si te quedas quieto un rato al borde del camino, es probable que veas algún cernícalo o una aguililla calzada trazando círculos sobre los barbechos.
Sobre dos ruedas
La carretera BU-V-8011 y otras secundarias tienen poco tráfico. Son ideales para rodar en bicicleta, con subidas suaves y largas rectas donde el paisaje se abre por completo. El único inconveniente serio es el viento, que aquí no encuentra obstáculos y puede cambiar de dirección sin avisar.
Abril, mayo y septiembre son probablemente los mejores meses para pedalear; hace menos calor y los campos tienen más vida.
Comer como se come aquí
La cocina es la de toda esta zona de Burgos: contundente y sin florituras. En las celebraciones familiares suele haber cordero asado, con su piel crujiente y la carne desprendiéndose del hueso. Es común encontrar morcilla de arroz, queso fresco de oveja y potajes de alubias rojas o garbanzos.
Son platos que piden comer con tiempo, sentado a una mesa larga, preferiblemente después de haber pasado horas al aire libre.
Las fiestas del año
Las fiestas en honor a San Esteban Protomártir son en verano. La programación incluye verbenas, partidos de frontón y comidas comunitarias en la plaza. Es cuando el pueblo recupera un bullicio que no tiene el resto del año.
En diciembre se celebra otra vez al patrón, con una misa y una procesión más íntima, acorde con el frío y los días cortos.
Una pausa junto a Burgos
Castrillo del Val no es un destino; es un alto en el camino. Basta con llegar, aparcar junto a la iglesia y echar a andar hacia los campos. Si miras atrás desde cualquier camino, verás el perfil bajo del pueblo recortándose contra el cielo inmenso.
No hay nada espectacular que fotografiar. Solo la luz plana del páramo, el crujir de la grava bajo los pies y la sensación clara de estar en un lugar donde las prisas no tienen sentido.