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sobre Caltojar
Destaca por su impresionante iglesia románica en un entorno rural tranquilo
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A las nueve de la mañana la plaza de Caltojar todavía está medio en sombra. El aire entra fresco por la puerta entreabierta de la iglesia y huele a piedra húmeda, a esas paredes gruesas que han pasado demasiados inviernos. Un par de coches aparcados junto a las casas, silencio casi completo y, de vez en cuando, el sonido metálico de una cancela. Así empieza el día en este pequeño pueblo de la comarca de Berlanga, donde viven poco más de medio centenar de personas.
Cuando se habla de turismo en Caltojar conviene ajustar las expectativas desde el principio: aquí no hay monumentos espectaculares ni calles preparadas para el visitante. Lo que hay es un pueblo soriano muy pequeño que sigue funcionando como lugar vivido, no como escenario.
La plaza y la iglesia
La plaza mayor es el punto donde todo se ordena. Las casas son de piedra clara, con portones de madera oscura y ventanas pequeñas protegidas por rejas. Algunas fachadas conservan reparaciones visibles: cemento nuevo sobre muros mucho más antiguos, señales de arreglos hechos cuando tocaba, sin preocuparse demasiado por la estética.
La iglesia de San Miguel ocupa uno de los lados de la plaza. El edificio actual parece tener origen antiguo —varias partes podrían remontarse a los siglos finales de la Edad Media o a reformas posteriores— aunque lo que se ve hoy es el resultado de muchos cambios. Dentro suele conservarse un retablo y algunas imágenes religiosas que muestran bien el desgaste del tiempo: madera oscurecida, dorados apagados, grietas finas en la pintura.
Si el templo está abierto, merece la pena asomarse unos minutos. Si no lo está, basta con rodearlo despacio y fijarse en la piedra de los muros, irregular y áspera, con líquenes en las zonas que casi no reciben sol.
Calles cortas y casas pensadas para el frío
Desde la plaza salen varias calles estrechas que bajan o giran sin demasiada lógica. El trazado parece el de siempre: caminos que se fueron ajustando a las parcelas, a los corrales y a las cuadras.
Muchas casas tienen todavía portones anchos que daban acceso a patios interiores. En algunos se guardan aperos; en otros aún se ven montones de leña o pequeños remolques agrícolas. Las rejas de hierro, los muros de piedra mezclados con ladrillo y los tejados bajos cuentan bastante sobre cómo se ha vivido aquí: inviernos largos, viento en la meseta y necesidad de proteger bien el interior.
En una de las calles aparece una fuente de piedra donde todavía se ven cubos o garrafas algunos días. No siempre hay movimiento, pero cuando lo hay suele ser a media mañana.
El paisaje alrededor: cereal y paramera
En cuanto sales del casco urbano, el paisaje se abre de golpe. Campos de cereal casi hasta donde alcanza la vista, con cambios de color muy marcados según la época del año: verde intenso en primavera, amarillo pálido cuando el grano madura, y tonos ocres después de la cosecha.
Las parameras de alrededor parecen vacías al principio, pero con un poco de paciencia empiezan a aparecer detalles: alguna corneja sobrevolando los campos, cigüeñas en los tejados del pueblo y, en zonas más abiertas, aves propias de estos terrenos esteparios. Para verlas conviene alejarse caminando y mantener distancia; cualquier ruido fuerte las espanta rápido.
El terreno es bastante llano, así que los paseos no tienen dificultad. Basta seguir alguno de los caminos agrícolas que salen del pueblo. En una hora se puede dar una vuelta tranquila.
Un consejo sencillo: en verano el sol cae fuerte y apenas hay sombra. Si vas a caminar, mejor hacerlo temprano por la mañana o cuando la luz empieza a bajar.
Un pueblo pequeño, con servicios muy limitados
Caltojar es muy pequeño y eso se nota enseguida. No hay bares ni restaurantes en el propio pueblo, así que si vas a pasar el día conviene llevar agua o algo de comida. Para comer sentado o hacer compras hay que desplazarse a otros pueblos de la zona o a localidades algo mayores de la comarca.
En los alrededores sí es fácil encontrar cocina tradicional soriana: platos contundentes, guisos de cordero, migas o recetas ligadas a la temporada de caza, bastante comunes en esta parte de la provincia.
Cuándo hay más movimiento
Durante buena parte del año el pueblo está muy tranquilo. En verano, sobre todo en agosto, suelen regresar muchos vecinos que viven fuera y el ambiente cambia durante unos días: más gente en las calles, conversaciones largas al caer la tarde y actividades ligadas a las fiestas del patrón, San Miguel, que tradicionalmente reúnen a quienes mantienen aquí sus raíces.
El resto del tiempo Caltojar vuelve a su ritmo lento. Si lo visitas, probablemente lo recordarás más por el silencio, por el viento cruzando los campos y por esa luz algo fría de la meseta que hace que la piedra del pueblo parezca todavía más clara al atardecer.