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sobre Berlanga de Duero
Conjunto histórico-artístico con imponente castillo y colegiata renacentista
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El silencio de la mañana en Berlanga de Duero se rompe con el golpe seco de una puerta de madera. El aire baja frío desde los páramos y el castillo se recorta oscuro sobre el cielo claro de Soria. Las calles del casco antiguo están medio vacías; el sonido principal es el roce de unas suelas sobre la piedra irregular. La villa se asienta en un promontorio rocoso y todo aquí gira alrededor de esa fortaleza que domina el perfil.
Las fachadas de piedra y ladrillo, con escudos desgastados, hablan de un lugar que tuvo más peso del que su tamaño actual sugiere. Hoy viven aquí algo más de ochocientas personas. El ritmo es pausado incluso en julio. Berlanga se recorre caminando: un par de cuestas, calles estrechas y varias plazas con bancos de hierro ya calentados por el sol.
El castillo y la muralla del cerro
Desde casi cualquier punto se ve el castillo, levantado en el siglo XV y ampliado después. Sus torres redondas y los muros gruesos marcan el paisaje con una presencia rotunda. Subir hasta allí explica por qué se eligió este lugar: alrededor se extiende una llanura amplia de cereal donde cualquier movimiento se habría visto desde lejos.
A los pies del castillo quedan tramos de la muralla renacentista del siglo XVI, vinculada a Fray Tomás de Berlanga. El recinto rodeaba el cerro y todavía se puede caminar junto a algunos lienzos conservados. No es un paseo largo, pero ayuda a imaginar cómo se organizaba la villa dentro de esas defensas.
Si es verano, evita las horas centrales del día para subir al castillo. Hay poca sombra y el sol cae directo sobre la piedra.
La colegiata entre las casas
La colegiata de Santa María del Mercado aparece de repente entre las fachadas, con una torre que se ve desde la carretera. El edificio mezcla formas góticas y renacentistas; dentro se conserva un retablo mayor muy trabajado y restos de pintura mural.
Alrededor de la colegiata las calles se ensanchan un poco. Durante el mediodía se oye más movimiento: vecinos que cruzan la plaza, alguna conversación bajo los soportales y el olor a pan saliendo de algún horno cercano. Es una plaza donde la vida cotidiana sigue pasando.
Palacios y memoria señorial
Berlanga tuvo un papel importante durante el Renacimiento. El Palacio de los Marqueses mantiene un patio porticado y una fachada sobria, con proporciones cuidadas.
En la Plaza Mayor se levanta el rollo jurisdiccional o picota, recuerdo de cuando la villa tenía autoridad judicial propia. Las fachadas muestran escudos de piedra desgastados por el tiempo y soportales irregulares que protegen del sol fuerte del verano soriano.
Los caminos hacia el páramo
En cuanto sales del casco urbano, el paisaje cambia rápido. Los campos de cereal ocupan casi todo el horizonte y el terreno ondula en lomas de tonos ocres y verdes según la estación.
Uno de los paseos habituales conduce hacia el cañón del río Escalote. No es una ruta exigente, pero sí bastante expuesta al sol. En verano conviene madrugar o esperar a última hora de la tarde, cuando la luz cae más baja y el color de la tierra se vuelve rojizo.
Cerca del pueblo quedan la ermita de Nuestra Señora de la Soledad y los restos del convento de San Francisco, lugares donde apenas se oye más que el viento entre los campos.
Comer en Berlanga
La cocina aquí gira alrededor de productos sencillos y contundentes. Son habituales los platos de matanza y el cordero asado al estilo soriano, con piel dorada y carne tierna. Cuando el otoño viene húmedo aparecen setas en los montes cercanos y suelen entrar en muchas cartas.
El pan candeal, de miga compacta y corteza firme, acompaña casi cualquier comida.
Cuándo acercarse
Berlanga cambia según el momento del día. A primera hora y al caer la tarde la luz resalta las texturas de la piedra caliza y el pueblo recupera silencio. Los fines de semana de julio puede haber más ambiente en el centro, pero basta alejarse dos calles o subir hacia el castillo para volver a escuchar solo el viento sobre el cerro.