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sobre Narros
Localidad agrícola en zona elevada con vistas panorámicas
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A las seis de la tarde, la luz del sol cae casi en vertical sobre las casas de piedra de Narros. En ese momento del día las fachadas se vuelven pálidas, como si el polvo del verano se hubiera quedado pegado a la cal. Narros es un pueblo pequeño del Campo de Gómara, apenas unas decenas de casas apoyadas en la ladera suave de la meseta. Lo primero que se nota es el silencio: pasos sobre las losas, una puerta de madera que cruje, algún tractor que pasa a lo lejos. En el centro, la iglesia de San Juan Bautista marca el punto alrededor del que se organiza todo.
El paisaje que rodea el pueblo es una extensión abierta de cereal y barbechos. En verano los campos se vuelven dorados y ocres, y cuando sopla el viento el trigo seco produce un roce continuo, como papel arrugado. Desde la calle principal —que sube y baja entre muros gruesos y balcones de madera— la vista se abre enseguida hacia horizontes muy largos, con lomas suaves que apenas interrumpen la línea del cielo. La altitud ronda los 1.100 metros y se nota: los inviernos suelen ser duros y en verano, cuando cae el sol, la temperatura baja rápido. En agosto no es mala idea llevar una chaqueta ligera si vas a quedarte en la calle al anochecer.
Las calles de Narros conservan todavía muchos rasgos de la arquitectura rural de esta parte de Soria: portones grandes de madera, bisagras oscuras por el óxido, ventanas pequeñas para defenderse del cierzo. Algunas fachadas siguen encaladas; otras dejan ver directamente la piedra. Hay casas muy cuidadas y otras que muestran el desgaste de décadas de inviernos. El recorrido por el núcleo se hace en poco tiempo —veinte minutos bastan— pero merece la pena ir despacio, fijándose en las tejas curvas, en los pequeños soportales o en los huertos que aparecen detrás de algunas tapias.
La iglesia de San Juan Bautista
La iglesia de San Juan Bautista es el edificio más visible del pueblo. Está construida con sillares de piedra y un campanario de planta cuadrada que se reconoce desde cualquier punto de la calle principal. Su origen suele situarse en torno al siglo XVI, aunque como ocurre en muchos templos rurales ha tenido reformas posteriores.
No siempre está abierta. Cuando coincide encontrarla así, el interior es sobrio: retablos barrocos, imágenes devocionales antiguas y restos de pintura en algunos muros que parecen bastante viejos. Al rodearla, el terreno cae ligeramente hacia los campos y la vista se limpia de casas. Desde ahí se distingue la loma donde antiguamente hubo un molino, hoy ya sin uso.
Campos abiertos y caminos entre pueblos
En los alrededores el viento mueve casi todo: espigas, hierbas secas, algún almendro aislado junto a las lindes. Después de una lluvia ligera el olor de la tierra se queda suspendido en el aire durante horas.
No hay miradores señalizados ni carteles que indiquen dónde parar. Aquí lo normal es caminar un poco por los caminos agrícolas que salen del pueblo y detenerse donde apetezca. Desde cualquier alto cercano aparecen esas panorámicas tan propias del Campo de Gómara: parcelas largas, líneas rectas marcadas por el arado y, muy de vez en cuando, una mancha verde de árboles.
Algunos de esos caminos conectan con pueblos cercanos como Villaverde del Campo o Montejo de Gila. Son trayectos sencillos, bastante llanos, por tierra compacta o tramos de asfalto rural. Conviene llevar agua y algo de comida porque en el recorrido no hay servicios ni fuentes señalizadas.
Comer en Narros
En Narros no hay bares ni restaurantes abiertos al público. Si vas a pasar unas horas, lo mejor es llegar con algo preparado o comprar antes en alguna localidad mayor de la zona.
La cocina de la comarca sigue muy ligada a lo que se ha hecho siempre en las casas: cordero al horno de leña, migas acompañadas con uvas o setas cuando es temporada, productos de matanza en invierno. Son platos que todavía aparecen en reuniones familiares y fiestas de los pueblos cercanos.
El cielo cuando cae la noche
Cuando anochece y se apagan las pocas luces del pueblo, el cielo se vuelve muy profundo. En verano, si la noche está despejada, la franja de la Vía Láctea suele distinguirse con claridad y las constelaciones aparecen mucho más nítidas que en cualquier ciudad.
En invierno el frío puede ser intenso y no invita a quedarse mucho rato fuera, pero con abrigo suficiente y un poco de paciencia se entiende bien cómo debían de ver el cielo aquí hace generaciones: oscuro, lleno de estrellas y sin ruido alrededor.
Narros funciona casi como una pausa dentro del paisaje del Campo de Gómara. Un lugar donde sentarse un rato en el banco de piedra junto a la iglesia, escuchar el viento en los campos y ver cómo la luz cambia poco a poco sobre los tejados.
Si solo tienes…
Una o dos horas
Da una vuelta tranquila por el núcleo del pueblo. Las calles se recorren rápido, pero merece la pena detenerse en los detalles: portones antiguos, huertos detrás de las tapias, la silueta de la iglesia dominando el caserío. Si está abierta, entra un momento.
Después, sal por alguno de los caminos que parten del borde del pueblo. En pocos minutos el paisaje se abre y se entiende mejor la escala del lugar.
Un día entero
Con más tiempo, la mejor forma de pasar el día es moverse a pie o en coche entre los pueblos cercanos del Campo de Gómara. Las distancias son cortas, pero el paisaje cambia según la loma o la orientación de los campos.
Conviene llevar comida o comprarla antes en alguna localidad mayor, porque en Narros no hay comercios ni bares. Un picnic sencillo en alguno de los caminos, con el viento moviendo el cereal alrededor, encaja bastante con el ritmo del lugar.
Si decides quedarte hasta la noche, abrígate incluso en verano. Cuando se apaga la última luz del pueblo, el cielo se llena de estrellas y el silencio vuelve a ser lo que más se nota. En Narros el tiempo pasa despacio, y eso forma parte de lo que uno viene a buscar, aunque no siempre lo diga en voz alta.