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sobre Lerma
Villa ducal barroca que domina el valle del Arlanza; conjunto histórico artístico de gran monumentalidad
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A 849 metros de altitud, sobre una suave loma que domina el valle del Arlanza, se alza Lerma como uno de los conjuntos barrocos más singulares de Castilla. Esta villa de unos 2.600 habitantes es de esos lugares donde se nota enseguida quién mandó aquí: cuando paseas por su Plaza Mayor porticada, una de las mayores de España, entiendes por qué el Duque de Lerma eligió este enclave burgalés para levantar su proyecto de poder a principios del siglo XVII.
Lerma no es un pueblo cualquiera. Es una villa ducal, una ciudad‑palacio diseñada íntegramente como escenario del poder. El valido de Felipe III transformó este modesto municipio medieval en una corte paralela a Madrid, levantando palacios, conventos e iglesias que hoy conforman un conjunto monumental de primer orden. Pasear por sus calles es asomarse a la España de los Austrias, cuando el Imperio brillaba con su último resplandor… y también a una Castilla más doméstica, la de fachadas encaladas, corrales y cuestas que siguen usándose a diario.
Situada en la comarca del Arlanza, entre páramos y campos de cereal, Lerma conserva ese aire señorial y algo melancólico de las grandes capitales venidas a menos. Y esa tranquilidad actual, lejos del bullicio turístico masivo, permite recorrer su patrimonio con calma y sin agobios, aunque en algunos fines de semana de verano y puentes sí se nota más movimiento.
Qué ver en Lerma
El Palacio Ducal es el epicentro de Lerma, un imponente edificio del siglo XVII reconvertido en Parador Nacional que domina la villa desde su posición privilegiada. Aunque hoy funcione como hotel, compensa acercarse para contemplar su fachada sobria herreriana y los miradores, que se asoman al valle del Arlanza y al paisaje cerealista típico de la zona. No hace falta estar alojado para disfrutar del entorno del palacio ni de las vistas.
La Plaza Mayor, de dimensiones colosales (en torno a 7.000 metros cuadrados), es el verdadero salón de Lerma. Porticada en tres de sus lados, con soportales sostenidos por columnas toscanas, esta plaza sirvió durante siglos como escenario de fiestas, corridas de toros y representaciones teatrales. Hoy sigue siendo el lugar donde se concentra la vida diaria: bajo los soportales hay bares y comercios, y es buen sitio para sentarse un rato y mirar. Si vas en fin de semana, es fácil ver pasar cuadrillas de ciclistas, moteros y familias de la comarca.
Lerma cuenta con nada menos que seis conventos fundados por el Duque, aunque no todos se pueden visitar. El Convento de San Blas, el de Santa Clara y el de Santa Teresa mantienen vida conventual. La Colegiata de San Pedro, con su retablo y su órgano barroco, merece una visita pausada. El templo, de planta de cruz latina, conserva importantes obras de arte sacro y ayuda a entender el papel de la Iglesia en el proyecto cortesano del Duque. Conviene entrar con tiempo y sin prisas, porque el interior tiene bastante más interés del que aparenta la fachada.
Conviene buscar el Paseo de los Cañones, un pasadizo elevado que conectaba el palacio con los conventos, permitiendo a la familia ducal transitar sin pisar la calle. Este corredor, sostenido por arcos, es uno de los elementos más singulares y fotogénicos de la villa, y uno de los puntos desde los que mejor se aprecia el cortado hacia el Arlanza. En días de viento, eso sí, aquí se nota especialmente.
El Arco de la Cárcel, antigua puerta de acceso amurallado, y la Ermita de la Piedad, en las afueras, completan el catálogo monumental básico y ayudan a hacerse una idea del perímetro original y de la relación del pueblo con el camino hacia el río. El paso bajo el arco sigue siendo la entrada natural para muchos visitantes que llegan en coche y suben al casco histórico andando.
Qué hacer
Lerma se recorre bien a pie, pero hay cuestas y pavimento empedrado: mejor olvidarse de tacones y llevar un calzado con suela que agarre. Lo más lógico es entrar por el Arco de la Cárcel, subir poco a poco hacia la Plaza Mayor y el Palacio Ducal y dejarse llevar por las calles, con algún desvío hacia los miradores del paseo para contemplar el valle del Arlanza.
Los alrededores dan juego para quienes buscan algo más de movimiento. El cercano Sabinar de Castrillo de Solarana, uno de los bosques de sabina albar mejor conservados de Europa, merece una excursión tranquila, siempre con calzado adecuado y algo de abrigo fuera del verano, porque el viento sopla. También hay rutas que descienden hasta el río Arlanza, donde el paisaje se vuelve más frondoso y el contraste con el páramo se hace evidente. Conviene mirar antes los trazados y desniveles, porque no todas las rutas son igual de sencillas.
La gastronomía es otro de los reclamos serios de Lerma. Aquí la mesa gira en torno al lechazo asado en horno de leña, la morcilla de Burgos, los quesos de oveja y las legumbres de la tierra. En los mesones de la Plaza Mayor y calles aledañas se sirve cocina castellana tradicional, abundante y sin demasiadas florituras: horno, brasas y producto. Si vas en fechas señaladas o en domingo, es buena idea reservar con antelación.
Para quienes quieren contexto, se organizan visitas guiadas que recorren el conjunto monumental y explican la historia del Duque de Lerma, su ascenso al poder y su caída en desgracia. Es la forma más directa de entender por qué un pueblo relativamente pequeño tiene una escala tan monumental y cómo se conectan entre sí los distintos edificios.
En las tiendas locales se puede adquirir repostería conventual elaborada por las monjas de clausura: pastas, almendrados y dulces tradicionales con recetas que se han mantenido generación tras generación. Conviene llevar algo de efectivo, porque no siempre se puede pagar con tarjeta y algunos conventos funcionan todavía con el sistema clásico de torno.
Fiestas y tradiciones
Las Fiestas del Ángel se celebran el primer domingo de septiembre y son las más importantes del año. Incluyen procesiones, música tradicional y actos populares en la Plaza Mayor, con ambiente de pueblo grande comarcal y mucha gente de los pueblos de alrededor.
En Semana Santa, Lerma recupera parte de su estética barroca con procesiones que recorren el conjunto monumental, creando estampas muy fotogénicas, sobre todo al atardecer entre la colegiata y la plaza. Si te coinciden las fechas, es uno de los momentos en que mejor se entiende el peso de lo religioso en la historia de la villa.
A mediados de agosto suele tener lugar la feria de artesanía, que llena la Plaza Mayor de puestos de productos tradicionales y atrae a gente de buena parte de la provincia.
Durante los meses de verano se programan representaciones teatrales al aire libre, aprovechando la escenografía casi natural que proporcionan la plaza y el patio del palacio. La programación concreta cambia cada año [VERIFICAR], así que conviene consultarla antes de ir si te interesa este tipo de actividades.
Si solo tienes…
Si solo tienes 1–2 horas
- Entra por el Arco de la Cárcel y sube directo a la Plaza Mayor.
- Acércate al Palacio Ducal y a los miradores hacia el valle.
- Asómate a la Colegiata de San Pedro (consulta antes los horarios de culto).
Con eso te llevas una idea bastante clara de la escala y el carácter de Lerma.
Si tienes el día entero
- Recorre con calma todo el casco histórico: plaza, palacio, colegiata, conventos y Paseo de los Cañones.
- Baja por alguno de los caminos hacia el río para ver el contraste entre paramera y ribera.
- Reserva tiempo para comer sin prisas y, si te organizas bien, encaja una visita guiada a media mañana o por la tarde.
Errores típicos en Lerma
- Pensar que es un decorado barroco perfecto: Lerma es un pueblo habitado, con vida real. No todo está “de postal”, hay casas modernas, coches y zonas sin restaurar. Eso también forma parte del lugar.
- Subestimar el frío y el viento: en invierno y buena parte de la primavera el aire corta, sobre todo en la plaza y los miradores. Abrigo y algo para el cuello no sobran, aunque salga el sol.
- Confiarse con los horarios: la colegiata y algunos conventos tienen horarios variables y adaptados a los oficios religiosos. Más de uno llega a última hora de la tarde y los encuentra cerrados; mejor informarse antes y organizar la visita en torno a eso.
- Intentar aparcar “a la puerta de todo”: el casco histórico es reducido y con calles estrechas. Es más práctico dejar el coche en las zonas habilitadas en la parte baja o en los alrededores y subir andando los últimos minutos.
Cuándo visitar
La mejor época para visitar Lerma suele ser primavera y otoño: temperaturas más suaves, menos viento extremo que en pleno invierno y campos del Arlanza verdes o dorados, según el momento. Para quien quiera ver ambiente, los fines de semana de verano y las fiestas de septiembre concentran más vida en la plaza y en los bares.
En invierno hay días muy fríos, con heladas frecuentes y sensación térmica baja en la meseta que rodea la villa. A cambio, hay menos gente y la luz clara de los días despejados encaja bien con la sobriedad de la arquitectura.
Si llueve o hace mal tiempo, Lerma aguanta bien la visita: las distancias son cortas, la plaza está parcialmente resguardada por los soportales y la mayor parte de los puntos de interés son interiores. En días de calor fuerte, se agradece madrugar, hacer la parte de paseo y miradores a primera hora y dejar el interior de templos y un sobremesa larga para las horas centrales.