Castilla y León · Cuna de Reinos

Merindad De Montija

723 habitantes · INE 2025
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sobre Merindad De Montija

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Las campanas de Villasante dan las ocho cuando el sol todavía no ha entrado en el valle. La niebla se agarra a las encinas del Zalama como si fuera algodón húmedo. Desde la ventana de la casa donde me alojo, veo cómo un hombre de chaquetón negro abre la cancela del corral y las vacas salen con su aliento blanco flotando en el aire. Así empieza un día cualquiera en la Merindad de Montija, aunque aquí nadie lo llamaría turismo. Es simplemente el primer lunes de abril.

El olor de la tierra mojada

La Merindad huele a tierra recién removida y a leña quemándose. Viven aquí algo más de setecientas personas repartidas en concejos que parecen puestos con alfileres en el mapa: Villasante, Bercedo, Bárcena de Pienza, Antuzanos. Las casas son de piedra oscura, con tejados a dos aguas que se apoyan unas en otras, como si el viento del norte empujara siempre en la misma dirección.

La carretera que llega desde Balmaseda serpentea entre hayas y robles; en algunos tramos se estrecha tanto que dos coches pasan rozando los espejos. Es mejor no ir con prisa y bajar la ventanilla. El aire huele a musgo y a hojas húmedas.

En Villasante, que hace de capital administrativa, se levanta una torre del siglo XVI vinculada a la familia de los Alvarado. No tiene grandes paneles ni una puerta preparada para visitas. Está ahí, con la piedra oscurecida por la humedad y algunas ventanas oxidadas. A pocos pasos empieza el robledal: cientos de robles viejos, algunos huecos por dentro. Hay quien cuenta que por este camino pasó Carlos V cuando se dirigía hacia Yuste, aunque aquí las historias se transmiten más de boca en boca que en documentos. Cuando llueve fuerte, dicen los vecinos, los troncos suenan huecos, como si la madera guardara un eco antiguo.

Cuando el agua encuentra su sitio

La cascada de Aguasal queda a unos cuarenta minutos andando desde el último caserío de Villasante. El sendero baja por un carril de piedras sueltas; al final del trayecto las zapatillas ya llevan media capa de barro marrón. Primero llega el ruido, que rebota entre las paredes del valle. Luego aparece el salto de agua, alto, cayendo sobre una poza oscura.

En verano, algunos chavales del pueblo se acercan a bañarse aunque el agua esté fría incluso en agosto. En invierno, cuando hiela varios días seguidos, la cascada puede quedarse a medias congelada y las paredes se llenan de columnas blancas.

Más al norte están las Lagunas de Antuzanos. No son lagos grandes ni están señalizadas con grandes carteles: son tres láminas de agua oscura escondidas entre brezo y retamas. La caminata ronda los seis kilómetros con bastante sube y baja, y es fácil acabar con los pantalones arañados por las ramas. Al atardecer de mayo el lugar se llena de ranas; el sonido es continuo, como si la tierra respirara.

La mesa donde no sobra nada

En la Merindad no se cocina pensando en forasteros. Se cocina porque es mediodía.

En la casa donde me quedo, la dueña pone un chuletón de buey criado en la montaña. La carne llega casi negra a la mesa, jugosa, con ese sabor a hierba que dejan los animales que pastan en laderas empinadas. Lo acompaña con pimientos asados que secó semanas antes en el tendedero del patio.

La morcilla de Burgos aquí suele llevar bastante cebolla y arroz. La cortan en rodajas gruesas y pasa por la sartén hasta que los bordes quedan dorados. También aparece queso de oveja de la zona: corteza ocre, interior cremoso, olor a establo limpio y a heno seco.

Cuando llega el frío, la olla manda. Alubias que se cuecen durante horas con compango mientras la cocina se llena de vapor. Si levantas la tapa demasiado pronto, las gafas se empañan al instante.

Las fiestas que no se anuncian

El 29 de septiembre, día de San Miguel, Bercedo vuelve a llenarse de gente que hace años se fue a Bilbao o a la costa y mantiene aquí la casa familiar. No suele haber grandes programas impresos. La banda toca en el frontón a media mañana y después cada familia se reparte entre casas y cuadrillas.

Por la tarde sale la procesión por calles estrechas. Algunas mujeres todavía llevan mantilla negra y desde algún balcón caen caramelos para los niños.

En mayo se celebra la romería de la Virgen de la Estrella en Villasante. El camino hasta la ermita ronda los tres kilómetros entre prados. Muchos suben andando con fiambreras de tortilla y botellas de vino. Al final del día quedan los bancos de piedra ocupados por abuelos que repasan historias del pueblo: quién volvió, quién vendió la casa, quién se casó con quién.

Cómo llegar y cuándo ir

La Merindad queda aproximadamente a una hora y cuarto de Bilbao por la A‑8 y la N‑629. El último tramo son bastantes curvas. Conviene venir con el depósito bien cargado porque en el propio municipio no suele haber gasolinera; la más cercana está en Balmaseda.

La primavera suele ser el momento más agradecido: prados muy verdes, agua corriendo por las cunetas y días largos. En agosto hay más movimiento y algunas casas que permanecen cerradas el resto del año se abren, aunque el calor aprieta más en el fondo del valle.

En otoño llegan las ferias ganaderas a Villasante y pueblos cercanos; entonces las calles se llenan de remolques, vacas y ovejas. Es uno de esos días en los que el campo deja de ser paisaje y vuelve a ser trabajo.

El alojamiento suele concentrarse en casas rurales y algunos apartamentos. Muchos abren solo con reserva previa. Y conviene traer buen calzado: aquí los caminos siguen siendo de tierra, y cuando llueve el barro se pega a las suelas como plastilina.

Datos de interés

Comunidad
Castilla y León
Comarca
Burgos
Costa
No
Montaña
No
Temporada
Todo el año

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Por qué visitarlo

Ficha técnica

Población
723 hab.
Provincia
Burgos

Preguntas frecuentes sobre Merindad De Montija

¿Cómo llegar a Merindad De Montija?

Merindad De Montija es un municipio en la comarca de Burgos, Castilla y León, con unos 723 habitantes. Se puede llegar en coche por carreteras comarcales. Coordenadas GPS: 43.0637°N, 3.4868°W.

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