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sobre Villaseca de Arciel
Pequeña aldea agrícola
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A las once de la mañana, en el silencio de Villaseca de Arciel, la luz cae casi a plomo sobre las paredes de piedra y adobe. No hay sombra apenas. El cielo, muy abierto, agranda todavía más la llanura que rodea el pueblo. A esa hora lo que se oye es el viento rozando los tejados y, de vez en cuando, algún golpe metálico de una puerta que no termina de cerrar bien.
Villaseca está en la comarca del Campo de Gómara, en la parte oriental de Soria, a más de mil metros de altitud. Aquí la meseta se muestra sin adornos: campos muy largos, pocas arboledas y una línea de horizonte limpia que cambia de color según la estación. El pueblo, donde viven poco más de veinte personas, conserva la huella de una vida agrícola que hoy se percibe sobre todo en las construcciones y en la forma del paisaje.
Las casas y la iglesia en el centro del pueblo
Las calles son cortas y tranquilas, con tramos de tierra y otros de hormigón más reciente. A ambos lados aparecen casas de adobe, muros de piedra irregular y portones grandes que en su día daban paso a corrales o cuadras. Muchas fachadas tienen ese tono entre beige y gris que deja el paso de los inviernos duros de la zona.
La iglesia parroquial, dedicada a la Asunción, se levanta cerca de la pequeña plaza. Es un edificio sobrio, de piedra arenosa, que probablemente se levantó en el siglo XVI o en una época cercana. Desde fuera se aprecia mejor que desde dentro: la puerta suele permanecer cerrada la mayor parte del tiempo y solo se abre en momentos concretos del año, cuando regresan vecinos o se celebra algún acto puntual.
Alrededor todavía se ven pajares, cobertizos y corrales que explican cómo funcionaba el pueblo cuando había más movimiento. No están restaurados ni convertidos en otra cosa; simplemente siguen ahí, con las vigas oscuras y las tejas algo torcidas.
El paisaje del Campo de Gómara alrededor
En cuanto sales unos metros del casco urbano aparece lo más característico de Villaseca de Arciel: la amplitud del paisaje. Los caminos agrícolas salen del pueblo en varias direcciones y enseguida te dejan rodeado de cereal.
En primavera el verde es casi continuo y el aire trae olor a tierra húmeda. En verano todo vira hacia los dorados y el sonido dominante es el roce seco del trigo cuando sopla el viento. Después de la cosecha quedan rastrojos y una sensación de espacio todavía más grande.
No hay miradores ni paneles. Basta caminar un poco por cualquiera de los caminos para tener vistas abiertas de la llanura. En días claros se intuyen relieves suaves en la distancia, que ayudan a orientarse en un territorio donde el cielo ocupa medio paisaje.
Si te gusta caminar, conviene venir con agua y protección contra el sol: hay muy poca sombra y en las horas centrales del día el calor cae directo sobre el campo.
Restos de la vida agrícola
Entre las parcelas aparecen pequeñas pistas de lo que fue la actividad cotidiana del lugar: cercados de piedra seca, algún palomar aislado y naves agrícolas que muestran diferentes épocas de construcción.
También se ven campos que ya no se trabajan. La vegetación espontánea empieza a cubrirlos y en verano toman un tono rojizo y áspero. En esas zonas es fácil escuchar alondras, calandrias u otras aves propias de la estepa cerealista, que aquí todavía encuentran espacio.
Pasear sin prisa por el pueblo
Villaseca se recorre en poco tiempo, pero conviene hacerlo despacio. La calle Mayor conduce hacia la iglesia y a partir de ahí salen callejuelas más estrechas donde todavía quedan puertas de madera muy gastadas y rejas sencillas en las ventanas.
A media tarde la luz entra lateral entre las casas y marca mucho las texturas del adobe y la piedra. Es uno de los momentos más agradables para caminar, sobre todo en verano, cuando el calor empieza a aflojar.
Cielos abiertos al caer la noche
Cuando oscurece, el pueblo queda casi sin iluminación. Al alejarse unos metros por los caminos la oscuridad es completa y el cielo se llena de estrellas con bastante claridad en noches despejadas.
Eso sí: incluso en verano la temperatura baja rápido una vez se va el sol, así que conviene llevar algo de abrigo si piensas quedarte un rato fuera.
Un pueblo pequeño dentro de una red de aldeas
Villaseca forma parte de un mosaico de pueblos muy pequeños repartidos por el Campo de Gómara. Con el coche se llega en poco tiempo a otras localidades de la zona, algunas con más vida diaria o con bares abiertos ciertos días.
Mucha gente que tiene casa aquí viene sobre todo en verano o en fechas señaladas. En agosto suele haber algo más de movimiento y es cuando se celebran las fiestas del pueblo, momento en que regresan familias que pasaron su infancia entre estas mismas calles.
El resto del año domina la calma. Villaseca de Arciel es uno de esos lugares donde el paisaje y el silencio pesan más que cualquier monumento. Aquí lo que queda es la escala del campo, el viento moviendo el cereal y la sensación de estar en una parte de Soria donde todo ocurre despacio.