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sobre Peleagonzalo
Pueblo situado en una ladera sobre el río Duero; ofrece vistas espectaculares de la vega y conserva bodegas tradicionales
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A primera hora, cuando todavía no se oye ningún coche en la carretera comarcal, el aire de Peleagonzalo huele a tierra húmeda y a viña. El pueblo aparece de golpe tras un ligero cambio de rasante: casas bajas, tejados de teja curva y ese tono rojizo del suelo que se pega a las suelas cuando ha llovido. En el Alfoz de Toro, el turismo en Peleagonzalo tiene más que ver con caminar despacio y mirar alrededor que con seguir una lista de lugares señalados.
Aquí viven algo menos de trescientas personas. Las calles son cortas, algunas todavía de tierra compactada, y muchas casas mezclan adobe, piedra y reformas más recientes. No hay grandes reclamos monumentales; lo que se percibe es otra cosa más silenciosa: corrales abiertos, tractores aparcados junto a portones de madera y ese ritmo agrícola que cambia según la estación.
La iglesia y la plaza
La iglesia de San Miguel marca el centro del pueblo. Su aspecto es sobrio, con piedra clara en la fachada y una torre que sobresale lo justo por encima de los tejados. Suele situarse su origen en el siglo XVI, aunque la construcción ha ido cambiando con el tiempo; algunas partes parecen más tardías.
Por la mañana la plaza es tranquila. Se oyen sobre todo pasos, alguna conversación corta y el sonido metálico de la campana cuando toca. Dentro, los bancos de madera gastados cuentan bastante bien la edad del edificio.
A pocos metros quedan varios corrales antiguos. Los portones de madera, muchos oscurecidos por el sol, todavía guardan marcas de herramientas y golpes de carros. En algunos patios se ven muros de piedra irregular que probablemente llevan allí décadas.
Tierra de cereal y viña
Al salir del casco urbano el paisaje se abre rápido. Campos amplios, casi sin árboles, donde el color cambia radicalmente según el mes. En primavera el verde es intenso; en verano domina un amarillo seco que levanta polvo con cualquier ráfaga de viento.
Las viñas aparecen en parcelas cercanas al pueblo. Estas tierras forman parte del entorno vitícola de Toro, cuya denominación de origen lleva décadas asociada a los tintos potentes de la zona. No es raro ver remolques cargados de uva durante la vendimia, cuando las mañanas huelen a mosto y a tierra removida.
Caminos alrededor del pueblo
Varios caminos agrícolas salen en todas direcciones. No están señalizados como rutas de senderismo, pero se pueden recorrer sin dificultad si se mantiene la referencia del pueblo o se consulta un mapa antes de salir.
El terreno es prácticamente llano. En invierno el barro se pega bastante a las botas; en verano el suelo se vuelve polvo fino que cruje bajo los pasos. Caminar al atardecer tiene algo especial aquí: el sol cae bajo sobre los campos y todo se vuelve naranja durante unos minutos.
Si vienes en julio o agosto, mejor evitar las horas centrales del día. La sombra escasea y el calor en esta parte de Zamora aprieta.
A un paso de Toro
Peleagonzalo queda a pocos kilómetros de Toro, así que mucha gente combina ambos lugares el mismo día. Toro tiene un casco histórico más amplio, con restos de muralla, calles empedradas y la colegiata románica de Santa María la Mayor dominando el perfil de la ciudad.
Volver después a Peleagonzalo se nota enseguida: menos movimiento, menos ruido y ese silencio que cae rápido al final de la tarde.
Noches muy oscuras
Cuando anochece y se apagan las pocas luces de las calles, el cielo se vuelve muy nítido. En verano y a principios de otoño, si no hay luna llena, la franja de la Vía Láctea suele verse con bastante claridad sobre las viñas y los campos abiertos.
Conviene llevar algo de abrigo incluso en noches cálidas: el aire corre libre por la llanura.
Fiestas y vida del pueblo
Las celebraciones principales están ligadas al calendario religioso y al regreso de muchos vecinos que viven fuera. En verano el pueblo se llena más de lo habitual y las calles recuperan movimiento durante unos días.
También se mantiene la tradición de San Antón, cuando se bendicen animales y se recuerda hasta qué punto el ganado y el campo han marcado la vida de esta zona.
Peleagonzalo no necesita mucho tiempo de visita. Basta una vuelta tranquila por sus calles, caminar un poco por los caminos de alrededor y sentarse un rato a mirar los campos. Aquí lo interesante no está en acumular paradas, sino en quedarse unos minutos más de lo previsto y escuchar cómo suena un pueblo pequeño cuando no pasa nada.