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sobre Centenera de Andaluz
Pequeña localidad con iglesia románica y entorno de ribera del Duero
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A media mañana, cuando el sol ya ha levantado la bruma del valle, Centenera de Andaluz aparece al borde de la carretera como un pequeño agrupamiento de piedra en mitad del cereal. Apenas unas casas, algún tejado rojizo y el campanario asomando por encima. El viento mueve las espigas y trae ese olor seco de la meseta que mezcla tierra, paja y algo de polvo. Con unos 19 habitantes censados, el pueblo vive en un silencio que no es abandono, sino distancia: aquí todo queda un poco lejos.
La carretera que llega desde Berlanga es estrecha y atraviesa campos abiertos. En invierno el paisaje suele volverse grisáceo, con el cielo bajo y los barbechos húmedos; en junio y julio, en cambio, el cereal ya amarillea y el brillo del sol rebota en la tierra clara. Conviene venir de día si no conoces la zona: por la noche apenas hay referencias y la señalización es mínima.
Calles de piedra y casas que aún guardan el uso agrícola
El trazado del pueblo es sencillo. Calles rectas, sin demasiados cruces, donde las casas de mampostería se apoyan unas en otras. Algunas conservan puertas gruesas de madera oscurecida por los años; otras muestran corrales o portones que daban acceso a cuadras y pajares.
Todavía se ven detalles de esa vida agrícola: muros bajos que separan pequeños patios, antiguas eras en las afueras y cobertizos donde antes se guardaban aperos. En varios rincones aparecen dinteles de piedra trabajada o esquinas reforzadas con ladrillo, señales de reformas hechas cuando el pueblo tenía más movimiento.
Caminar por aquí no lleva mucho tiempo —el núcleo es pequeño— pero obliga a bajar el paso. No hay tráfico, y a menudo lo único que se oye es el viento rozando los cables o algún perro ladrando a lo lejos.
La iglesia de San Bartolomé
En el centro se levanta la iglesia parroquial, dedicada a San Bartolomé. Es un edificio de piedra caliza, de líneas sobrias, con una torre rectangular que se ve desde los campos cercanos y sirve de referencia cuando te acercas por los caminos.
No tiene grandes adornos. La fachada es lisa, casi austera, y encaja bien con el resto del pueblo. Dentro se conservan elementos sencillos de madera y piezas religiosas antiguas que han seguido utilizándose con los años. Más que un monumento, funciona como el punto alrededor del cual se ha organizado siempre la vida del lugar.
Caminos entre cereal y encinas dispersas
Alrededor de Centenera de Andaluz se extiende el paisaje típico del sur de Soria: campos de trigo y cebada que cambian de color según la estación. En primavera dominan los verdes claros; en verano todo se vuelve dorado y el aire levanta pequeñas nubes de polvo en los caminos.
Desde algunos altos cercanos se intuyen vaguadas por donde discurren arroyos estacionales que acaban buscando el valle del río Escalote o del Milagro, según la zona. También aparecen manchas de encinas y quejigos sueltos en los páramos.
No hay rutas señalizadas. Los caminos agrícolas sirven para caminar o pedalear con calma, siempre respetando el trabajo del campo. Un mapa en el móvil ayuda, porque muchas pistas se bifurcan sin aviso.
A primera hora de la mañana es fácil ver cernícalos cernidos sobre los sembrados. Al atardecer, si el ruido es mínimo, a veces salen corzos desde los bordes del monte bajo. Y cuando cae la tarde, el alcaraván deja ese grito áspero que parece venir de todas partes a la vez.
Cielo oscuro y noches abiertas
Cuando se va la luz del día, el pueblo queda prácticamente a oscuras. No hay apenas contaminación lumínica y el cielo aparece muy limpio, sobre todo en las noches secas de verano.
Muchos vecinos todavía salen un rato a la puerta cuando baja el calor. Desde cualquier era o desde las afueras se distinguen bien las franjas de la Vía Láctea en noches claras. El silencio aquí es real: ni carreteras cercanas ni ruido constante.
Antes de acercarte
Centenera de Andaluz es un lugar muy pequeño y conviene llegar con lo necesario. No suele haber servicios abiertos ni tiendas, y el siguiente pueblo con más movimiento queda a varios kilómetros.
La mejor hora para pasear por los alrededores suele ser temprano por la mañana o al final de la tarde, cuando el viento afloja y la luz rasante marca mejor los relieves del campo. En pleno verano, el sol del mediodía cae con fuerza sobre los caminos sin sombra. Aquí la meseta se hace notar.