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sobre Uña de Quintana
Localidad situada en el valle del río Tera con paisajes de ribera; destaca por su tranquilidad y zonas de baño naturales
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A primera hora, cuando todavía hay algo de humedad en el aire, Uña de Quintana suena a cencerros lejanos y a algún coche que cruza despacio la carretera comarcal. La luz entra baja entre las casas de piedra y deja ver tejados oscuros, muchos de pizarra, que han pasado ya más inviernos de los que cualquiera recuerda. A unos 780 metros de altitud y con poco más de un centenar de vecinos censados, este pequeño núcleo de la comarca de Benavente y Los Valles sigue funcionando con una calma muy distinta a la de las cabeceras cercanas.
Las calles no siguen un dibujo claro. Se estrechan, giran y vuelven a abrirse según lo pedía el terreno. Hay muros de adobe mezclados con piedra, portones de madera gruesa y algunos corrales que todavía guardan aperos o leña apilada para el invierno. En el centro se levanta la iglesia de San Mamés, de líneas sobrias, con un campanario cuadrado que se ve desde casi cualquier punto del pueblo. En días despejados, al abrir la puerta, la luz entra gris y fría y se cuela por las ventanas estrechas.
El paisaje entre campo abierto y monte
El entorno de Uña de Quintana alterna parcelas de cereal con manchas de encina y roble. No es un paisaje cerrado: desde los pequeños altos que rodean el pueblo se ven los campos extendiéndose hacia los valles de Benavente, con lindes irregulares marcadas por caminos de tierra y alguna hilera de árboles.
Cada estación cambia el color del terreno. En primavera todo aparece verde y algo desordenado; en verano domina el amarillo seco del cereal; el otoño trae tonos ocres y rojizos en los bordes del monte. La Sierra de la Culebra queda relativamente cerca, hacia el noroeste, y eso se nota en la presencia de fauna salvaje. Aun así, ver animales grandes no es lo habitual: lo más frecuente es cruzarse con perdices, algún zorro o escuchar movimiento entre el matorral al caer la tarde.
Caminos sin señalizar
Los alrededores se prestan a caminar, pero conviene saber que muchos senderos no tienen señalización. Son caminos de uso agrícola o pistas forestales que salen del pueblo y se internan entre campos y monte bajo.
Lo más práctico suele ser preguntar a algún vecino o mirar el recorrido antes en un mapa. No hay grandes miradores ni hitos señalados; lo que aparece es otra cosa: una encina vieja en mitad de una linde, un arroyo que en invierno baja con agua muy fría, o una pequeña loma desde la que se ve el campanario del pueblo quedándose atrás.
Si vienes en verano, merece la pena salir temprano o al final de la tarde. A mediodía el sol cae con fuerza y hay muy poca sombra.
Comida de casa y reuniones en verano
La cocina de la zona sigue siendo la de siempre: guisos contundentes pensados para los meses fríos y platos sencillos hechos con productos de alrededor. Son habituales las legumbres cocidas despacio, los embutidos curados y asados de carne que suelen aparecer en reuniones familiares o fiestas.
Las celebraciones del pueblo suelen concentrarse en verano, cuando regresan quienes viven fuera durante el resto del año. Entonces la plaza se llena más de lo habitual, aparecen mesas largas y la música se mezcla con conversaciones que duran hasta entrada la noche. Durante el día se mantienen actos religiosos y procesiones por las calles del pueblo.
Un pueblo pequeño en la comarca de Benavente y Los Valles
Uña de Quintana forma parte de ese mosaico de pueblos pequeños que rodean Benavente, separados entre sí por pocos kilómetros de carretera y campos abiertos. Muchos comparten un ritmo parecido: población reducida, actividad agrícola y temporadas en las que el pueblo se llena algo más, sobre todo en verano o en periodos festivos.
Quien llegue hasta aquí encontrará sobre todo silencio, horizontes amplios y la sensación de que el tiempo avanza de otra manera. No hay grandes reclamos ni colas en ningún sitio. Solo calles cortas, humo saliendo de alguna chimenea en invierno y el sonido del viento moviendo los árboles en las afueras del pueblo.