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sobre Bonilla de la Sierra
Villa medieval declarada Conjunto Histórico; antigua sede episcopal con una impresionante colegiata y castillo
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El primer café de la mañana sabe a leña. El frío de la noche todavía está pegado a las piedras de granito y el único sonido es el arrastre de un cubo en algún patio interior. Las calles, estrechas y con la roca desgastada en el centro, huelen a humedad de piedra vieja.
Bonilla de la Sierra se mueve al ritmo de sus poco más de cien vecinos. No es un museo, es un pueblo que conserva su estructura medieval casi completa, con murallas que se confunden con las casas y un peso eclesiástico que aún se siente en la piedra.
Recinto amurallado y calles de piedra
La muralla no es un monumento aparte. Aparece en tramos, integrada entre corrales y fachadas, sobre todo hacia el norte. Al doblar una esquina te encuentras con un lienzo de piedra que sigue en pie, sin aspavientos.
Dentro, el trazado es irregular. Hay fachadas de granito y otras de adobe encalado, con portones grandes que esconden patios donde a veces se ven aperos o una gallina suelta. Si te fijas, hay detalles: aldabas de hierro negro, rejas oxidadas, marcas en los dinteles. Conviene calzado con suela que agarre; este granito pulido por siglos resbala con el rocío o tras la lluvia.
La colegiata y la plaza
La torre cuadrada de la colegiata de San Martín sobresale por encima de todos los tejados. Sus campanas marcan las horas con un sonido grave que viaja lejos cuando no hay viento. Dentro, la luz entra tamizada por vidrieras antiguas y pinta las bóvedas de piedra de un blanco azulado, sobre todo a media tarde.
Frente a ella se abre la plaza del Ayuntamiento, un espacio ancho y silencioso donde algunas puertas tienen blasones tallados, ya borrosos. A pocos pasos están los muros del que fue palacio episcopal, lo justo para entender que este lugar tuvo importancia.
Piedras con memoria
No hace falta buscar monumentos. Al pasear aparecen cruces de granito en las esquinas, herrajes gruesos en viejos portones, inscripciones casi ilegibles en una cruz frente a la iglesia. Muchas casas mantienen la estructura de siempre: cuadra abajo, vivienda arriba. Unas están habitadas todo el año; otras solo se abren en agosto, cuando vuelven los que se fueron.
El paisaje desde los bordes
En los límites del pueblo, donde acaba el granito, empiezan los campos de cereal y los prados. La Sierra de Ávila dibuja una línea larga en el horizonte. La luz transforma todo: al atardecer, especialmente en invierno con el aire frío, las fachadas se vuelven doradas y luego rosadas.
Caminos sin señalizar
No hay rutas marcadas con colores. Lo que hay son veredas tradicionales que van hacia la Dehesa de Robles o siguen el arroyo Mayor. Son trayectos con cuestas, donde a veces el camino se pierde entre la hierba. Si quieres andar, pregunta a alguien del pueblo o lleva un mapa topográfico. A primera hora es frecuente ver milanos reales planeando sobre los prados.
Cuándo venir
En invierno hace frío de verdad y muchas puertas permanecen cerradas entre semana. En verano hay más movimiento, sobre todo si coinciden con alguna fiesta del calendario religioso, donde la plaza se llena de sillas y la música suena hasta tarde.
Para verlo todo basta una mañana o una tarde caminando sin prisa. Lo que queda después es el silencio: un perro ladra lejos, suena una campana solitaria y las piedras vuelven a guardar el frío hasta el día siguiente.