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sobre Gilbuena
Municipio limítrofe con Salamanca; destaca por su iglesia y el entorno de dehesa y sierra
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A las nueve de la mañana, en la plaza mayor de Gilbuena, pasa un pastor con su perro y poco después arranca un tractor que deja un golpe seco de motor en el aire frío. Ese momento explica bastante bien cómo es el turismo en Gilbuena: aquí el silencio no es decorado, es la forma normal en que transcurre la mañana.
Situado en la comarca de El Barco‑Piedrahíta, en la provincia de Ávila, el pueblo se apoya en las laderas del Sistema Central, a algo más de mil metros de altitud. Viven poco más de cuarenta personas. El valle del río Corneja se abre cerca y el granito aparece en casi todo: muros, bordes de las puertas, bancos que llevan décadas en el mismo sitio.
La plaza y la iglesia
La iglesia de San Andrés ocupa uno de los lados de la plaza. El edificio parece pesado, hecho para aguantar inviernos largos y viento. Probablemente tenga origen en el siglo XVI, aunque lo que se ve hoy es el resultado de arreglos y añadidos de muchas épocas.
La portada conserva buena cantería. Dentro quedan retablos barrocos y restos de pintura mural, según cuentan los vecinos. La iglesia suele abrir cuando hay misa; el resto del tiempo permanece cerrada, algo habitual en pueblos tan pequeños.
Cuando el cielo está limpio, desde los alrededores de la plaza se distinguen las laderas cubiertas de pinos y, más lejos, la línea gris de la sierra.
Calles de granito y casas cerradas al frío
Las calles son cortas y ligeramente inclinadas. El suelo alterna tramos de cemento con zonas de piedra más antigua. Las casas mantienen muros gruesos de granito, ventanas pequeñas y tejados inclinados de pizarra.
Muchas puertas siguen siendo de madera oscura, gastada por el sol y el roce de los años. En algunos corrales todavía se ven aperos de labranza o remolques pequeños. No hay sensación de escenario preparado. Es un pueblo que sigue funcionando como lugar de trabajo.
Caminando despacio se llega enseguida a una fuente antigua cerca de la iglesia y al lavadero, donde todavía corre agua cuando el año viene húmedo.
Caminos hacia el valle del Corneja
Al salir del casco urbano empiezan caminos de tierra que bajan hacia el valle. No hay apenas señalización. Son rutas que se han usado siempre para ir a las fincas o mover el ganado.
El paisaje cambia según la estación. En verano la hierba se vuelve pajiza y el suelo levanta polvo fino con cada paso. En otoño aparecen tonos dorados entre robles y encinas dispersas.
El río Corneja discurre entre cantos rodados y orillas bajas. Si uno se queda quieto un rato se escuchan abubillas o chovas, y a veces el vuelo brusco de alguna perdiz entre los matorrales.
Campo, ganado y judías del Barco
La ganadería sigue marcando el ritmo del entorno. En las fincas cercanas suelen verse vacas y rebaños de ovejas. A primera hora o al caer la tarde es cuando más movimiento hay en los cercados.
Esta zona del valle es conocida por las judías del Barco, una variedad muy ligada a la comarca. Durante el otoño a veces aparecen pequeñas ventas o intercambios entre vecinos y en mercados de pueblos cercanos.
También son habituales las huertas con patatas y verduras de temporada. En un lugar de este tamaño la producción suele ser para consumo propio o para moverse dentro de la comarca.
Cuándo acercarse y cómo moverse
Gilbuena cambia bastante según el momento del año. En invierno el frío aprieta y muchas casas permanecen cerradas entre semana. En verano vuelve gente que tiene aquí la casa familiar y el ambiente se anima algo más.
Las fiestas del pueblo suelen celebrarse en agosto, con procesión y actividades organizadas por los propios vecinos. Son días concretos en los que la plaza se llena de voces y coches aparcados donde normalmente hay silencio.
Conviene venir con calma y sin prisa por “ver cosas”. El pueblo se recorre rápido. Lo que merece la pena está alrededor: los caminos, el valle y esa sensación de campo abierto que todavía define buena parte de esta zona de Castilla y León.
Barco de Ávila y Piedrahíta quedan a pocos minutos en coche si se quiere ampliar la visita o hacer compras. Gilbuena, en cambio, funciona mejor como una pausa breve. Un lugar pequeño donde el día se mide por la luz sobre el granito y por el sonido lejano de los cencerros.