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sobre Merindad De Montija
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En el norte de la provincia de Burgos, donde las llanuras castellanas comienzan a elevarse hacia las estribaciones de la Cordillera Cantábrica, se extiende la Merindad de Montija. Este municipio, cuyo nombre evoca las antiguas demarcaciones territoriales medievales, representa bastante bien el espíritu de la Castilla rural: pequeños núcleos de población muy dispersos, con vida tranquila, patrimonio discreto pero cuidado y ritmos marcados aún por el campo y las estaciones.
Recorrer la Merindad de Montija es moverse por un territorio de pueblos pequeños, arquitectura popular en piedra, campiña y montes bajos. No es una zona monumental ni de grandes “postales”, sino de carreteras secundarias, cuestas suaves y paisajes amplios. Aquí los tiempos son otros: bares que abren cuando toca, vecinos en la plaza y poco ruido.
¿Qué ver en Merindad de Montija?
El patrimonio de la Merindad de Montija se reparte entre sus diferentes localidades, cada una con su propio carácter. No esperes una sola “capital turística” con todo concentrado, sino varios pueblos donde ir parando.
En uno de ellos, Poza de la Sal, el Castillo de los Rojas domina el entorno desde lo alto de un cerro. Aunque en ruinas, sus muros y torreones siguen marcando el paisaje y permiten una vista muy amplia del territorio. El acceso tiene algo de cuesta, pero compensa si el día está despejado.
La arquitectura religiosa tiene especial presencia en el municipio. La iglesia parroquial de San Cosme y San Damián en Poza de la Sal es un buen ejemplo del gótico tardío, mientras que otros núcleos conservan ermitas y templos de origen románico con posteriores reformas que dejan ver las distintas etapas constructivas de la zona.
Pero si algo define de verdad el paisaje de Poza de la Sal son sus salinas, explotadas desde época romana y en activo, con altibajos, hasta tiempos recientes. Este paisaje de terrazas blancas, pozas y canaletas de madera es más etnográfico que “bonito” al uso: interesa si te gusta entender cómo se trabajaba antes y cómo se adaptaba la gente al terreno. El conjunto salino, declarado Bien de Interés Cultural, ayuda a comprender cómo la extracción de sal ha condicionado la vida de estas tierras durante siglos.
Los diferentes pueblos de la merindad conservan ejemplos de arquitectura popular castellana: casonas blasonadas, portadas de piedra, calles irregulares y plazas con fuente. Un paseo sin prisas por los núcleos más pequeños permite ver esa mezcla de casas rehabilitadas y otras medio caídas que cuenta bastante bien la historia reciente de la España rural.
Qué hacer
La Merindad de Montija funciona bien para senderismo tranquilo y rutas en bicicleta sin grandes desniveles. Diversos caminos rurales y pistas conectan los pueblos del municipio, permitiendo recorridos circulares entre campos cultivados, pequeños bosquetes y lomas desde las que se abren buenas panorámicas. No son rutas “de alta montaña”, sino paseos largos de paisaje abierto.
La visita a las salinas de Poza de la Sal tiene más interés si vas con cierta información previa o con visita guiada [VERIFICAR], porque así se entiende mejor el sistema de captación de agua, las eras y el proceso de evaporación. Conviene ir con calzado que no te importe manchar si ha llovido: el barro y la sal hacen mala combinación con zapatillas blancas.
Para los aficionados a la fotografía, el municipio da juego si te gustan los paisajes amplios y los detalles rurales: viejas puertas, escudos en las fachadas, chimeneas, huertas y, claro, las geometrías de las salinas con buena luz al amanecer o al atardecer.
La gastronomía local es la de la provincia de Burgos de interior: platos de cuchara, asados y productos sencillos pero bien tratados. Es fácil encontrar cordero lechal, morcilla, embutidos, queso de la comarca y legumbres en guisos contundentes. La sal de la zona se utiliza en algunos preparados y, si te interesa, suele poder comprarse en pequeños formatos [VERIFICAR].
Cuándo visitar Merindad de Montija
La primavera y el otoño encajan bien con lo que da de sí la zona: temperaturas suaves para caminar, campos verdes en primavera y tonos ocres en otoño. En verano hay más vida en los pueblos por la gente que vuelve, pero también más calor en las horas centrales.
El invierno puede ser duro: frío, niebla, días cortos y menos servicios abiertos. A cambio, las vistas, cuando despeja, son muy limpias y el ambiente es totalmente rural, sin apenas movimiento turístico.
Si llueve, las salinas se vuelven menos cómodas para recorrer y algunos caminos se embarran bastante. Para esos días, tiene más sentido centrarse en los pueblos, iglesias y algún recorrido corto por carreteras locales.
Errores típicos al visitar la zona
- Esperar un destino “de foto en cada esquina”: la Merindad de Montija es más de observación tranquila que de lista infinita de monumentos. Se ve relativamente rápido y funciona mejor combinada con otras zonas cercanas de Burgos o Cantabria.
- Subestimar las distancias: en el mapa parece todo cerca, pero las carreteras son secundarias, con curvas y travesías de pueblo. Cuenta con más tiempo de coche del que marcan las apps para ir sin prisas.
- Ir sin coche: el transporte público es limitado y poco práctico para hacer ruta entre pueblos. Para moverte con libertad, el coche propio o de alquiler es casi imprescindible.
Lo que no te cuentan
La Merindad de Montija es más territorio de paso bien aprovechado que destino para instalarse varios días, salvo que busques exclusivamente calma, lectura y paseos suaves. En una jornada larga, con coche, puedes hacerte una idea bastante completa de la zona.
Las fotos de las salinas, bien encuadradas y con buena luz, pueden dar una imagen más espectacular de lo que luego se percibe al natural. El lugar es interesante por historia y por oficio, pero conviene llegar con las expectativas ajustadas.
Información práctica
Cómo llegar: Desde Burgos capital, la Merindad de Montija se encuentra a cierta distancia hacia el norte, conectada por carreteras nacionales y comarcales. El acceso es razonablemente sencillo por carretera, pero para moverse entre los diferentes núcleos es muy recomendable disponer de vehículo propio.
Cuándo merece más la pena ir: La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar y recorrer pueblos sin agobios de calor. El verano concentra buena parte de las fiestas patronales, con más ambiente pero también más gente y temperaturas altas. El invierno deja un paisaje mucho más áspero; si te apetece verlo así, lleva ropa de abrigo de verdad.
Consejos: Calzado cómodo y resistente, mejor tipo bota si piensas pisar caminos o acercarte a las salinas. Lleva agua y algo de comida si vas a hacer rutas: no en todos los pueblos vas a encontrar bar abierto fuera de temporada o fuera de horas. Si te interesa visitar las salinas con cierto detalle, conviene informarse antes sobre visitas y accesos actualizados.