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sobre Riofrío de Aliste
Famoso por sus mascaradas de invierno (Los Carochos); situado en la Sierra de la Culebra con gran riqueza etnográfica
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Hay pueblos que parecen una nota al pie en el mapa. Riofrío de Aliste es uno de ellos: unos 589 habitantes repartidos en más de cien kilómetros cuadrados, lo que viene a ser la densidad de población de un campo de golf. Pero claro, aquí no hay green ni carritos eléctricos. Hay dehesa, sí, y mucha. La suerte es que la carretera que llega hasta el pueblo está bien asfaltada, porque si no encontrar este rincón de Zamora sería como buscar un trompo en el desván de tu abuela: sabes que está, pero no muy bien dónde.
El pueblo que se disfraza una vez al año
Llegué un 2 de enero, justo después de la fiesta. Los Carochos —esa mascarada que ha puesto a Riofrío de Aliste en el mapa más de una vez— ya habían vuelto a sus cajas. Me crucé con un tipo que llevaba una máscara de madera colgada del cuello y un palo de escoba en la mano, como quien vuelve de trabajar y deja las llaves sobre la mesa.
“¿Cómo fue ayer?”, le pregunté.
“Como siempre: mucho jaleo y algún resfriado”, respondió.
Lo decía con orgullo. Aquí los disfraces no son cosa de críos: son once personajes —diablos, guapos y ciegos— que salen a recibir el año nuevo con más ruido que muchas fiestas modernas. Es una tradición antigua, de esas que el pueblo se toma muy en serio. Y cuando pasa, se nota.
Una casa de piedra y paja que no es un Airbnb
En el pueblo también está la Casa Museo de los Carochos. No es grande ni pretende serlo. De hecho, lo interesante es precisamente eso: entras y ves cómo era una vivienda tradicional de Aliste sin adornos ni recreaciones raras. Piedra, madera, techo de paja y estancias pequeñas donde se hacía vida de verdad.
Una de las personas que lo enseña me comentó algo que se repite mucho por esta zona: antes el pueblo tenía bastante más gente. Más de mil, según recuerdan algunos. Luego llegaron las marchas a Valladolid, a Zamora, a Bilbao… lo de siempre en buena parte de la provincia.
“Ahora somos menos, pero aquí seguimos”, me dijo.
Y la frase resume bastante bien el lugar.
El sendero que te hace sentir pastor (aunque no lo seas)
Si te gusta caminar, por aquí pasa el Sendero de los Pastores y las Pariciones. Es una ruta larga, que ronda los 18 kilómetros, y atraviesa buena parte de la dehesa alistana: robles, quejigos, prados abiertos y caminos que parecen hechos más para el ganado que para los excursionistas.
Yo salí con intención de hacerla entera. Me quedé a medias. No por cansancio, sino porque cada dos pasos aparecía algo que mirar: setas, huellas en el barro, alguna cabra mirándote como si estuvieras invadiendo su territorio.
Consejo sencillo: lleva agua y no te pongas creativo con las setas si no sabes distinguirlas. En esta zona hay mucha afición micológica, pero la gente que sabe lleva años en ello.
Qué se come (y qué no)
Aquí no vas a encontrar cartas con nombres en inglés ni platos decorados con pinzas. En Riofrío de Aliste se come lo que se ha comido siempre por la comarca: bacalao alistano, sopas contundentes cuando aprieta el frío y bastante producto de matanza cuando toca.
En los bares del pueblo el ambiente suele ser el de toda la vida: gente del lugar, conversación tranquila y alguna tapa que aparece sin demasiada ceremonia. A mí me tocó un plato de lentejas con chorizo que sabía a domingo en casa de tus padres.
Ese tipo de comida.
¿Merece la pena venir?
Depende de lo que busques. Si esperas tiendas de recuerdos, terrazas con música o un plan lleno de actividades, este no es el sitio.
Riofrío de Aliste va más por otro lado. Es de esos pueblos donde a las diez de la noche ya hay silencio en la calle. Donde la gente se saluda aunque no te conozca. Y donde todavía te preguntan si vienes “de la capital”, con esa mezcla de curiosidad y media sonrisa.
A mí me gustó por eso mismo. Porque no intenta parecer otra cosa. Está ahí, tranquilo, haciendo su vida. Y si pasas con tiempo y un poco de paciencia, acabas entendiendo el ritmo del lugar. Eso ya es bastante.