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sobre Salamanca
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La luz de la mañana atraviesa la piedra de Villamayor y la vuelve casi comestible, como corteza de pan caliente. Son las ocho y media y la Plaza Mayor huele a tostadas de los bares que levantan la persiana, a café fuerte, a colonia de estudiante que cruza deprisa con la mochila a la espalda. Las palomas se han adelantado a todos y caminan entre las sillas todavía subidas sobre las mesas. A esa hora el turismo en Salamanca todavía no ha tomado la plaza y el corazón de la ciudad late más despacio.
La piedra que cambia de color
Caminar por Salamanca es seguir el ritmo del sol sobre los edificios. La Universidad, con esas fachadas cargadas de relieves donde cuesta saber dónde empieza una figura y termina la siguiente, pasa del dorado al ocre según avanza el día. En el Patio de Escuelas siempre hay alguien buscando la famosa rana entre la decoración plateresca. Un chico japonés lleva un rato con la cámara preparada, esperando que alguien le señale el lugar exacto. La tradición dice que quien la encuentra sin ayuda aprueba los exámenes. La realidad suele ser más prosaica: muchos acaban fotografiando cualquier bulto que desde lejos recuerda a un anfibio.
La Catedral Nueva domina el perfil de la ciudad. Se puede subir a las torres por el recorrido conocido como Ieronimus, un entramado de escaleras estrechas y pasadizos donde la piedra guarda olor a humedad y a cera vieja. Desde arriba se ven los nidos de cigüeña repartidos por los tejados y el Tormes doblando hacia el oeste. En el recorrido aparecen también marcas de cantero: nombres, símbolos, algún corazón grabado hace siglos por alguien que trabajaba aquí arriba.
El sabor del lunes después de Pascua
El hornazo huele a domingo en casa de la abuela, aunque en Salamanca se asocia sobre todo al Lunes de Aguas. Ese día muchos salmantinos salen a las riberas del Tormes o a los parques cercanos con la empanada bajo el brazo. La masa dorada suele llevar lomo, chorizo y huevo duro, todo bastante contundente. La tradición se remonta a tiempos universitarios antiguos, cuando tras la Cuaresma se recuperaban ciertas libertades que durante semanas habían estado prohibidas.
En el Mercado Central, levantado en el solar de un antiguo convento, la actividad empieza temprano. En los puestos de carne cuelgan piezas de cerdo ibérico y en las vitrinas aparecen tostones asados con la piel muy crujiente. Los vendedores conocen a buena parte de la clientela de toda la vida y el ritmo es pausado: conversación, papel de estraza, cuchillo que corta jamón en lonchas finas. A mediodía, algunos puestos con barra se llenan de vecinos que pasan a comer algo rápido y de estudiantes que buscan un menú sencillo.
Cuando la noche es más joven que el día
Al caer la noche, la zona de la calle Libreros y las calles cercanas cambia de tono. Se oye inglés, italiano, portugués. Los estudiantes de intercambio aprenden rápido dos palabras: caña y pincho. Las terrazas se llenan y el murmullo de conversaciones se mezcla con el sonido de las maletas rodando por el empedrado.
A finales de otoño suele celebrarse la llamada Nochevieja Universitaria, una fiesta estudiantil que adelanta las campanadas varias semanas. La Plaza Mayor se llena de gente joven con bolsas de uvas y botellas de cava barato mientras suenan las campanas del reloj.
En verano llegan las fiestas de la Virgen de la Vega. Los paseos del río se llenan de casetas, música y olor a azúcar quemado de las ferias. A altas horas todavía queda gente caminando entre la Plaza Mayor y las calles del casco histórico, mientras otros esperan el primer autobús de la mañana.
El río que lo ve todo
Desde el Puente Romano el Tormes refleja la ciudad al revés. Los arcos centrales conservan partes muy antiguas y en la piedra se ven marcas de antiguas crecidas. Al otro lado, los senderos junto al río se llenan de corredores y de gente paseando al atardecer.
A veces pasan peregrinos del Camino de Santiago que utilizan la Vía de la Plata. Cruzan el puente con paso lento, mochila grande y cara de haber acumulado kilómetros.
En invierno la niebla sube desde el agua y envuelve las torres de las catedrales. Desde lejos parecen flotar sobre la ciudad.
Cómo perderse bien
Septiembre suele ser un buen momento para venir. Regresan los estudiantes y Salamanca recupera ese ruido de fondo que mezcla conversaciones, bicicletas y portazos de colegios mayores. Las tardes todavía son largas y la luz cae muy horizontal sobre la piedra.
En agosto el calor aprieta. La piedra de Villamayor guarda el calor como una plancha y al mediodía las calles estrechas del centro se vuelven pesadas. Conviene moverse temprano y buscar sombra hacia las dos o las tres. Luego, cuando el sol empieza a bajar, la ciudad cambia otra vez: aparecen los paseantes, las campanas marcan la hora y la piedra vuelve a tomar ese color dorado que parece inventado para el final del día.