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sobre Aldehuela del Codonal
Pequeño núcleo rodeado de campos de cultivo y pinares; ideal para el retiro y la vida sencilla
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A primera hora de la mañana, cuando el aire todavía huele a tierra fría y a paja, Aldehuela del Codonal aparece casi de golpe entre los campos de cereal de la campiña segoviana. Un puñado de casas bajas, piedra mezclada con adobe y tejados rojizos que se ven desde la carretera antes de que aparezca la primera calle. El turismo en Aldehuela del Codonal no tiene nada que ver con monumentos o rutas señalizadas: aquí lo que se encuentra es silencio, campo abierto y un pueblo diminuto que sigue funcionando a su propio ritmo.
Está a menos de una hora en coche de Segovia capital. Hoy viven aquí apenas dos docenas de personas, repartidas en unas pocas calles cortas donde casi todo se ve de un vistazo.
Un puñado de casas alrededor de la iglesia
Al entrar, el pueblo se entiende rápido. Las casas se agrupan sin mucho orden alrededor de la iglesia parroquial, que marca el centro. Es un edificio sencillo, de ladrillo y madera en algunas partes, con una espadaña pequeña que apenas sobresale sobre los tejados. A su alrededor está el cementerio, pegado al núcleo de viviendas, con cruces de piedra que asoman por encima del muro.
Muchas fachadas muestran capas de reparaciones: cemento sobre adobe, ladrillos más nuevos junto a muros muy antiguos. Las ventanas suelen ser pequeñas, pensadas más para guardar el calor en invierno que para dejar pasar la luz. En varias esquinas aún quedan útiles de campo olvidados —un trillo apoyado contra una pared, alguna rueda metálica oxidada— que recuerdan que aquí el calendario siempre ha estado ligado a la cosecha.
El paisaje: cereal hasta el horizonte
Desde cualquier borde del pueblo el terreno se abre sin obstáculos. La Campiña Segoviana es así: parcelas amplias, tonos que cambian según la época del año y muy pocos árboles. En primavera el verde es intenso; en verano domina el dorado del cereal ya seco y el polvo fino de los caminos.
En algunos puntos del entorno aparecen pequeñas formaciones de roca caliza que sobresalen entre la tierra labrada. No son grandes peñascos, más bien montículos irregulares que rompen la uniformidad del terreno.
En días despejados, mirando hacia el sur, la silueta de la Sierra de Guadarrama se dibuja muy lejos, como una línea azulada en el horizonte. No hay miradores preparados: basta con salir por cualquiera de los caminos de tierra que parten del pueblo.
Caminos agrícolas para caminar despacio
Varias pistas agrícolas conectan Aldehuela con otros pueblos de la zona. Son caminos anchos de tierra, pensados para tractores más que para senderistas, pero se pueden recorrer a pie o en bici sin dificultad.
No esperes señalización ni paneles. Aquí caminar consiste en seguir la traza del camino y orientarse por los campos. Si vas en verano conviene evitar las horas centrales: la sombra es escasa y el sol cae de lleno sobre la llanura.
Con un poco de paciencia se oyen alondras, trigueros y otras aves propias de los campos abiertos. Algunas rapaces suelen planear sobre las parcelas recién trabajadas. En esta parte de Segovia también se mueven aves esteparias como avutardas o sisones, aunque verlas depende mucho de la época y de la distancia.
Un pueblo sin servicios (y eso conviene saberlo)
Aldehuela del Codonal es muy pequeño y no tiene tiendas ni bares. Tampoco es fácil encontrar fuentes públicas dentro del pueblo. Si vas a pasar un rato caminando por los alrededores, lo mejor es llevar agua y algo de comida desde otro municipio cercano.
El coche se puede dejar sin problema en cualquiera de las calles de entrada. No suele haber tráfico más allá de algún vecino o maquinaria agrícola.
Cuándo acercarse
El momento más agradable suele ser primavera o principios de otoño, cuando el campo cambia de color y la temperatura permite caminar sin prisas. En verano el calor aprieta bastante y el paisaje se vuelve más áspero, aunque al amanecer y al atardecer la luz sobre los campos tiene algo hipnótico.
Más que un lugar al que “venir a ver cosas”, Aldehuela del Codonal funciona mejor como una pausa breve en mitad de la campiña: un paseo entre casas antiguas, el sonido del viento en el cereal y la sensación de estar en uno de esos pueblos que siguen habitados, aunque el mapa casi los pase por alto.