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sobre Quiruelas de Vidriales
Localidad del valle de Vidriales con tradición vinícola y bodegas; incluye la pedanía de Colinas de Trasmonte
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El silencio de la mañana en la plaza solo lo rompe el chirrido metálico de una persiana subiendo. La torre de la iglesia de la Asunción, de piedra clara, proyecta una sombra alargada sobre los adobes ocres de las casas. En Quiruelas de Vidriales, el primer gesto es aparicar el coche en cualquier calle y empezar a andar sin rumbo fijo. El aire huele a tierra, un olor que se intensifica según te alejas del asfalto hacia los caminos de tierra.
Las calles son cortas y desembocan unas en otras formando un laberinto sencillo. Las fachadas muestran el material de siempre: adobe, tapial, algún ladrillo visto. En algunas puertas, un escalón desgastado conduce hacia abajo, a las bodegas subterráneas típicas de la zona. Desde fuera no se ven, pero están ahí, manteniendo su frescor constante bajo los pies.
Una torre como brújula
La iglesia parroquial domina la perspectiva desde casi cualquier punto. Su torre es el lugar hacia el que miras cuando pierdes la orientación entre callejuelas. La construcción mezcla épocas; en los laterales, la piedra muestra vetas de distintos colores, desde un gris pálido hasta tonos más amarillentos.
A última hora de la tarde, cuando el sol está bajo, la luz rasante ilumina solo la parte alta de la torre y deja el resto en penumbra. Es entonces cuando suenan las campanas, un repique seco que se expande por la llanura y parece durar más de lo habitual.
El paisaje sin límites
Salir del casco urbano es entrar en otro ritmo. La llanura se abre de golpe, un mosaico de parcelas rectangulares donde el verde intenso de primavera da paso, tras la siega, a un color pajizo y polvoriento. Los horizontes son largos y despejados; a lo lejos, a veces, se distingue la silueta de otro pueblo o una línea de chopos.
Los caminos agrícolas son pistas anchas de tierra y grava. Conviene ir atento al posible paso de tractores, especialmente en las épocas de siembra o recogida. No hay arboledas que den sombra en la mayoría de los tramos, y en los meses centrales del año el sol cae con una fuerza plana y constante. Por eso muchos vecinos salen a sus labores al amanecer o cuando el calor ya empieza a ceder.
Desde Quiruelas no se tarda en llegar a las lagunas de Villafáfila. El paisaje cambia poco: sigue siendo terreno abierto, pero con la presencia añadida del agua y, sobre todo, de las aves. Es común ver coches parados junto a los caminos, con gente dentro observando con prismáticos.
El pulso del campo
La vida aquí marca un compás agrícola. En ciertas épocas —la siega del cereal, la vendimia en las pocas viñas que quedan— el pueblo se llena del ruido de motores y del ir y venir de remolques por sus calles. En invierno, el viento de la meseta silba con más fuerza, encontrando poca resistencia en esta geografía tan llana.
Las fiestas patronales concentran en unos días a buena parte de los que se fueron a vivir fuera. Entonces las conversaciones en la plaza se alargan y las calles recuperan por un tiempo un bullicio que el resto del año no tienen.
Una visita sin prisa
Los meses templados —finales de primavera, principios de otoño— son quizá los más cómodos para recorrer a pie tanto el pueblo como sus alrededores. En pleno estío, las horas centrales del día invitan más a la sombra de un portal que a largos paseos.
No es un lugar para buscar grandes monumentos. La visita consiste en dejarse llevar por el trazado irregular de sus calles, en notar la textura rugosa del adobe al pasar la mano, en escuchar ese silencio profundo que solo se quiebra con sonidos concretos: una puerta, un tractor a lo lejos, el viento. Así se entiende cómo es el día a día en este rincón del norte zamorano.