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sobre Aldeatejada
Municipio histórico donde se reunieron los reyes antes de la boda de Felipe II; hoy zona residencial en expansión
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Hay pueblos que parecen estar en el lugar equivocado. Cruzas el cartel y te encuentras con un enorme centro de datos plantado en medio del campo salmantino, con esas torres de refrigeración que parecen gigantes de hormigón vigilando las huertas. Bienvenido a Aldeatejada, donde el siglo XXI se coló entre los tostones asados y la chanfaina casi sin pedir permiso.
El pueblo que se volvió tecnológico sin dejar de ser pueblo
Con los años he aprendido que cuando un pueblo de unos 2.600 habitantes tiene un gran centro tecnológico a las afueras, algo curioso está pasando. Y no es que Aldeatejada haya cambiado de piel. La base sigue siendo la de siempre: casas bajas, vecinos que se saludan desde la otra acera y esa costumbre tan castellana de parar a charlar aunque solo hayas salido a tirar la basura.
Lo raro —y al mismo tiempo lo normal aquí— es que todo eso convive con ingenieros que trabajan con servidores y nube digital mientras, en la mesa de al lado, alguien discute si este año lloverá a tiempo para las fiestas de Santiago.
Cuando preguntas por el complejo tecnológico, los vecinos lo cuentan con una naturalidad que descoloca un poco. Algo así como: “Sí, está ahí al lado”. Como si hablaran de un almacén agrícola. Aldeatejada tiene un poco de ese compañero de piso que empezó la vida a base de macarrones y de repente monta una empresa, pero sigue comprando en el mismo sitio de siempre.
Una boda del siglo XVI que el pueblo se toma muy en serio
Pero la cosa que más me sorprendió de Aldeatejada llega cuando se acerca septiembre. El pueblo recrea la boda entre Felipe II y María Manuela de Portugal, celebrada en Salamanca en el siglo XVI. Y no hablamos de cuatro trajes y una foto.
Aquí se viste medio pueblo.
Calles llenas de capas, damas, escuderos y mesas largas donde la gente cena con platos inspirados en la época. Durante unas horas todo funciona como si el calendario hubiera retrocedido varios siglos. Y lo curioso es que no parece algo montado “para turistas”. La mayoría de los que participan son vecinos que llevan meses preparando el traje o apuntándose para salir en el cortejo.
La primera vez que lo vi pensé: esto será una excusa para hacer una fiesta grande. Luego hablas con la gente y te das cuenta de que lo viven bastante en serio.
La trampa del domingo
Te cuento algo que puede evitarte un pequeño chasco.
Si vienes un domingo por la mañana buscando ambiente de pueblo castellano en pleno movimiento, es posible que lo encuentres bastante tranquilo. Aldeatejada está pegada a Salamanca y mucha gente hace vida allí: trabajo, compras, ocio. Así que el domingo a media mañana no siempre hay demasiado movimiento por las calles.
En cambio, un sábado por la tarde la cosa cambia. La gente vuelve de la capital, salen a dar una vuelta, se juntan en las terrazas y aparecen las conversaciones de siempre: fútbol, cosechas, el tiempo y esa eterna discusión salmantina sobre cómo debe hacerse la chanfaina.
Es el momento en el que el pueblo se siente más vivo.
Pasear junto al Tormes y entender el paisaje
Si te apetece caminar un rato, por los alrededores hay varios senderos sencillos que bajan hacia la vega del Tormes. Son paseos fáciles, de esos que se hacen sin prisa, entre choperas y campos abiertos. Más que una ruta épica, es un paseo largo para estirar las piernas.
También hay un recorrido que pasa por antiguos restos de molinos. No esperes molinos de postal ni grandes estructuras restauradas. Son más bien huellas del pasado: muros, piedras y alguna construcción que te hace imaginar cómo funcionaba todo cuando el río era la energía que movía la vida del entorno.
Mi consejo de colega: calcula bien la hora de comer. Aquí los horarios son bastante castellanos y, si te despistas, puedes encontrarte con todo cerrado hasta la tarde.
Aldeatejada no es un sitio para hacer veinte fotos y seguir ruta. Es más bien ese tipo de lugar que entiendes cuando bajas el ritmo un poco. Das un paseo, te cruzas con alguien que te saluda aunque no te conozca, y acabas hablando de hornazo como si llevaras viviendo aquí media vida.
Luego vuelves a la autovía hacia Salamanca y piensas algo muy simple: hay pueblos que no necesitan presumir demasiado. Les basta con seguir siendo ellos mismos.