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sobre Montorio
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A las afueras de Burgos, cuando la ciudad ya queda atrás y el paisaje empieza a abrirse en lomas suaves y campos de cereal, aparece Montorio. El turismo en Montorio no tiene mucho que ver con grandes planes: aquí lo que manda es el ritmo del campo. Al atardecer, cuando el sol cae bajo sobre las tierras de labranza, los trigales toman un tono dorado algo polvoriento y el silencio solo se rompe por algún tractor lejano o por el viento rozando las espigas.
Montorio es pequeño —apenas un centenar largo de vecinos— y eso se nota enseguida. No hay prisas. Las calles son cortas, con casas de piedra y adobe donde todavía se ve la textura irregular del muro bajo la cal. Algunas fachadas se han arreglado en los últimos años, pero muchas conservan portones de madera oscurecida y aleros de teja curva que proyectan una sombra estrecha sobre la calle.
En el centro del pueblo aparece la iglesia parroquial de San Juan Bautista. No es un edificio monumental; más bien una construcción sobria, con esa mezcla de reformas que se han ido acumulando con los años. La espadaña sobresale por encima de los tejados y suele ser lo primero que se distingue cuando te acercas por carretera.
Pasear por las calles de Montorio
El casco del pueblo se recorre en poco tiempo, pero merece la pena hacerlo despacio. Hay detalles que solo se ven caminando: los dinteles desgastados, las rejas de hierro algo torcidas por el paso de los años, alguna puerta con clavos antiguos.
Por la mañana temprano el pueblo está especialmente quieto. Se oye algún gallo, una puerta que se abre, el ruido seco de una escoba contra la acera. En verano, muchos vecinos mantienen pequeños huertos cerca de casa; al pasar se reconoce el olor de las tomateras y de las hierbas recién regadas.
Caminos entre campos y lomas
Alrededor de Montorio salen varios caminos agrícolas que serpentean entre parcelas de cereal y manchas de matorral bajo. No son rutas señalizadas en el sentido turístico del término; son caminos de trabajo que la gente del pueblo ha usado siempre para moverse entre fincas.
A pie o en bicicleta se pueden recorrer tramos sencillos. El terreno es bastante amable, con pendientes suaves. A primera hora de la mañana o al final de la tarde el paisaje cambia mucho: la luz rasante marca las ondulaciones del terreno y las sombras se alargan sobre los campos.
Si te detienes un rato en silencio es fácil ver alguna rapaz planeando sobre las corrientes de aire. Con algo de suerte también aparecen corzos en los bordes de los sembrados, sobre todo al amanecer.
Conviene llevar agua y algo de protección para el sol: en muchos tramos no hay apenas sombra.
Excursiones por los alrededores
Montorio también puede servir como punto tranquilo desde el que moverse por esta parte de la provincia de Burgos. En los pueblos cercanos aparecen iglesias románicas, pequeñas ermitas y tramos de paisaje muy abiertos, típicos de la meseta norte.
Las distancias entre pueblos no suelen ser grandes, pero el transporte público por la zona es limitado, así que lo normal es moverse en coche por carreteras locales.
Fiestas y vida del pueblo
Las fiestas patronales se celebran tradicionalmente en torno a San Juan Bautista, hacia el verano. Son celebraciones sencillas: procesión por las calles, música por la noche y actividades organizadas por los propios vecinos. En pueblos tan pequeños todo ocurre cerca y el ambiente depende mucho de la gente que esté esos días.
A lo largo del año también se mantienen algunas costumbres ligadas al calendario agrícola, aunque muchas han ido perdiendo tamaño con el paso del tiempo.
Cuándo acercarse
La primavera cambia bastante el paisaje alrededor de Montorio. Después del invierno seco, los campos se vuelven de un verde intenso durante unas semanas y el contraste con la tierra clara de los caminos es muy marcado.
El verano trae días largos y más movimiento en el pueblo, sobre todo en agosto. Si prefieres verlo en calma, lo mejor es pasar entre semana y a primera hora del día.
Montorio no tiene grandes monumentos ni una lista larga de cosas que hacer. Lo que queda es otra cosa: la piedra gastada de las casas, el olor del cereal cuando lo siegan en julio, la sensación de que aquí el tiempo se mueve un poco más despacio que en la ciudad cercana. Un pueblo pequeño, de los que se entienden mejor caminando sin rumbo y mirando alrededor.