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sobre Collazos de Boedo
Pequeño pueblo en la comarca de Boedo-Ojeda; destaca por su iglesia románica y la tranquilidad de su entorno rural.
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A primera hora, cuando el sol todavía está bajo, la luz cae de lado sobre las tejas oscuras y los rastrojos que rodean Collazos de Boedo. El viento se cuela por las esquinas de las casas y mueve alguna puerta mal cerrada. Huele a tierra removida y a cereal seco. No pasa casi nadie. Solo algún coche que cruza despacio o el ladrido lejano de un perro detrás de una tapia.
Situado a unos 920 metros de altitud, en la comarca palentina de Boedo‑Ojeda, el pueblo ronda los noventa habitantes. Es pequeño incluso para esta parte de Castilla. Las casas mezclan adobe, piedra en las esquinas y portones de madera que ya han cambiado de color varias veces con los inviernos. No hay un casco antiguo que recorrer como tal: aquí las calles se abren sin orden claro, con corrales, pajares y alguna era todavía reconocible.
La iglesia y el románico que aparece sin anunciarse
En el centro está la iglesia de Santa Lucía. Su silueta es sencilla: muros gruesos y una espadaña que corta el cielo limpio de la meseta. Parte de la fábrica conserva rasgos del románico rural que aparece con frecuencia por esta zona de Palencia, aunque el edificio ha tenido reformas con el paso del tiempo.
No es un templo monumental. Más bien uno de esos edificios que forman parte de la vida diaria del pueblo. A ciertas horas, sobre todo al final de la tarde, la piedra toma un tono dorado suave que contrasta con el gris del campanario.
Alrededor: campos abiertos y caminos agrícolas
El paisaje que rodea Collazos de Boedo es el de la meseta cerealista: parcelas amplias, horizontes largos y alguna línea de árboles siguiendo el curso de un arroyo. En verano todo se vuelve ocre y polvoriento; en primavera el verde dura poco, pero cambia por completo la sensación del lugar.
De las últimas casas salen pistas agrícolas anchas que comunican con otros pueblos de la zona. No tienen pérdida: tierra compactada, alguna pendiente suave y kilómetros de campo abierto. Al caminar es habitual ver milanos planeando o cernícalos parados en los cables de la luz, vigilando los bordes de los cultivos.
Si se va a salir a andar, conviene hacerlo temprano en verano. A mediodía el sol cae sin sombra posible y el calor se nota rápido.
Un pueblo pequeño, servicios fuera
Collazos es tranquilo incluso para los estándares de la comarca. No hay apenas servicios dentro del propio pueblo, así que lo normal es moverse en coche hasta localidades cercanas algo más grandes para comprar o comer.
Aun así, muchos visitantes terminan haciendo algo sencillo: parar un rato, caminar hasta las afueras y sentarse a mirar el campo. Aquí el atractivo está más en el silencio que en las actividades.
Ritmo de fiestas y vida local
Las fiestas del pueblo suelen celebrarse en verano, cuando regresan familiares que viven fuera y el pueblo se anima durante unos días. Están vinculadas tradicionalmente a Santa Lucía, la patrona, y al calendario religioso que todavía marca parte de la vida local.
No son celebraciones grandes. Más bien reuniones que devuelven algo de movimiento a las calles y a la plaza durante unas jornadas. Después, el pueblo vuelve a su ritmo habitual: lento, agrícola y bastante silencioso.