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sobre Villaveza del Agua
Situado cerca del río Esla con zonas de regadío; destaca por su iglesia y la tranquilidad de sus calles
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Hay pueblos que se entienden en cinco minutos. Aparcas el coche, bajas una calle corta y ya sabes de qué va el lugar. Villaveza del Agua es un poco así. No porque sea pequeño —que lo es— sino porque todo ocurre a la vista: campos abiertos, casas de adobe y piedra, y ese silencio que en ciudad solo aparece cuando se va la luz.
Aquí viven poco más de ciento sesenta personas, en plena comarca de Benavente y Los Valles. No hay grandes reclamos ni carteles intentando llamar la atención. El pueblo está entre tierras de cultivo y pequeños cursos de agua que, según cuentan los vecinos, explican el nombre. Nada espectacular, más bien arroyos discretos y zonas húmedas que cambian de color según la época del año.
Un pueblo que sigue a su ritmo
Caminar por Villaveza del Agua es bastante directo. Un puñado de calles, algunas con piedra vieja y otras con tierra compactada, conectan casas bajas con corrales y huertos detrás. No todo está restaurado ni falta que hace. Se nota qué vivienda se levantó hace décadas y cuál es más reciente. Esa mezcla es bastante habitual en esta parte de Zamora.
La iglesia de San Miguel Arcángel ocupa el centro. Es el edificio que más se ve desde lejos, con una presencia tranquila, como pasa en muchos pueblos de la meseta. La plaza alrededor funciona como punto de encuentro. A ciertas horas siempre hay alguien pasando, aunque solo sea para ir a echar un vistazo al huerto o mover el coche unos metros.
Alrededor: cereal hasta donde alcanza la vista
El paisaje que rodea Villaveza del Agua es el típico de Tierra de Campos y de buena parte del norte de Zamora. Parcelas amplias de trigo o cebada, caminos agrícolas largos y rectos, y alguna línea de chopos siguiendo acequias o arroyos.
En verano el color dominante es el dorado del cereal ya maduro. En primavera cambia bastante: todo se vuelve verde y el campo parece más vivo. Si te gusta caminar sin demasiada dificultad, aquí hay muchos caminos rurales que conectan con pueblos cercanos. Son rutas sencillas, casi siempre llanas, las que usan agricultores y ganaderos desde hace años.
Conviene caminar con sentido común. Algunas pistas pasan junto a fincas de cultivo o zonas de ganado, así que lo normal es respetar lo que se encuentra uno por el camino y seguir por las vías principales.
Otoño, setas y vida de campo
Cuando llegan las primeras lluvias del otoño, mucha gente de la zona sale a buscar setas por pinares cercanos. Los níscalos suelen ser los más conocidos por aquí, aunque como siempre pasa con las setas, lo importante es saber bien lo que se recoge.
En el pueblo todavía quedan costumbres muy ligadas al campo. Huertos familiares, matanzas en invierno y bodegas excavadas bajo algunas casas donde se conservan alimentos o vino. No es algo que se vea como atracción. Simplemente forma parte de la vida diaria.
Lo que se come por aquí
La cocina local tira de lo que ha dado siempre la tierra. Legumbres, sobre todo garbanzos o lentejas, platos de cuchara cuando aprieta el frío y carne de cordero en celebraciones o reuniones familiares. También aparecen embutidos curados en casa y pan de los de corteza seria, de los que aguantan bien varios días.
No esperes una escena gastronómica montada alrededor del visitante. Esto sigue siendo un pueblo pequeño. Si pruebas algo típico de la zona, normalmente será porque coincide con la vida cotidiana del lugar o porque alguien del entorno lo prepara como se ha hecho siempre.
Las fiestas y el regreso de los que se fueron
En muchos pueblos de esta comarca pasa lo mismo: agosto cambia el ambiente. Gente que vive fuera vuelve unos días y el pueblo se llena bastante más de lo habitual. Las fiestas patronales dedicadas a San Miguel suelen celebrarse por esas fechas o cerca.
Procesiones, música por la noche, reuniones largas en la plaza. Más que un evento pensado para atraer gente de fuera, es el momento en que quienes crecieron aquí vuelven a encontrarse.
¿Merece la pena acercarse?
Villaveza del Agua no juega en la liga de los pueblos monumentales. Si alguien llega esperando grandes edificios o museos, se le puede quedar corto.
Pero si te interesa ver cómo funciona un pueblo agrícola de esta zona de Zamora, sin decorados ni demasiada puesta en escena, entonces sí tiene sentido parar. Aparcar, caminar un rato, escuchar el campo alrededor y seguir ruta.
A veces el viaje también va de eso. De sitios que no intentan impresionar a nadie. Y que, precisamente por eso, resultan bastante fáciles de entender.