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sobre Cillaperlata
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A primera hora, cuando el sol todavía tarda en asomar por encima de las paredes de roca del valle, el silencio en Cillaperlata es casi total. Solo se oye el Ebro corriendo unos metros más abajo y, de vez en cuando, el golpe seco de una puerta de madera. El turismo en Cillaperlata empieza así: con el coche entrando despacio por una carretera estrecha, entre campos de cereal y laderas pedregosas donde el paisaje ya anuncia que el río manda aquí.
El pueblo es pequeño —apenas unas decenas de vecinos— y se recorre en pocos minutos. Las calles son cortas y algo irregulares, con tramos de losa y otros donde el asfalto apenas tapa lo que había antes. Muchas casas conservan portones anchos, pensados para carros, y muros de piedra que cambian de color según la hora: gris por la mañana, casi dorado cuando el sol baja.
La iglesia de San Pedro y el centro del pueblo
La iglesia de San Pedro ocupa el centro del caserío. No es un edificio monumental, pero su volumen de piedra marca el ritmo de la plaza y de las casas que se arriman alrededor. La espadaña se ve desde casi cualquier punto del pueblo.
Si la puerta está abierta, dentro suele haber esa mezcla de olor a piedra fría y madera vieja que tienen muchas iglesias rurales. La luz entra tamizada por ventanas pequeñas, y el interior queda en penumbra incluso al mediodía. Es uno de esos lugares donde el tiempo parece moverse más despacio.
A su alrededor apenas hay tráfico. Aquí se camina.
El descenso hacia el Ebro
Desde el pueblo sale un camino que baja hacia el río. La pendiente es suave al principio y luego se acerca a un terreno más rocoso. El Ebro, en este tramo, no es ancho ni lento: discurre entre paredes calizas y curvas cerradas, con orillas donde crecen arbustos bajos y algunas choperas.
Si te quedas quieto unos minutos se oyen muchas más cosas de las que parece al principio: agua chocando contra las piedras, el viento pasando entre los matorrales, algún ave cruzando el valle. En estas laderas es habitual ver rapaces pequeñas aprovechando las corrientes de aire.
Después de lluvias fuertes el terreno puede estar resbaladizo, así que conviene llevar calzado con algo de suela.
Caminos alrededor del valle
Los alrededores de Cillaperlata tienen varios caminos agrícolas y senderos que siguen el curso del río o suben hacia los páramos cercanos. No están pensados como rutas señalizadas al detalle, más bien son caminos de uso local que se han ido manteniendo con los años.
Desde algunos puntos altos se alcanza a ver el valle del Ebro encajonado entre paredes de roca clara. En días despejados la luz de la tarde entra de lado y marca mucho las formas del terreno.
Para quien quiera moverse un poco más, a pocos kilómetros hay pueblos con más tamaño y servicios, como Frías, Oña o Trespaderne. Muchos viajeros combinan la visita con alguno de esos lugares y dejan Cillaperlata para una parada tranquila junto al río.
Comida de la zona
En esta parte de Burgos la cocina sigue muy ligada al campo. En los pueblos cercanos suelen aparecer platos contundentes: legumbres guisadas, carnes asadas y embutidos elaborados en invierno durante la matanza. Son recetas sencillas, de olla y horno, pensadas para jornadas largas de trabajo.
No hay una escena gastronómica como tal en el pueblo; lo normal es acercarse a alguna localidad cercana si se busca comer fuera.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
El valle puede ser caluroso en verano cuando el sol ya está alto, porque las paredes de roca guardan el calor. Si vas a caminar por los senderos, lo más llevadero suele ser salir temprano o esperar a la última hora de la tarde.
El pueblo es pequeño y las calles son estrechas. Lo habitual es dejar el coche en la entrada y moverse andando.
En días tranquilos —fuera de fines de semana muy concurridos en la comarca— Cillaperlata tiene algo que cuesta encontrar en muchos sitios: tiempo. El sonido del río, una conversación que sale por una ventana abierta, el viento moviendo las hojas de las choperas. Poco más. Y, a veces, eso es justo lo que uno venía buscando sin saberlo.