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sobre Villameriel
Municipio que agrupa varias pedanías; destaca por su entorno rural y la iglesia de Santa María; tranquilidad.
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A media mañana, la luz entra de lado por una de las ventanas de la iglesia de Santa María y se queda suspendida unos segundos en el polvo del interior. La piedra, gastada y con parches de distintas épocas, deja ver que el edificio ha ido arreglándose a base de pequeñas decisiones, no de grandes restauraciones. Los arcos de medio punto sostienen una nave sobria, casi desnuda. Fuera, cuando sopla algo de viento, la campana suena con un golpe seco que se escucha por todo el pueblo.
Villameriel está en la comarca de Boedo‑Ojeda, en el norte de la provincia de Palencia, a unos 900 metros de altitud. El paisaje aquí es una mezcla curiosa: campos de cereal bastante abiertos y, a lo lejos, las primeras ondulaciones que anuncian la montaña palentina. Las casas combinan piedra, adobe y ladrillo, muchas con tejado de teja curva ya oscurecida por los años. Los patios se cierran con tapias irregulares y portones de madera que crujen cuando se abren.
Las calles no siguen ningún plan aparente. Algunas se ensanchan de pronto frente a una casa grande; otras se estrechan entre muros que guardan el fresco incluso en verano. No es un pueblo preparado para recibir turismo. Simplemente sigue funcionando con el ritmo de los pocos vecinos que viven aquí todo el año.
Villameriel ronda el centenar de habitantes. En muchas viviendas todavía se ven ventanas pequeñas y puertas macizas pensadas para conservar el calor en invierno. El centro del pueblo se organiza alrededor de la iglesia y de unas cuantas casas antiguas. No hay comercios funcionando de forma continua, así que lo habitual es acercarse en coche a localidades mayores de la zona para comprar lo necesario.
Caminos entre campos y lomas suaves
Desde el propio pueblo salen varios caminos agrícolas que cruzan los campos de cultivo. No están señalizados como rutas senderistas, pero se utilizan a diario para llegar a parcelas o a pueblos cercanos. Son pistas de tierra bastante claras; basta con llevar un mapa sencillo o mirar bien las bifurcaciones.
A primera hora solo se oye el roce del viento en el cereal o el motor lejano de algún tractor. Sobre los campos suelen verse milanos y, con algo de paciencia, algún busardo ratonero posado en postes o encinas aisladas.
El terreno es fácil para caminar o ir en bicicleta: largas rectas, pequeñas lomas y casi nada de tráfico. Eso sí, cuando el sol cae de lleno sobre el páramo apenas hay sombra.
La luz del atardecer sobre el cereal
Al final del día el pueblo cambia de color. Desde los bordes más altos —no hace falta subir mucho, basta con alejarse unos metros de las últimas casas— se abre una vista amplia sobre los campos. El cereal, cuando está alto, se mueve como una superficie continua y dorada. Entre medias aparecen almendros, encinas sueltas y algún ribazo donde crece hierba más alta.
El aire trae olor a paja seca o a tierra recién removida, según la época del año. En días tranquilos se escuchan incluso los cencerros del ganado que pasta en fincas cercanas.
Antes de venir
Villameriel es un pueblo pequeño y con pocos servicios. Conviene llegar con lo necesario si se piensa pasar varias horas por la zona. Para moverse por los caminos cercanos lo más práctico es aparcar cerca de la entrada del pueblo y continuar andando.
Primavera y principios de otoño suelen ser los momentos más agradables: el campo tiene más color y el viento todavía no corta la cara como en pleno invierno. En verano el paisaje está bonito, pero el sol cae fuerte a partir del mediodía y los caminos se vuelven muy secos.