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sobre Villeguillo
Pueblo de la campiña con lagunas esteparias; paso de la Cañada Real
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El silencio de la mañana en Villeguillo se rompe casi siempre con lo mismo: algún coche que arranca despacio y el sonido metálico de una persiana subiendo. A unos 760 metros de altitud, en plena Campiña Segoviana, el pueblo aparece entre campos abiertos donde el cereal manda. En primavera el verde cubre todo hasta el horizonte; cuando llega julio, ese mismo paisaje se vuelve dorado y seco, con el polvo levantándose detrás de los tractores.
Villeguillo ronda los 120 habitantes y el ritmo diario sigue muy pegado al campo. Se nota en cosas pequeñas: corrales pegados a las casas, montones de leña ordenados junto a las tapias o bodegas excavadas en la tierra que aún se usan para guardar vino o alimentos. En algunas esquinas quedan palomares y construcciones auxiliares que recuerdan hasta qué punto la vida aquí siempre ha girado alrededor de la tierra.
Las casas mezclan piedra, ladrillo y portones de madera oscurecida por los años. Muros gruesos, ventanas pequeñas y patios interiores que resguardan del viento. En invierno la Campiña puede ser áspera, con heladas que se quedan en los tejados hasta bien entrado el día.
La iglesia y la plaza donde se junta el pueblo
La iglesia parroquial de San Miguel concentra buena parte de la historia local. El edificio actual parece fruto de varias etapas de obra, algo bastante común en pueblos de esta zona. Dentro hay una pila bautismal de piedra muy gastada por el uso y un retablo sencillo, sin grandes adornos.
A pocos pasos está la plaza, con soportales donde todavía se paran algunos vecinos a hablar cuando aprieta el sol. No es una plaza grande ni especialmente ordenada, pero funciona como punto de encuentro: aquí se cruzan los que salen a caminar por la tarde y los que vuelven del campo.
Calles cortas, patios y detalles que pasan desapercibidos
Caminar por Villeguillo lleva poco tiempo, pero conviene hacerlo despacio. En las fachadas aparecen detalles que cuentan más que cualquier cartel: aldabas antiguas, ladrillos colocados en espiga, esquinas reforzadas con sillares más claros.
Detrás de muchas puertas hay corrales donde todavía se guardan herramientas, remolques o pequeños animales. En los sótanos y bodegas se han almacenado durante generaciones patatas, legumbres o embutidos de la matanza. Algunas familias siguen haciéndolo en invierno, cuando el frío ayuda a curar los productos sin prisas.
Caminos entre cereal
Alrededor del pueblo no hay rutas señalizadas ni paneles interpretativos. Lo que hay son caminos agrícolas que salen en todas direcciones y conectan con otros núcleos de la zona. Son pistas de tierra compacta, bastante llanas, que usan a diario los agricultores.
Si te gusta caminar sin itinerario cerrado, basta con seguir uno de esos caminos al atardecer. La línea del horizonte es limpia, casi sin árboles, y el cielo ocupa media escena. En ciertas épocas pueden verse avutardas en los campos abiertos, además de milanos, aguilillas o cigüeñas cuando vuelven en primavera.
Conviene evitar las horas centrales del verano: hay muy poca sombra y el calor cae de lleno sobre los caminos.
Cocina de casa y matanza en invierno
La cocina que se mantiene en el pueblo es la de siempre: platos de cuchara cuando hace frío y carne asada en horno de leña en ocasiones señaladas. Los guisos con garbanzos, cebolla, ajo y algo de tocino siguen apareciendo en muchas mesas durante el invierno.
La matanza del cerdo todavía se realiza en algunas casas entre noviembre y diciembre. De ahí salen chorizos, morcillas y otras piezas que luego se curan en desvanes o bodegas. No es un espectáculo para visitantes; es una tarea familiar que forma parte del calendario del pueblo.
Las fiestas de San Miguel
Las fiestas patronales giran alrededor de San Miguel Arcángel y suelen celebrarse hacia finales del verano o principios del otoño. Durante esos días el ambiente cambia: procesiones por las calles, música y comidas largas donde participan vecinos que viven fuera y vuelven esos días.
No hay grandes escenarios ni programaciones multitudinarias. Lo que se ve es al pueblo reunido, algo que en lugares tan pequeños todavía conserva bastante sentido.
Cuándo acercarse
Villeguillo se entiende mejor en dos momentos del año: entre marzo y mayo, cuando el campo está verde y el aire huele a tierra húmeda, o a principios de otoño, con el paisaje ya segado y los tonos ocres dominando la llanura.
Si vienes en coche, lo más práctico es aparcar cerca de la plaza y salir a caminar sin rumbo. En menos de media hora habrás cruzado el pueblo entero. Lo interesante está en parar, mirar alrededor y escuchar: el viento moviendo el cereal, algún perro ladrando a lo lejos, y esa sensación de espacio abierto que define buena parte de la Campiña segoviana.