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sobre Villabrázaro
Situado en un nudo de comunicaciones cerca de Benavente; conserva zonas de paseo junto al río y patrimonio religioso
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A primera hora la calle está casi vacía. Una furgoneta pasa despacio y levanta un poco de polvo. Villabrázaro se despierta así muchos días: con el sonido lejano de un tractor y el olor seco de los campos que rodean el pueblo.
Villabrázaro, en la comarca de Benavente y Los Valles, es pequeño incluso para los estándares de esta parte de Zamora. Viven aquí alrededor de doscientas cincuenta personas. Las casas se reparten en pocas calles rectas, sin grandes rodeos. Muchas conservan muros de tapial reforzado con piedra y portones anchos que antes daban paso a corrales o almacenes.
Al caminar despacio se ven detalles que hablan de ese pasado agrícola: patios encalados, puertas de madera gruesa, algún pajar reconvertido en garaje. Algunas viviendas se han reformado, pero el conjunto sigue siendo sencillo y bastante uniforme. No hay escaparates ni tráfico constante. La vida diaria sigue su ritmo propio.
La iglesia de la Magdalena
La torre de la iglesia de la Magdalena sobresale por encima de los tejados bajos. Desde los caminos de alrededor se reconoce enseguida y sirve casi de referencia para volver al pueblo.
El edificio parece tener varios siglos. Algunas fuentes lo sitúan en torno al XVI, aunque lo que hoy se ve es resultado de arreglos posteriores. La piedra exterior muestra zonas gastadas por el viento y la lluvia.
El interior no suele estar abierto salvo durante celebraciones religiosas. Cuando la puerta coincide abierta, el cambio de luz es brusco: del sol de la plaza a una penumbra fresca donde la madera oscura de los bancos cruje al moverse.
Calles cortas y casas de adobe
El trazado del pueblo es sencillo. Calles que se cruzan sin complicaciones y que en pocos minutos te devuelven al punto de partida. En algunos tramos aún queda pavimento irregular. En otros ya hay asfalto.
Las fachadas mezclan adobe, ladrillo y piedra. Muchas tienen un banco pegado al muro, de esos donde al atardecer se sientan los vecinos cuando baja el calor. En verano la sombra empieza a ser útil a partir de media tarde; antes, el sol cae de lleno sobre las paredes claras.
Caminos entre cereal
Al salir del casco urbano empiezan enseguida los caminos agrícolas. Son pistas de tierra que se abren entre parcelas de cereal. En primavera el verde es intenso y el viento mueve las espigas como una superficie de agua. En otoño el paisaje se vuelve ocre.
Las cigüeñas suelen verse cerca, sobre todo en torres y postes altos. También aparecen cornejas y otras aves de campo abierto.
Conviene llevar un mapa sin conexión o alguna referencia clara. Los caminos se parecen mucho entre sí. Después de lluvias fuertes algunos tramos se embarran y el paso se complica, incluso a pie.
Por la noche el silencio es casi total. Con poca iluminación pública, el cielo se ve limpio cuando está despejado. En invierno el frío llega rápido en cuanto cae el sol.
Comer y moverse por la zona
En Villabrázaro la actividad comercial es mínima y muy ligada a la vida diaria del pueblo. Para comprar con más variedad o sentarse a comer con calma lo normal es acercarse a Benavente, a unos veinte kilómetros por carretera.
Benavente funciona como centro de servicios de toda la comarca. Allí hay más movimiento, tiendas y edificios históricos como la iglesia de Santa María del Azogue o la plaza mayor.
Desde el pueblo también se puede explorar otros municipios cercanos de la zona de Los Valles. Cada uno tiene su propia mezcla de arquitectura tradicional, iglesias antiguas y campos abiertos.
Cuándo acercarse
La primavera y el inicio del otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores de Villabrázaro. El campo tiene color y las temperaturas permiten andar sin prisa.
En verano el calor aprieta a mediodía y apenas hay sombra en los caminos. Si se sale a caminar, conviene hacerlo temprano o ya al caer la tarde.
El invierno es más duro. Las heladas son habituales y algunos caminos se vuelven incómodos tras varios días de lluvia. Aun así, en las mañanas frías y despejadas el paisaje tiene una claridad muy particular: cielo muy alto, campos quietos y el sonido lejano de algún motor trabajando la tierra.