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sobre Manganeses de la Polvorosa
Situado en la confluencia de ríos con una rica vega; destaca por su yacimiento arqueológico de la Corona y su actividad agrícola
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A media mañana, si uno se acerca a la iglesia de San Esteban Protomártir, todavía se percibe ese olor frío de la piedra antigua mezclado con madera vieja. La portada, con rasgos que suelen atribuirse al románico, guarda capiteles gastados donde la luz se queda un rato antes de caer al suelo de la plaza. A esa hora apenas pasa nadie. Solo el viento que se cuela entre los tejados y alguna cigüeña que cruza despacio sobre los campos abiertos que rodean el pueblo.
Manganeses de la Polvorosa, en la comarca de Benavente y Los Valles, tiene ese silencio tan propio de muchos pueblos de esta parte de Zamora: no es un silencio absoluto, más bien una suma de pequeños sonidos —un remolque pasando a lo lejos, un perro que ladra detrás de una tapia, el batir de alas en el campanario—.
Calles de adobe y ladrillo
Al caminar por las calles se entiende rápido de qué ha vivido siempre el pueblo. Muchas casas mezclan adobe, ladrillo y piedra en muros gruesos pensados para aguantar los inviernos fríos y los veranos secos de la llanura. Las puertas de madera, a veces reforzadas con hierro, muestran marcas de décadas de uso.
En algunas fachadas aparecen escudos de piedra bastante erosionados. No son grandes palacios ni casas solariegas espectaculares; más bien restos discretos de otro tiempo que sobreviven entre viviendas reformadas y corrales donde todavía se guardan aperos.
Conviene pasear sin rumbo, fijándose en los detalles: una parra que cubre medio portal, una pila de leña junto a una pared encalada, el sonido metálico de una cancela al cerrarse.
El paisaje alrededor del pueblo
Basta salir unos minutos hacia las afueras para encontrarse con la llanura abierta de Tierra de Campos y los Valles de Benavente. Los campos de cereal —trigo, cebada y algo de avena— cambian de color a lo largo del año: verde tierno en primavera, dorado casi blanco cuando llega el calor fuerte, marrón apagado tras la cosecha.
En días despejados se ven rapaces planeando bastante alto, aprovechando las corrientes térmicas. Y no es raro encontrar cigüeñas en postes o en los nidos de las torres.
La luz aquí es muy limpia al atardecer. Cuando el sol cae bajo, los caminos de tierra se vuelven casi rojizos y las sombras de los árboles se alargan sobre los rastrojos.
Caminos rurales para caminar o pedalear
Los alrededores de Manganeses se recorren mejor sin demasiadas expectativas de señalización. Hay muchos caminos agrícolas que conectan parcelas y pequeñas arboledas dispersas. Algunos sirven para caminar con calma o para una ruta en bicicleta tranquila.
Eso sí: en verano el sol cae con fuerza y hay muy poca sombra. Si se va a salir a andar, suele ser más llevadero hacerlo a primera hora de la mañana o ya por la tarde. Y tras épocas de lluvia algunos tramos de tierra se vuelven bastante pesados para la bici.
Sabores de la zona
En esta parte de Zamora la cocina sigue muy ligada al producto de la matanza y a las legumbres. Son habituales los guisos de alubias o lentejas con embutido, además de chorizo y otros curados de cerdo que todavía se elaboran en muchas casas.
El queso zamorano aparece a menudo en la mesa, junto con pan de corteza firme. En otoño, cuando las lluvias acompañan, hay quien sale a buscar setas por los alrededores, aunque conviene hacerlo con conocimiento o acompañado de alguien que sepa distinguir bien las especies.
Fiestas y movimiento en verano
Durante buena parte del año el ritmo del pueblo es tranquilo. Pero en verano, cuando regresan muchos vecinos que viven fuera, el ambiente cambia. Las fiestas en honor a San Esteban suelen celebrarse en agosto y durante unos días las calles tienen más movimiento: procesión, música por la noche y reuniones largas en la plaza.
No es raro ver a varias generaciones juntas esos días, algo que explica bastante bien cómo funcionan todavía muchos pueblos de la zona.
Un alto en el camino por Los Valles de Benavente
Manganeses de la Polvorosa queda a poca distancia de Benavente, así que mucha gente llega en coche desde allí para dar una vuelta por la comarca. Los servicios más completos están concentrados en localidades mayores, algo habitual en esta parte de la provincia.
Aquí el interés no está en grandes monumentos ni en miradores espectaculares. Está en los detalles tranquilos: la rugosidad de un muro antiguo, el olor a tierra húmeda después de una tormenta corta de verano o la línea recta de los campos perdiéndose en el horizonte. Un paisaje sobrio, muy castellano, que se entiende mejor caminándolo despacio.