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sobre Villageriz
Uno de los municipios más pequeños situado en el valle de Vidriales; entorno rural auténtico y tranquilo
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A primera hora, cuando todavía no pasa ningún coche por la carretera cercana, Villageriz está casi en silencio. La piedra de las casas guarda el fresco de la noche y, alrededor de la iglesia de San Pedro, lo único que se oye suele ser algún gallo suelto en un corral o el golpe seco de una puerta que alguien abre para empezar el día.
El turismo en Villageriz no tiene mucho que ver con buscar monumentos o planes organizados. Este pequeño municipio de la comarca de Benavente y Los Valles ronda los sesenta habitantes y vive rodeado de campos de cereal que se alargan hasta donde alcanza la vista. El pueblo aparece como una pequeña interrupción en ese paisaje llano: unas pocas calles, corrales pegados a las casas y tejados de teja que en verano acumulan polvo fino del camino.
Las viviendas más antiguas conservan muros de piedra gruesa y puertas de madera oscurecida por los años. Algunas tienen pequeños bancos junto a la entrada, esos donde por la tarde se sientan los vecinos cuando baja el sol. Otras llevan tiempo cerradas y se nota en las persianas que apenas se levantan.
La iglesia de San Pedro y el centro del pueblo
La torre de la iglesia de San Pedro se ve desde casi cualquier punto del casco urbano. El edificio, levantado hace varios siglos —la estructura actual suele situarse en la Edad Moderna—, es sencillo y robusto, sin demasiados adornos. La piedra cambia de color según la hora del día: gris claro por la mañana, algo más dorada cuando el sol cae hacia los campos.
Alrededor de la iglesia se agrupa buena parte del pueblo. Muy cerca está el pequeño cementerio, donde las lápidas más antiguas recuerdan apellidos que todavía se escuchan entre los vecinos actuales. Es un lugar tranquilo, de esos donde el tiempo parece ir más despacio.
Calles cortas y corrales abiertos
Villageriz se recorre en poco rato. Las calles son cortas y bastante rectas, con corrales y almacenes agrícolas mezclados entre las viviendas. En algunos muros todavía quedan marcas del paso del ganado o ganchos donde se colgaban aperos.
Si paseas despacio aparecen detalles que suelen pasar desapercibidos: una ventana con vidrio ondulado, un carro viejo guardado bajo un cobertizo, montones de leña apilados contra la pared para el invierno. El olor cambia según la época del año; en verano domina la paja seca y el polvo del camino, mientras que después de llover la tierra arcillosa deja un aroma más pesado.
Caminos entre cereal
Alrededor del pueblo salen varios caminos agrícolas que utilizan los tractores durante la temporada de trabajo. No están pensados como rutas señalizadas, pero se pueden recorrer andando con facilidad si se respeta el paso por las fincas.
El paisaje es completamente abierto. En primavera el verde del cereal cubre casi todo; a finales de verano llegan los tonos ocres y el rastrojo. Cuando sopla viento —algo bastante habitual en esta zona de la provincia de Zamora— el sonido del cereal moviéndose crea un murmullo constante que se oye incluso desde dentro del pueblo.
Si te gusta observar aves, conviene llevar prismáticos. En estas llanuras es frecuente ver rapaces pequeñas planeando o bandos de perdices moviéndose entre los campos.
Cuándo acercarse
Villageriz cambia bastante según la época. En invierno el ambiente es muy tranquilo y algunos días apenas se ve movimiento por la calle. En verano y en fechas señaladas regresan vecinos que viven fuera y el pueblo se anima un poco más.
Las fiestas patronales suelen celebrarse alrededor de San Pedro, a finales de junio. Son días en los que hay más gente en la plaza y conversaciones largas al caer la tarde.
Conviene venir con lo necesario si piensas pasar varias horas por la zona. En el propio pueblo no hay tiendas ni bares de forma permanente, así que lo habitual es combinar la visita con Benavente u otros pueblos cercanos de la comarca.
Un lugar pequeño, sin artificio
Villageriz es uno de esos pueblos que no intenta llamar la atención. Está ahí, rodeado de campos y atravesado por una vida tranquila que depende todavía del ritmo agrícola.
Si te acercas, lo más interesante no está en hacer muchas cosas, sino en mirar despacio: la luz cayendo sobre las fachadas, el viento moviendo las espigas, el sonido lejano de un tractor volviendo al atardecer por el mismo camino de siempre. En lugares así, el tiempo se mide de otra manera.