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sobre Villaferrueña
Pequeño pueblo del valle con tradición agrícola; destaca por su iglesia y la cercanía al río Eria
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Turismo en Villaferrueña es un poco como cuando te desvías de la carretera para estirar las piernas y acabas entrando en un pueblo donde todo va a otra velocidad. La primera vez que pasé por aquí me ocurrió algo parecido a cuando entras en el garaje de un amigo y no sabes muy bien por dónde salir: calles cortas, giros rápidos y la sensación de que en dos minutos ya has recorrido medio pueblo.
Villaferrueña es pequeño. Muy pequeño. Ronda el centenar de vecinos y eso se nota enseguida. Aquí los sonidos son los de siempre: un tractor arrancando por la mañana, un perro que ladra cuando pasa un coche, dos personas hablando en mitad de la calle como si estuvieran en el salón de casa. Es ese tipo de sitio donde, si aparcas y te bajas del coche, tienes la sensación de que todo el mundo sabe que ha llegado alguien nuevo.
Un pueblo que gira alrededor de unas pocas calles
El centro del pueblo se organiza alrededor de unas cuantas calles que se cruzan cerca de la plaza. Caminar por ellas es rápido, casi como dar una vuelta a una manzana en un barrio pequeño. Las casas tienen muros gruesos de piedra y tejados oscuros que parecen hechos para aguantar inviernos largos. Algunas conservan patios y corrales, de esos que desde fuera apenas se intuyen pero que por dentro son casi otro mundo.
La iglesia parroquial dedicada a San Miguel Arcángel es la referencia más clara del pueblo. Es de piedra, sobria, sin grandes adornos. En el interior guarda retablos antiguos y la imagen del patrón, que sigue siendo el centro de las celebraciones cuando llegan las fiestas del pueblo.
El campo empieza literalmente en la última casa
En Villaferrueña pasa algo que en muchos sitios ya no ocurre: sales del pueblo andando y en dos minutos estás en el campo. Sin transición. Como cuando sales de casa de tus abuelos y, al doblar la esquina, ya empiezan los huertos.
Los caminos de tierra se abren entre parcelas de cereal. Trigo, cebada, lo que toque ese año. El paisaje cambia mucho según la estación. En primavera todo está verde y suave. En verano el campo se vuelve dorado y cruje bajo los pies, como cuando pisas paja seca. Y en otoño llegan los tonos más apagados, con los campos recién trabajados.
No hay miradores montados ni paneles explicativos. Aquí la gracia está en caminar un rato y mirar alrededor. A veces aparece un palomar aislado en mitad del terreno o alguna construcción pequeña donde se guardaban herramientas. Son detalles que cuentan bastante sobre cómo se ha trabajado esta tierra durante generaciones.
Paseos tranquilos por la comarca
Desde el pueblo salen caminos que conectan con otros núcleos cercanos de la comarca de Benavente y Los Valles. Son recorridos sencillos, de esos que se hacen más por desconectar que por marcar kilómetros en una aplicación.
Mientras caminas es fácil ver aves planeando sobre los campos o cruzarte con alguien que vuelve del terreno con la furgoneta cargada de herramientas. No es un paisaje espectacular en el sentido de postal, pero tiene algo parecido a cuando entras en una cocina donde llevan años preparando el mismo guiso: todo resulta familiar y funcional.
Cuando llegan las fiestas
Las fiestas patronales en honor a San Miguel suelen celebrarse hacia finales de septiembre. Durante esos días el pueblo cambia bastante. Gente que vive fuera vuelve, las calles tienen más movimiento y la plaza se llena de mesas largas donde las familias comparten comida.
Se preparan platos sencillos y contundentes. Migas, guisos de cuchara, cosas que encajan con el ritmo del campo. El ambiente recuerda a esas comidas familiares que se alargan más de la cuenta porque nadie tiene prisa por levantarse.
Lo que realmente encuentras al venir
Villaferrueña no vive del turismo ni parece intentarlo. No hay alojamientos visibles ni calles pensadas para visitantes. Y, curiosamente, ahí está parte de su gracia.
Venir hasta aquí se parece a colarte en la rutina de un pueblo durante un rato. Das un paseo, escuchas el silencio del campo alrededor y vuelves al coche con la sensación de haber visto cómo funciona de verdad un sitio pequeño de la Zamora rural.
No es un lugar para pasar un fin de semana entero haciendo cosas. Es más bien una parada corta, de esas que te recuerdan que en muchos pueblos la vida sigue girando alrededor de lo mismo de siempre: el campo, el clima y la gente que aún se queda.