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sobre Ojos-Albos
Pueblo serrano entre Ávila y Segovia; destaca por sus pinturas rupestres esquemáticas
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A primera hora, cuando la carretera aún está fría y apenas pasan coches, Ojos Albos aparece entre prados abiertos y pinos dispersos. El aire huele a tierra húmeda. A esa hora el granito de las casas toma un tono gris azulado y el pueblo permanece casi inmóvil, con alguna puerta que se abre y el sonido lejano de un rebaño moviéndose por las afueras.
A unos 1200 metros de altitud, en la Sierra de Ávila, Ojos Albos mantiene una forma sencilla. Nada parece haber crecido demasiado ni demasiado deprisa. Las calles conducen hacia la iglesia de San Millán, levantada en mampostería. El campanario recto se ve desde casi cualquier punto. La fachada es sobria, con la piedra marcada por el paso del tiempo. El interior no siempre está abierto. Cuando lo está, el espacio resulta austero y huele a madera vieja.
El casco urbano ocupa poco terreno. Las casas se agrupan con muros gruesos de granito y ventanas pequeñas, pensadas más para el invierno que para la luz. Algunas se han rehabilitado con puertas nuevas o rejas de forja. Otras siguen tal como estaban hace décadas. Junto a varias aparecen corrales y cobertizos que recuerdan el peso que tuvo la ganadería en la vida diaria del pueblo.
No hay grandes plazas. La calle principal avanza casi recta desde la fuente hasta las últimas casas. A partir de ahí empiezan los caminos de tierra.
Caminos entre robles y praderas
Alrededor de Ojos Albos el paisaje se abre rápido. Praderas amplias, lomas suaves y manchas de robles y pinos. En verano la hierba se vuelve amarilla y el suelo cruje al pisarlo. En otoño el color cambia y los robledales toman tonos más oscuros. Si el invierno viene húmedo, la nieve puede quedarse varios días en las zonas altas.
Algunos senderos bajan hacia arroyos estacionales. No siempre llevan agua. Después de lluvias fuertes sí se oye correr el agua entre piedras y raíces.
Conviene venir con cierta previsión si se quiere caminar. La señalización es escasa y muchas veredas nacieron para el paso del ganado, no para excursionistas. Algunos caminos enlazan con pueblos cercanos como Navacepeda o La Hoya, pero lo más sensato suele ser preguntar antes a los vecinos o traer la ruta preparada en el móvil o en un GPS. En invierno el tiempo cambia rápido y el viento se nota bastante a esta altitud.
Otoño de setas en los pinares
Cuando llegan las primeras lluvias de otoño, los pinares cercanos se llenan de gente con cestas. La búsqueda de níscalos forma parte de la rutina de la zona desde hace años. Se camina despacio, mirando el suelo entre agujas de pino y apartando la hierba con cuidado.
También es un momento en el que conviene respetar fincas y cerramientos. Muchas parcelas siguen siendo de uso ganadero. Los vecinos suelen recordar que el monte se mantiene bien cuando quien entra lo hace con cuidado y sin dejar rastro.
Noches oscuras y mañanas frías
Las noches aquí son muy oscuras. Apenas hay iluminación fuera del casco urbano y el cielo suele verse limpio cuando no hay nubes. Quien salga a caminar de noche agradecerá llevar frontal o linterna, sobre todo en los caminos que salen del pueblo.
Las mañanas de invierno empiezan con escarcha en los prados. A veces el hielo aguanta hasta bien entrada la mañana en las zonas donde no da el sol. Si se visita en esa época, conviene venir con tiempo y evitar las primeras horas si la carretera ha helado durante la noche.
Fiestas y reencuentros en verano
Las celebraciones del pueblo giran en torno a San Millán. La imagen se saca en procesión por los caminos cercanos y se celebra misa en la iglesia. Son actos sencillos, muy ligados a los vecinos que viven allí todo el año.
En verano, sobre todo entre julio y agosto, el ambiente cambia un poco. Regresan familias que tienen aquí sus raíces. Las casas cerradas durante meses vuelven a abrirse y por la noche se oye conversación en la calle hasta tarde.
Durante el invierno todo vuelve a un ritmo más lento. Si nieva, los tejados y los prados quedan cubiertos durante días y el pueblo entra en una calma aún mayor.
Ojos Albos es pequeño incluso para los estándares de la sierra. No hay grandes recorridos urbanos ni monumentos llamativos. Lo que hay es otra cosa: caminos que salen del último muro de piedra, silencio cuando cae la tarde y una forma de vida que todavía se mueve al ritmo del campo.