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sobre El Barco de Ávila
Histórica villa a orillas del Tormes; puerta de Gredos famosa por sus judías y su castillo medieval
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Te juro que fui a El Barco por las judías. No por el castillo, ni por el puente romano, ni por la ruta de los molinos. Fui porque mi madre lleva veinte años diciendo que "las judías del Barco no son como las otras" y quería comprobar si era verdad o si era de esas cosas que dicen los mayores, como que antes nevaba más.
Resulta que tenía razón. Pero también resulta que El Barco es como ese plato de lentejas que comes porque estás hambriento y descubres que tiene chorizo: vienes por una cosa, pero te quedas por todo lo demás.
De vetones y judiones
El Barco es de esos pueblos que han visto pasar a medio mundo. Los vetones andaban por aquí varios siglos antes de Cristo y levantaron un castro en una de las colinas cercanas. Luego llegaron los romanos, que entendieron rápido que el Tormes era un buen sitio para cruzar la sierra. Después vendrían épocas medievales movidas, cambios de manos, guerras… lo normal en esta parte de Castilla.
En algún momento, además, alguien decidió plantar alubias. Y ahí empieza otra historia.
Las judías del Barco son como los coches alemanes: no son especialmente vistosas, pero funcionan de maravilla. Grandes como monedas de dos euros, muy blancas y con una piel fina que aguanta bien el guiso. Tienen Indicación Geográfica Protegida desde los años noventa, algo así como el carnet oficial de que aquí la cosa se hace en serio.
Los domingos, si paseas por el centro a la hora de comer, es bastante probable que el pueblo huela a puchero. No es una metáfora: sales de una calle y te llega el olor de otra casa, como si varias cocinas estuvieran compitiendo. Mucha gente compra las judías en la cooperativa del pueblo, que parece una farmacia pero de legumbres.
El castillo que domina todo el valle
El Castillo de Valdecorneja está en la colina, mirando al pueblo como quien mira la tele desde el sofá. La base es medieval, con reformas posteriores —como suele pasar con estas fortalezas que han tenido más de una vida—.
Lo primero que sorprende es lo cercano que está. No es de esos castillos que ves desde lejos y ya. Aquí subes andando en pocos minutos y de repente estás dentro, tocando las piedras y asomándote a las murallas.
Desde arriba se ve todo el valle del Tormes, que parece una manta verde con un hilo de agua plateado por el medio. El casco antiguo queda abajo, con tejados oscuros y calles estrechas que se enredan entre sí. La torre de la iglesia de la Asunción asoma por encima de las casas y, un poco más allá, el puente cruza el río.
Lo mejor del castillo no son las piedras, es el silencio. Ese silencio que no es silencio del todo: se oye el Tormes, algún coche pasando por la carretera cercana y, si tienes suerte, alguna conversación que llega desde una ventana abierta.
El puente sobre el Tormes
El puente es una mezcla de épocas. Tiene origen romano, aunque con reparaciones y reconstrucciones posteriores, sobre todo en la Edad Media. También sufrió daños durante la Guerra de la Independencia, cuando las tropas francesas volaron parte de la estructura.
Hoy sigue ahí, con varios arcos desiguales y ese aspecto de haber aguantado bastante más de lo que cualquiera esperaría de un puente de piedra.
Si te fijas en los sillares más antiguos, verás esas piezas rectangulares bien encajadas que recuerdan a los puentes romanos de media España. Y en otras zonas se notan añadidos posteriores, como parches de otra época.
Debajo pasa el Tormes con bastante carácter, sobre todo cuando baja agua de Gredos. En verano el nivel suele bajar y aparecen zonas tranquilas donde la gente del pueblo se acerca a refrescarse, aunque siempre hay quien mete el pie y dice lo mismo: que el agua está helada.
Una calle diminuta y otras historias del pueblo
En el casco antiguo hay una calle muy corta que muchos vecinos señalan como la más pequeña del pueblo. Es la calle de la Gallareta, un pasillo estrecho entre casas donde dos personas casi tienen que girarse de lado para cruzarse. Es de esos rincones que parecen pensados más para gatos que para gente.
En la plaza hay una escultura dedicada a San Pedro del Barco, un personaje ligado a la tradición local que, según cuentan, llevó vida de ermitaño por esta zona en la Edad Media. La figura lo representa con barba larga y gesto serio, mirando hacia el río.
Y luego está el Cristo del Caño. La tradición dice que apareció tras una crecida del Tormes hace siglos y que los vecinos decidieron levantar una pequeña ermita justo donde lo encontraron. Estas historias de imágenes que llegan por el río o aparecen en el campo son bastante comunes en pueblos de la meseta, pero aquí la siguen contando como si hubiera pasado ayer.
Mi consejo de amigo
Si te gustan las legumbres de verdad, intenta venir cuando el pueblo celebra su feria dedicada a la judía, que suele organizarse en otoño. Durante esos días aparecen puestos con distintas variedades y el ambiente gira bastante alrededor del puchero.
Compra un kilo en la cooperativa y llévatelas a casa. Mucha gente del pueblo te dirá lo mismo cuando preguntes por la receta: fuego lento, buen compango y paciencia. Y siempre aparece alguien que añade su pequeño truco final.
Después de comer, sube caminando hasta el castillo al final de la tarde. El sol baja por el valle, el Tormes refleja la luz y el pueblo queda abajo, apretado junto al río.
Si alguien te pregunta qué haces en El Barco de Ávila, puedes decir lo mismo que yo: que venías por las judías. Y que al final te quedaste un rato más.