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sobre Hoyos del Collado
Uno de los pueblos más altos; mirador natural de Gredos con arquitectura de piedra
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Hay pueblos que aparecen de golpe, como cuando en una carretera de montaña giras una curva y de pronto ves cuatro tejados agarrados a la ladera. Hoyos del Collado es justo eso. Vas subiendo por la sierra de Ávila, entre pinos y roca, y de repente el pueblo está ahí, pequeño, callado, como cuando entras en una casa donde todo el mundo se ha ido a dormir la siesta.
Aquí viven unas pocas decenas de personas, alrededor de treinta según el padrón. El ritmo del lugar sigue marcándolo el tiempo más que el reloj. En invierno la nieve suele quedarse en los tejados varios días. En primavera aparecen charcos helados por la mañana y huellas de animales alrededor, como si alguien hubiese pasado por la noche mientras el pueblo dormía. El verano, comparado con la meseta, se siente fresco; algo parecido a abrir la ventana por la noche después de un día de calor en Madrid.
Un pueblo pequeño que no ha cambiado demasiado
El núcleo urbano es corto. Lo recorres en lo que tardas en terminar un café. Las casas están hechas con la misma piedra que ves en los prados de alrededor, bloques de granito que parecen sacados del suelo con paciencia. Da la sensación de que el pueblo salió del terreno igual que las rocas.
La iglesia de Nuestra Señora del Collado hace de punto de referencia. No porque sea enorme, sino porque desde varios puntos del valle se ve su silueta. Es como la torre del reloj en los pueblos de película: sabes dónde estás en cuanto la localizas. Dentro todo es sencillo y bastante silencioso, incluso cuando llega alguien a curiosear.
Cerca de la iglesia hay un punto desde el que se abre el paisaje hacia la Sierra de Gredos. Cuando el día está claro se adivinan las cumbres más altas, con el Almanzor dominando el fondo. No es un mirador preparado ni nada parecido; más bien ese tipo de sitio donde te apoyas en un muro, miras un rato y sigues caminando.
Praderas, granito y ganado
Alrededor de Hoyos del Collado el terreno se abre en praderas amplias. Vacas y cabras pastan sin demasiado ruido, desperdigadas por el campo. Desde lejos parecen piezas colocadas en un tablero grande y verde, como si alguien hubiese dejado el juego a medias.
Entre los pastos aparecen rocas graníticas enormes, redondeadas por el tiempo. Algunas están solas en medio del prado, como muebles abandonados en una habitación demasiado grande. Es el tipo de paisaje que explica rápido cómo se ha formado la sierra.
Si te alejas un poco del pueblo salen caminos de tierra y senderos usados desde hace generaciones por pastores y vecinos. Caminando un rato aparecen arroyos, pequeños puentes de piedra y collados desde los que se ve la planicie abulense. No son rutas espectaculares en el sentido de postal. Se parecen más a esos paseos largos que haces para despejar la cabeza.
En primavera y otoño es relativamente fácil ver fauna si vas tranquilo. Buitres aprovechando las corrientes de aire, algún ciervo cruzando entre los árboles o corzos que salen disparados en cuanto te oyen. Es como cuando alguien abre una puerta sin hacer ruido y sorprende lo que estaba dentro.
Lo que se come por esta zona
En esta parte de Ávila la comida gira mucho alrededor de la ganadería. Ternera de la zona, cabrito y platos contundentes que tienen sentido cuando aprieta el frío. Son recetas de las que piden pan y sobremesa larga, de esas que te dejan con la sensación de haber comido en casa de alguien.
Cuando llega la temporada también aparecen setas por los pinares cercanos. Mucha gente del entorno las recoge, aunque aquí conviene saber bien lo que se hace o ir con quien conozca el terreno.
Un pueblo que funciona a su propio ritmo
Las celebraciones tradicionales suelen concentrarse en verano, cuando vuelve gente que tiene raíces aquí. Hay actos religiosos, procesiones y comidas compartidas en las que el pueblo cambia de ambiente durante unos días. Algo parecido a cuando una casa familiar se llena en Navidad: de repente hay más voces, más movimiento y más historias que contar.
El resto del año Hoyos del Collado vuelve a lo suyo. Tranquilidad, campo abierto y ese silencio que al principio sorprende y luego acaba resultando cómodo, como cuando apagas la televisión y te das cuenta de que no la necesitabas tanto.