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sobre Villaveza de Valverde
Pequeña localidad del valle de Valverde rodeada de naturaleza; ideal para el descanso y el contacto con la vida rural
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A primera hora de la mañana, cuando todavía no pasa casi ningún coche, las calles de Villaveza de Valverde suenan a grava bajo las ruedas y a algún perro que ladra a lo lejos. La luz entra baja entre las casas y marca las irregularidades de las paredes de piedra y tapial. En Villaveza de Valverde, un municipio pequeño de la comarca de Benavente y Los Valles, la sensación es de pausa: huertas detrás de las casas, portones de madera que se abren despacio y ese silencio propio de los pueblos donde vive poca gente.
El núcleo del pueblo y la iglesia
El caserío se recorre en poco tiempo. Muchas viviendas mantienen la estructura tradicional: muros gruesos, patios interiores y portones anchos pensados para carros más que para coches. Algunas están restauradas; otras conservan ese desgaste de décadas que deja la madera blanqueada y la piedra más oscura en las zonas donde siempre da la sombra.
En el centro se levanta la iglesia parroquial de San Salvador. Es un edificio sencillo, de los que no se ven desde kilómetros pero acaban siendo el punto de referencia del pueblo. En el interior se conserva un retablo barroco. La iglesia suele permanecer cerrada; en ocasiones algún vecino tiene la llave o sabe quién puede abrirla.
Caminos entre cereal
Al salir del casco urbano empiezan los caminos agrícolas. Son pistas de tierra usadas por tractores que se internan entre parcelas de cereal. El paisaje aquí es abierto: casi sin arbolado y con horizontes muy largos. En primavera el campo aparece de un verde denso; a medida que avanza el verano todo se vuelve dorado y el polvo del camino se levanta con facilidad cuando pasa un vehículo.
No hay rutas preparadas para senderistas ni señalización turística. Aun así, caminar por estos caminos es sencillo porque el terreno es llano. Conviene llevar agua en los meses de calor y evitar las horas centrales del día: la sombra escasea.
Entre las fincas todavía se ven bodegas subterráneas, pequeños corrales o almacenes agrícolas. Algunas construcciones están medio derruidas y otras siguen en uso. Lo prudente es observar desde fuera y no entrar sin permiso.
La quietud de la tarde
Al final del día cambia la luz. El sol cae bajo y el campo se vuelve más naranja que amarillo. Desde pequeñas elevaciones cerca del pueblo —apenas unos metros más altas que el terreno— se alcanza a ver un mosaico de parcelas que se pierde hacia el horizonte.
Es también cuando aparecen más aves sobre los cultivos. No es raro ver perdices moviéndose entre los surcos o rapaces pequeñas buscando algo que se mueva en el rastrojo.
Comer y organizar la visita
En Villaveza de Valverde no hay servicios pensados para el visitante. Lo habitual es llegar con el día organizado y parar a comer en Benavente u otros pueblos cercanos, donde sí hay más movimiento.
La cocina de la zona gira alrededor de productos de campo: legumbres, carne de cordero y embutidos curados. Son platos ligados a la tradición de la comarca y se encuentran con facilidad en los alrededores.
Si vienes en coche, se puede aparcar sin dificultad en cualquiera de las calles más anchas del pueblo. No suele haber tráfico, pero conviene circular despacio: las calles son estrechas y a veces aparecen tractores o remolques.
Qué ver cerca
Villaveza queda a poca distancia de Benavente, que funciona como centro comarcal. Allí se concentran comercios, varios edificios históricos y algunas iglesias de origen medieval, como Santa María del Azogue.
En los alrededores hay otros pueblos pequeños —Santa Cristina del Valverde, Villanueva de Azoague o Santa Colomba de las Monjas, entre otros— donde todavía se aprecia bien la arquitectura popular de esta parte de Zamora: casas bajas, adobe, bodegas excavadas en pequeñas lomas.
Las fiestas del verano
La festividad de San Salvador suele celebrarse en agosto. Es uno de los momentos en que el pueblo recupera algo de movimiento: regresan vecinos que viven fuera y se organizan actos religiosos y comidas compartidas.
Durante esos días las calles tienen más conversación y más luz por la noche. El resto del año, Villaveza vuelve a su ritmo habitual: lento, agrícola, marcado por las estaciones y el trabajo en el campo. Aquí el interés está precisamente en eso, en observar cómo sigue funcionando un pueblo pequeño en mitad de la llanura.