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sobre Avellaneda
Uno de los municipios más altos; situado en la vertiente norte de Gredos con paisajes de alta montaña y piornales
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A 1.353 metros de altitud, en el corazón de la comarca de Barco-Piedrahíta, se encuentra Avellaneda, una pequeña aldea abulense que parece haberse detenido en el tiempo. Con apenas una veintena larga de habitantes censados, este diminuto núcleo rural representa bien esa España que se ha ido quedando vacía, un lugar donde el silencio solo se interrumpe por el tintineo de las esquilas del ganado y el murmullo del viento entre los robles.
Rodeada por las estribaciones de la Sierra de Gredos, Avellaneda funciona más como refugio para desconectar que como pueblo “de ver cosas”. Sus casas de piedra y adobe, con tejados de teja árabe que han resistido inviernos serios, forman un conjunto tradicional que, aunque sencillo, mantiene el sabor de la arquitectura popular serrana, sin florituras ni lavados de cara para la foto.
El entorno natural que abraza esta aldea es, probablemente, su mejor carta. Los prados de altura, los bosques de roble melojo y los arroyos cristalinos dibujan un paisaje que cambia bastante con las estaciones, desde los verdes intensos de primavera hasta los ocres y cobrizos del otoño.
Qué ver en Avellaneda
El principal atractivo de Avellaneda está en su arquitectura y en el ambiente de pueblo pequeño de verdad. Un paseo corto por sus calles, algunas empedradas y otras más humildes, permite ver las construcciones típicas serranas, con muros de mampostería granítica, portones de madera y balcones de hierro forjado aquí y allá. La iglesia parroquial, en el centro del pueblo, conserva elementos de interés que hablan de siglos de religiosidad rural, aunque no esperes una gran joya monumental ni un interior muy “de postal”: es una iglesia de pueblo de montaña, funcional y sobria.
Las fuentes tradicionales, diseminadas por el entorno, son pequeños hitos del día a día de antes. Algunas mantienen sus abrevaderos originales de piedra, recordando el papel que tuvo la ganadería en la economía local, cuando la vida giraba alrededor del agua y el ganado más que del coche. Varias siguen usándose, así que conviene respetar el espacio y no tratarlas como un mero decorado.
El paisaje circundante sí pide un rato de calma. Desde distintos puntos del municipio se contemplan buenas panorámicas de los valles que descienden hacia el embalse de Santa Teresa, así como de las cumbres más meridionales de Gredos. Los prados comunales, salpicados de fresnos y robles, guardan ese aspecto de dehesa de montaña típico de esta zona de Ávila, con muros de piedra que no se han levantado “para el turismo”, sino para que el ganado no se escape.
Para quienes miran la arquitectura con algo más de cariño, merece la pena fijarse en las construcciones auxiliares: pajares, corrales y cercados de piedra que forman parte del paisaje cultural agrario, con técnicas constructivas que no vienen de ningún manual, sino de lo que se ha ido haciendo toda la vida. No son edificios restaurados ni musealizados; se nota el uso, el abandono parcial y las reformas caseras de cada época.
Qué hacer
Avellaneda funciona bien como punto de partida o de paso para rutas, más que como lugar donde llenar una agenda. Es un buen sitio para el senderismo tranquilo y las rutas a pie. Desde la aldea salen caminos tradicionales que conectan con otros núcleos de la comarca, atravesando paisajes muy agradables. Las rutas se pueden adaptar a diferentes niveles, desde paseos suaves por los valles hasta ascensiones más exigentes hacia zonas de mayor altitud, siempre que se lleve mapa o track y no se improvise demasiado: la movilidad aquí no va a base de carteles cada doscientos metros.
La observación de fauna es otra posibilidad si tienes paciencia. La zona cuenta con aves rapaces, además de ciervos, jabalíes y, con bastante suerte, alguna garduña o gineta. En primavera y verano, los prados se llenan de mariposas y otros insectos polinizadores, algo que se nota en cuanto te sales un poco del núcleo. No es un “safari”, es simplemente estar quieto un rato y dejar que el campo haga lo suyo.
En gastronomía, el pueblo en sí no tiene bares ni tiendas, pero la comarca salva el asunto: cabrito asado, judías del Barco, patatas revolconas y embutidos de la dehesa son parte del repertorio habitual en los pueblos mayores próximos. En otoño, las setas de estos montes se convierten en tema de conversación y de mesa, siempre con cabeza y respetando normas y propiedad privada: no todo monte es “libre acceso” y las sanciones por ir a lo loco no son de mentira.
La fotografía de paisaje aquí funciona bien, sobre todo al amanecer y al atardecer, cuando la luz rasante marca los volúmenes de los prados y los montes. No hace falta ser profesional para salir con un par de fotos decentes si el día acompaña, pero conviene recordar que es un lugar habitado: mejor no asomar el objetivo a patios y corrales ajenos.
Fiestas y tradiciones
Como en muchas aldeas de alta montaña, el calendario festivo de Avellaneda se concentra en verano, cuando vuelven los que se fueron. Las celebraciones patronales suelen organizarse en esos meses, con misa, procesión y mucha convivencia entre vecinos y retornados. Es más ambiente de familia que de macrofiesta; si llegas esos días, eres más invitado que cliente.
En la zona siguen siendo habituales las celebraciones relacionadas con el ciclo ganadero, aunque la despoblación ha reducido bastante su alcance. La matanza tradicional, en los meses de invierno, sigue siendo un momento de encuentro en algunas casas del municipio, más privado que organizado. No hay “paquete turístico de matanza”, son cosas que ocurren puertas adentro.
Información práctica
Para llegar a Avellaneda desde Ávila capital hay que recorrer aproximadamente 70 kilómetros por la N-502 en dirección a El Barco de Ávila. Una vez pasado Piedrahíta, se toma un desvío que conduce a la aldea por carreteras comarcales de montaña. El trayecto tiene curvas, pero también buenas vistas hacia Gredos si el día está despejado. Conviene no ir con prisas: entre camiones, tractores y algún animal en la calzada, el tiempo de GPS suele quedarse corto.
Es fundamental llevar ropa y calzado adecuados para la montaña, incluso en verano, y tener claro que en la aldea no hay servicios: ni tienda, ni bar, ni farmacia. Conviene ir aprovisionado desde poblaciones cercanas como Piedrahíta o El Barco de Ávila y no confiar en “ya compraremos algo allí”, porque allí no se compra nada.
Cuándo visitar Avellaneda
La mejor época para visitar Avellaneda depende de lo que busques: la primavera (mayo-junio) suele traer temperaturas suaves y paisajes muy verdes; el verano llega con días largos y clima de montaña agradable, sin los calores extremos de la meseta baja; y el otoño trae los colores de los robles y la temporada de setas.
El invierno puede ser duro: heladas, nevadas y carreteras delicadas, que pintan el paisaje muy bonito pero exigen más precaución en la conducción y en las caminatas. Si vas en esa época, infórmate del estado de las carreteras y no apures el horario de llegada. Aquí anochece pronto y las curvas con hielo, de noche, pierden toda la gracia.
Si solo tienes unas horas
- Paseo tranquilo por el pueblo, sin prisas, fijándote en casas, corrales y fuentes.
- Subir a alguno de los puntos altos del entorno inmediato para tener vistas sobre el valle.
- Sentarte en cualquier prado o linde (respetando cierres y propiedades) a escuchar el silencio, que aquí no es una forma de hablar.
Lo que no te cuentan
Avellaneda se ve rápido. En una hora has recorrido las calles con calma. El valor está más en el entorno y en la sensación de pueblo pequeño que en “cosas que visitar”. Si vienes esperando un casco histórico amplio o varias iglesias y museos, te vas a quedar corto de plan.
Las fotos de redes pueden dar la impresión de un casco histórico grande o de un pueblo preparado para el turismo rural. No es el caso: es una aldea mínima, residencial, con vida muy tranquila y sin infraestructuras turísticas. Más parada serena en una ruta por la comarca que destino para pasar varios días sin moverse de allí. Si ajustas la expectativa, se disfruta bastante más.