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sobre Olivares de Duero
Pueblo situado en la ribera del Duero; destaca por su iglesia gótica con retablo renacentista y sus bodegas
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La primera vez que pasé por Olivares de Duero tuve esa sensación de cuando entras en la casa de un amigo del pueblo: nadie ha preparado nada para impresionarte, pero todo tiene lógica. Es el típico sitio donde la vida sigue girando alrededor del campo y del vino, y tú simplemente te cuelas durante unas horas.
El pueblo está en plena Ribera del Duero, rodeado de viñedo y lomas suaves. Viven poco más de trescientas personas. Eso ya te da una pista del ambiente. Aquí no llegan autocares ni grupos con prisa. Lo que encuentras son calles tranquilas, casas de piedra y adobe, y ese silencio que aparece cuando el tráfico prácticamente no existe.
Caminando por el pueblo te das cuenta de algo: el Duero está cerca incluso cuando no lo ves. Se nota en los chopos, en la humedad del aire algunas mañanas, en la forma en que el paisaje se abre hacia la vega. Los viñedos ocupan casi todo alrededor. No son un decorado; son el trabajo.
La cercanía de Peñafiel también influye. Mucha gente se acerca desde allí, o al revés: pasa por Olivares después de visitar el castillo o alguna bodega de la zona. Es ese desvío corto que ayuda a entender mejor cómo es la Ribera fuera de las postales.
Un paseo sin guión
La iglesia parroquial es el edificio que más llama la atención. No por tamaño, sino porque resume bien la arquitectura de muchos pueblos de esta parte de Valladolid: piedra sólida, formas sencillas y reformas hechas con los años según hacía falta.
Dar una vuelta sin rumbo por el casco urbano es casi lo mejor que puedes hacer aquí. Aparecen portones grandes, patios interiores y bodegas excavadas en la tierra. En muchos pueblos de la Ribera esas bodegas eran casi tan importantes como la casa. Servían para guardar el vino y mantenerlo fresco durante todo el año. Algunas siguen utilizándose, aunque la mayoría son espacios privados; se ven las chimeneas sobresaliendo entre las casas.
Si sigues caminando hacia la vega acabas llegando al entorno del Duero. Hay choperas y caminos de tierra que usan tanto quienes pasean como los agricultores con el tractor. Conviene ir con calza y apartarse cuando toca; al final estás pasando por zonas donde se trabaja.
Desde esos caminos se ve bien el paisaje del Campo de Peñafiel: lomas suaves, parcelas largas y pequeños pueblos que aparecen en lo alto de los cerros. Es un paisaje sobrio, muy castellano, de los que se entienden mejor cuando te quedas un rato quieto mirando alrededor.
Cómo moverte (y qué esperar)
El vino manda aquí, eso lo sabes antes de llegar. En los alrededores hay bodegas repartidas entre viñedos. Algunas suelen abrir para visitas o catas, aunque conviene informarse antes porque no todas funcionan con horario fijo ni tienen una web actualizada a diario.
Otra forma sencilla de conocer el entorno es caminar o ir en bici por los caminos agrícolas. No hace falta planificar una ruta épica. Con salir del pueblo y seguir las pistas entre viñas ya tienes una buena idea del terreno. Son trayectos llanos y fáciles de seguir, aunque a veces polvorientos en verano.
Y luego está la comida, que aquí se toma sin prisa ni florituras. En esta parte de Castilla siguen muy presentes los platos contundentes que acompañan bien al vino tinto local —sabes a qué me refiero—.
Olivares no busca llamar la atención a gritos. Es más bien uno de esos pueblos que se comprenden caminando despacio y mirando al campo alrededor sin esperar espectáculo alguno. Cuando sales, te queda bastante claro dónde empieza todo esto del vino