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sobre Castrillo de Duero
Municipio fronterizo con Segovia y cuna del Empecinado; situado a los pies del pico Cuchillejo con tradición vitivinícola
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Hay pueblos que son destinos y otros que son paradas. Castrillo de Duero es de los segundos. Es ese tipo de lugar al que llegas casi por casualidad, quizá buscando un camino entre viñedos o huyendo del gentío de Peñafiel, y te encuentras con un sitio que funciona a su propio ritmo. Un ritmo marcado por las cepas, el frío del páramo y poco más.
Aquí viven unas cien personas. No hay tiendas de souvenirs ni carteles que digan “foto panorámica”. Lo que hay es un pueblo agrícola, de piedra y adobe, con portones anchos para los tractores y fachadas que cuentan su edad sin aspavientos.
Un paseo corto, con sorpresas si miras bien
El casco urbano se recorre en diez minutos. Pero si vas rápido, te lo pierdes todo. Las calles tienen pequeñas cuestas y siempre parece haber un tractor aparcado en alguna esquina. La iglesia parroquial sirve de referencia; la ves asomar entre los tejados y ya sabes por dónde vas.
Lo interesante está en los detalles: puertas antiguas con herrajes oxidados, respiraderos de bodegas incrustados en las paredes de las casas. Bajo muchas viviendas hay bodegas excavadas en la tierra, típicas de esta zona. Durante años guardaron vino y patatas; algunas aún se usan, aunque no están abiertas para el turista casual.
Al salir del pueblo, el paisaje se abre. Son viñedos hasta donde alcanza la vista. En otoño es cuando cambia: las hojas se ponen rojas y doradas y el valle parece una manta parchada. Si el día está claro, desde algunos puntos se ve la silueta del castillo de Peñafiel al fondo.
Senderos donde solo se oye el viento
Alrededor salen caminos agrícolas ideales para andar o ir en bici. No esperes grandes montañas; esto son subidas suaves entre viñas, alguna encina solitaria y tramos de páramo donde el aire silba.
Si vas a primera hora o al caer la tarde, es fácil ver rapaces cicleando sobre los campos. También perdices, que aquí aún crían a sus anchas.
La Senda del Duero pasa cerca y enlaza varios pueblos ribereños. Mucha gente junta un tramo junto al río con una subida a los páramos altos; así cambias de escenario sin necesidad de hacer una ruta épica.
Vino que es trabajo, no decoración
Estamos en la Ribera del Duero, así que el vino no es una anécdota: es el paisaje y el trabajo diario. Verás viñas cuidadosamente podadas, tractores entrando a los majuelos y remolques llenos de uva en septiembre. No es una postal bonita; es lo que hay.
Si buscas visitar bodegas con más estructura, tienes Peñafiel, Pesquera o Roa a un tiro de piedra. Allí sí hay bodegas familiares que reciben visitantes, aunque conviene llamar antes porque los horarios suelen ser flexibles.
Y luego está la comida. Si te plantas en cualquiera de estos pueblos a la hora de comer, lo normal es encontrarte con cordero lechal asado en horno de leña acompañado de un tinto local. Es lo que se come por aquí desde hace siglos, y después de una mañana caminando entre cepas sabe mejor que nunca