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sobre Olivares de Duero
Pueblo situado en la ribera del Duero; destaca por su iglesia gótica con retablo renacentista y sus bodegas
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En el corazón de la Ribera del Duero vallisoletana, donde los viñedos dibujan geometrías casi perfectas sobre las suaves colinas, se encuentra Olivares de Duero, una pequeña localidad que conserva bastante bien la forma de vida rural de esta parte de Castilla. Con poco más de trescientos habitantes y situada a 743 metros de altitud, esta localidad de la comarca de Campo de Peñafiel permite asomarse a un entorno donde el tiempo va marcado, sobre todo, por el ciclo de la vid y el campo.
El interés de Olivares de Duero está precisamente en que no se ha convertido en parque temático. Aquí no hay multitudes ni ruido de autobuses turísticos. En su lugar, te reciben calles tranquilas flanqueadas por casas tradicionales de piedra y adobe, el sonido del viento entre los chopos que bordean el Duero y vecinos que se conocen todos entre sí. El paisaje circundante, dominado por viñedos que se extienden hasta donde alcanza la vista, forma uno de los panoramas más reconocibles de esta tierra de vinos con denominación de origen.
Para quienes buscan desconectar del ritmo urbano y hacerse una idea clara de lo que es la España de interior de viñas y secano, Olivares de Duero funciona bien como refugio tranquilo. Su proximidad a Peñafiel y a numerosas bodegas de la zona lo convierte además en un buen punto base para explorar una de las regiones vitivinícolas más conocidas del país. Aquí lo normal es combinarlo con otros pueblos y no ir con prisa: un paseo, un rato de río y seguir ruta.
¿Qué ver en Olivares de Duero?
El patrimonio de Olivares de Duero se concentra fundamentalmente en su iglesia parroquial, exponente de la arquitectura religiosa rural castellana que preside el núcleo urbano. Como en muchos pueblos de la Ribera del Duero, el templo es el edificio más visible y un testigo claro de siglos de devoción popular. Conviene acercarse despacio, rodearlo y fijarse en los detalles de la piedra; es un edificio para mirar de cerca, no para un selfie rápido.
Pasear por el casco urbano permite ver la arquitectura tradicional de la zona: casas de piedra con portones de madera, muros encalados y aleros que protegen del sol estival. Muchas de estas construcciones conservan elementos originales como bodegas subterráneas excavadas en la roca, donde tradicionalmente se elaboraba y guardaba el vino familiar, un patrimonio etnográfico que habla de la relación directa entre estas tierras y la cultura del vino. No siempre son visitables, así que conviene no dar por hecho que se puede entrar y, si te enseñan alguna, entenderlo más como un gesto de confianza que como un “servicio turístico”.
Los alrededores del municipio guardan paisajes agradables, especialmente las riberas del Duero, que discurre a poca distancia creando un ecosistema de choperas, saucedas y vegetación de ribera que contrasta con el paisaje de viñedos. Estos parajes son buenos para pasear tranquilo, observar aves y, en general, tomar aire lejos del asfalto. Hay que tener en cuenta que algunos accesos pasan por caminos agrícolas: son de uso compartido con tractores y coches de trabajo.
Desde Olivares de Duero se disfrutan también buenas panorámicas de la comarca, con las lomas salpicadas de majuelos y, en días despejados, las siluetas de los pueblos vecinos sobre los cerros. El cielo amplio y abierto de la meseta hace el resto; al atardecer, el cambio de luz sobre los viñedos merece sentarse un rato y no mirar el reloj.
Qué hacer
La experiencia enológica es, con diferencia, la actividad principal en Olivares de Duero y su entorno. La localidad se encuentra en pleno territorio de la Denominación de Origen Ribera del Duero, lo que permite organizar visitas a bodegas cercanas donde conocer el proceso de elaboración de los tintos de la zona. La Ruta del Vino de la Ribera del Duero conecta numerosos municipios del entorno y es fácil encajar Olivares en un recorrido más amplio, siempre que se reserven las visitas con algo de antelación.
Para los aficionados al senderismo y cicloturismo, los caminos agrícolas y senderos que rodean el pueblo ofrecen rutas sencillas, de pista ancha, entre viñas y parcelas cerealistas. Más que grandes travesías, son paseos de una o dos horas para ir sin prisa y volver al pueblo con luz. Un paseo hasta las orillas del Duero permite disfrutar del frescor del río y de su biodiversidad. Los viñedos, según la época del año, cambian por completo el aspecto del paisaje: el verde intenso de la primavera, los tonos más secos del verano y los rojos y dorados del otoño durante la vendimia.
La gastronomía local se mueve en la línea de la comarca: lechazo asado, morcillas, quesos de oveja y, por supuesto, vino. Las comidas tradicionales en los pueblos del entorno permiten probar la cocina castellana más contundente, con productos de la tierra cocinados según recetas que se repiten desde hace generaciones. Conviene llegar con hambre y sin prisas, porque aquí la sobremesa forma parte del plan.
La proximidad a Peñafiel, con su castillo y el Museo Provincial del Vino, amplía bastante las posibilidades de ocio cultural. El castillo, con su característica forma alargada sobre el cerro, es uno de los más conocidos de Castilla y León y se ve bien desde la carretera, pero merece entrar si te interesa mínimamente la historia de la zona.
Fiestas y tradiciones
El calendario festivo de Olivares de Duero mantiene vivas las tradiciones castellanas. Las fiestas patronales suelen celebrarse durante los meses de verano, con verbenas, procesiones y actos que reúnen a vecinos de todo el año y a quienes vuelven solo en vacaciones. Es cuando el pueblo está más lleno y se nota en las calles y en las peñas, así que hay más ambiente pero menos silencio.
Como en toda la comarca, la vendimia en septiembre y octubre es una época especial, cuando los viñedos se llenan de actividad y el aroma del mosto impregna el ambiente. Algunas bodegas organizan jornadas especiales durante estas fechas [VERIFICAR], aunque hay que asumir que es un momento de mucho trabajo para la gente del pueblo, no un decorado de fiesta permanente.
Las celebraciones del ciclo pascual mantienen también su importancia, con procesiones que recorren las calles del pueblo siguiendo rituales que se repiten desde hace generaciones y que marcan el calendario de invierno a primavera.
Cuándo visitar Olivares de Duero
La primavera y el otoño son los momentos más agradables para caminar entre viñas y acercarse al río, por temperaturas y por color del paisaje. En primavera los campos reverdecen y el viñedo arranca, mientras que el otoño, con la vendimia y los colores cambiantes de las hojas, convierte cualquier paseo en algo muy fotogénico.
En verano puede hacer bastante calor a mediodía; los paseos se disfrutan mejor a primera hora de la mañana o ya al atardecer, cuando refresca algo gracias a la altitud. En invierno el pueblo puede resultar frío y algo silencioso, pero también es cuando más se percibe la vida cotidiana sin adornos: nieblas, braseros y ritmo pausado. Si lo que buscas es ver el día a día sin aderezos, esta es tu estación.
Si hace mal tiempo, la visita se acorta mucho: es un pueblo pequeño y el principal reclamo está al aire libre (calles, campos, viñedos). En esos días suele tener más sentido combinar con paradas en bodegas o en Peñafiel, bajo techo.
Si solo tienes…
Si solo tienes 1–2 horas
Te da tiempo a recorrer el pueblo con calma, acercarte a la iglesia, pasear por las calles principales y asomarte a algún camino entre viñas en las afueras. A ritmo tranquilo, en una hora has hecho el núcleo urbano; la segunda hora es para parar, mirar y respirar un poco de meseta.
Si tienes el día entero
Lo más razonable es usar Olivares de Duero como una de las paradas: mañana de paseo por el pueblo y las riberas del Duero, comida en la zona y tarde para visitar alguna bodega o acercarte a Peñafiel. Intentar “rellenar” todo el día solo en Olivares suele acabar en vueltas repetidas por los mismos sitios.
Errores típicos al visitar Olivares de Duero
- Pensar que da para un fin de semana entero sin moverse de aquí: el casco urbano es reducido y se recorre en menos de una hora a paso tranquilo. Olivares funciona mejor como parte de una ruta por la Ribera del Duero que como único destino largo.
- Subestimar el sol y el calor: los caminos entre viñedos tienen poca sombra. En verano, salir a caminar a primeras horas o al final del día es casi obligatorio si no quieres acabar agotado.
- Olvidar comprobar horarios: tanto las bodegas como los recursos cercanos (como el castillo de Peñafiel o el Museo del Vino) tienen horarios y, en muchos casos, hay que reservar con antelación. Improvisar, sobre todo en vendimia o puentes, suele acabar en visitas fallidas o esperas largas.
- Confiarse con el coche: algunas zonas de ribera y ciertos caminos son agrícolas, no aparcamiento. Lo sensato es dejar el coche en el pueblo y hacer el último tramo andando; son distancias cortas y se agradece el paseo.
Lo que no te cuentan
Olivares de Duero es pequeño y se ve rápido. El encanto está más en el ritmo y el paisaje que en una lista de monumentos. Es un pueblo para combinar con otros de la Ribera del Duero, no tanto para quedarse varios días sin salir. Las fotos de viñedos infinitos son reales, pero hay que andar unos minutos desde el centro para meterse de verdad en ellos y entender por qué esta comarca vive mirando al vino desde hace generaciones.