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sobre Fuentepelayo
Villa con importante feria agrícola histórica; destaca su arquitectura y actividad cultural
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Las cigarras empiezan a cantar cuando el sol toca la línea de trigales que rodea el pueblo. Son las seis de la tarde de agosto y el aire huele a pan reciente y a tierra caliente. En la plaza de la Constitución, bajo los soportales de la Casa Consistorial, un hombre mayor da de comer a las palomas con movimientos lentos, como si cada gesto contara los siglos que Fuentepelayo lleva sobre el mapa.
Fuentepelayo no aparece en las postales de Segovia. No tiene acueducto ni alcázar. Tiene algo más de setecientos vecinos repartidos en casas de adobe y ladrillo rojizo que se agrupan alrededor de dos torres: la de la iglesia de San Salvador, con su artesonado mudéjar que huele a cera y a madera vieja, y la de Santa María, más baja, de ladrillo vidriado que se vuelve gris verdoso cuando llueve. Entre ambas, el arroyo Malucas serpentea sin prisa, buscando el Cega como quien va a por el pan.
El momento en que el pueblo se queda solo
La luz de las siete de la mañana entra por las ventanas sin contraventanas de las casas bajas. Las persianas de madera se levantan con un chirrido que rebota en las calles tranquilas. Cerca de la plaza aún queda olor a horno apagado desde la noche anterior. Las mujeres mayores llevan bolsas de tela y hablan en voz baja, como si el pueblo siguiera medio dormido.
Es uno de los pocos ratos del día en que Fuentepelayo está casi vacío. Más tarde empiezan a cruzar coches despistados y algún ciclista que atraviesa la campiña segoviana por las carreteras secundarias. El pueblo entonces sigue a lo suyo, con esa calma algo reservada de los sitios agrícolas.
Las charcas que no aparecen en los mapas
A un par de kilómetros del casco urbano, la charca de La Calzada aparece en medio de los campos como un espejo irregular. Es endorreica, como las de La Yosa o Faco García: el agua se queda ahí, sin salida clara, y eso crea pequeños humedales que cambian mucho según el año.
En primavera suelen verse ranas y aves que paran un rato en el agua quieta. A veces flotan nenúfares blancos, muy discretos, apenas unas manchas claras sobre la superficie. Los vecinos hablan de estas charcas simplemente como “las lagunas”. No suelen estar señalizadas, así que lo más fácil es preguntar en la plaza o seguir alguno de los caminos de tierra que salen hacia los campos.
El ladrillo que cuenta historias
La torre de Santa María llama la atención incluso desde lejos. Está levantada con ladrillo vidriado y, vista de cerca, da la sensación de que cada pieza se colocó casi a ojo, sin una geometría demasiado estricta. Con el sol de la tarde aparecen tonos verdes, grises y ocres que cambian según la luz.
En la cara sur hay una especie de espiral irregular formada por varios ladrillos. Algunos estudios la interpretan como un simple desajuste de obra. Entre la gente mayor del pueblo circula otra versión: que el albañil que la levantó dejó ahí una especie de firma. Como suele pasar, nadie lo tiene del todo claro.
Cuándo venir y cuándo irse
Septiembre suele ser un buen momento para ver Fuentepelayo con calma. Las cosechas ya están recogidas y el aire trae olor a grano almacenado y a las primeras hogueras de poda. Durante el día todavía hace buena temperatura, pero por la noche refresca y las calles vuelven a quedarse tranquilas.
En pleno verano, sobre todo los fines de semana, el ritmo cambia un poco porque regresan muchas familias que tienen casa en el pueblo. Si buscas silencio, conviene madrugar o moverse entre semana.
En Fuentepelayo hay algunos alojamientos rurales sencillos y un par de bares donde se reúne la gente del pueblo. No hay rutas muy señalizadas ni oficina de turismo. Lo que sí hay es una red de caminos de tierra que se abren entre los trigales y conectan con otros pueblos de la campiña segoviana, muchos todavía más pequeños.
Al atardecer la luz cae de lado sobre las paredes de adobe y el color se vuelve dorado, casi viejo. Desde el cementerio, que queda algo más alto que el casco urbano, se ve todo el término: campos abiertos, líneas de árboles junto al Cega y el trazado del Malucas perdiéndose entre las parcelas. Fuentepelayo sigue su ritmo tranquilo mientras cae la tarde y las cigarras vuelven a llenar el aire.